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Un papa para un mundo distinto

El Papa Francisco celebra su cumpleaños número 77 | Foto: AP

El Papa Francisco | Foto: AP

Francisco lucha ahora por derrumbar la brecha Norte-Sur y logró inquietar a los sectores tradicionales, que se sintieron muy cómodos con Benedicto XVI

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Seis y media de la mañana del 4 de diciembre. Todavía es de noche en Roma, pero hay movimiento en el Vaticano. Es miércoles y la via della Conciliazione ya se encuentra cerrada al tránsito. Comienzan a aparecer grupos de peregrinos de diversas partes del mundo que van tomando posición en la Plaza de San Pedro.

En invierno las audiencias eran en el Aula Pablo VI, pero el flujo de gente se multiplicó y ahora están a la intemperie. Sólo importa ver y escuchar a Francisco, el papa que desde que fue electo, el 13 de marzo, provocó un milagro: revitalizó a una Iglesia Católica en crisis. Y al poner en marcha una revolución en el Vaticano, inspiró al mundo.

El ex arzobispo de Buenos Aires comenzó 2013 pensando que iba a jubilarse pero, tras la renuncia de Benedicto XVI, lo cierra no sólo como el personaje del año de la revista Time, sino con multitudes fascinadas que invaden la Plaza de San Pedro para oír sus catequesis y Angelus.

El mensaje del primer papa argentino, latinoamericano y jesuita llega. La popularidad es arrasadora. Desde el habemus papam, al escoger llamarse Francisco inspirado en el Poverello de Asís que se despojó de su riqueza para abrazar a los leprosos, hizo entender que nada sería como antes.

“Bergoglio es un hombre libre, que nunca estudió en Roma y no tiene una mentalidad ‘romana’. Trajo una visión del sur del mundo, basada en su experiencia como jesuita y sacerdote callejero”, subraya el vaticanista Gerard O’Connell.

Desde el comienzo borró de un plumazo antiguas tradiciones y fiel a su estilo sencillo, prefirió presentarse al mundo sin la pompa y esplendor característico del papado. Salió con su cruz de plata de siempre, su anillo, sus zapatos negros y gastados. Se quedó a vivir en la domus Santa Marta, en vez del Palacio Apostólico.

Inaugurando una nueva forma de ejercer el papado creó un consejo de cardenales –el denominado G8 del papa– que lo está ayudando a reformar la curia romana marcada por intrigas y escándalos.

Consciente de que la credibilidad de la Iglesia se vio minada por el escándalo del IOR, el banco del Vaticano bajo sospecha de lavado de dinero, Francisco creó una comisión que analiza qué hacer: ¿cerrarlo, transformarlo, convertirlo en un fondo de ayuda? En todo caso, quiere una entidad transparente.

Sabiendo que el escándalo por abusos sexuales de niños por parte de sacerdotes, Francisco también acaba de crear una novedosa comisión para la protección de niños.

Consciente de que en los últimos años muchos se alejaron de la Iglesia Católica porque no supo acompañar a quienes estaban en sus periferias –los pobres, los heridos, los divorciados vueltos a casar, la mujer que se vio obligada a cometer un aborto-, Francisco llamó a una revolución moral.

Si bien han pasado poco más de nueve meses, la sensación en el Vaticano es que pasaron años. Los cambios se reflejan en los medios de todo el mundo, que nunca le dieron tanto espacio a un papa. Francisco fue portada en The New Yorker y Vanity Fair.

Si Juan Pablo II jugó un rol esencial en la caída del comunismo, Francisco lucha ahora por derrumbar la brecha Norte-Sur. Las palabras del pontífice, hombre que predica con el ejemplo y denuncia casi a diario el fetichismo del dinero, descolocan a Wall Street.

Francisco logró inquietar a los sectores tradicionales, que se sintieron muy cómodos con Benedicto XVI.

Pero el papa alienta a los sectores eclesiásticos de base, muy críticos de la jerarquía. “Su mensaje alienta una iglesia más democrática”, dice el sacerdote Evaristo Villar, de la organización española Redes Cristianas.

“El candidato obvio a ser el nuevo héroe de la izquierda es el papa”, escribió Jonathan Freedman, periodista del diario progresista británico The Guardian, para sintetizar la revolución de Francisco, mientras que en Francia aplauden el cambio radical, pero esperan  medidas concretas.

El cardenal hondureño Oscar Rodríguez Maradiaga, coordinador del G8, aseguró que hay que tener paciencia en cuanto a una reforma estructural de la curia romana.

El francés Jean-François Colosimo, experto en religiones, no tiene dudas: Francisco conseguirá sus objetivos. “Es mucho más abierto y progresista que sus predecesores. Juan Pablo II tenía el mismo carisma pero nunca le interesó reformar. Benedicto XVI nunca pudo hacerlo”.

Para Estados Unidos, la clave fue el primer viaje internacional del pontífice, para la Jornada Mundial de la Juventud en Brasil. “El papa consiguió cambiar la cara de la Iglesia, modificar su agenda y renovar la fe de millones de católicos alrededor del mundo. Su participación en la JMJ fue un punto fundamental. Reafirmó sus ideas de que la Iglesia tiene que regresar a sus comunidades de base”, explica Paulo Fernando Carneiro de Andrade, decano del Centro de Teología y Ciencias Humanas de la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro.

Chiara, monja que desde hace ocho años vive y trabaja en la Casa Pablo VI, el hotel donde solía vivir Bergoglio cuando venía a Roma –cuya cuenta volvió a pagar al día siguiente de ser elegido papa, gesto que dio vuelta al mundo–, no tiene dudas. “Es el hombre justo, en el momento justo”.