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El saber como generosidad

Ramón J. Velásquez entrega la banda de Presidente de la República a Rafael Caldera en 1994 | Foto Archivo El Nacional

Ramón J. Velásquez entrega la banda de Presidente de la República a Rafael Caldera en 1994 | Foto Archivo El Nacional

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Para los liceistas tachirenses de finales de los años 60 y comienzos de los 70 Ramón J. Velásquez era El Intelectual. Así con mayúscula. Aquel hombre de Colón que ya había sido reportero de Últimas Noticias, preso político de la dictadura perezjimenista, secretario de la Presidencia de Rómulo Betancourt, director de El Nacional, ministro y congresante, era para nosotros, los adolescentes que teníamos curiosidades literarias e inquietudes artísticas, el intelectual más importante que nos quedaba cerca. Su actividad política era secundaria.

Y no nos faltaba razón. Ramón J. Velásquez había creado la Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses; una colección de libros cuyo objetivo secreto, lo entiendo ahora, era mostrarle al pais que no todo gocho era un militar chopoepiedra. Que igual había intelectuales, civilistas y demócratas como él.

Porque a esas tres cosas dedicó su vida pública: a construir la democracia, a luchar contra el militarismo que tanto daño le ha hecho al país, y a trabajar para que el saber, el conocimiento, la memoria histórica nos ayudaran a ser mejores personas y mejor país.

Ahora que se nos va y que mañana en la tarde iré a despedirlo con el corazón encongido, puedo afirmar que su gran pasión fue cultivar la memoria como antídoto contra el totalitarismo; el saber como acto de generosidad y el conocimiento como ejercicio de libertad.

Por eso creó la Biblioteca de autores y temas tachirenses. Por eso forjó la biblioteca sobre el Pensamiento político venezolano del siglo XIX y del siglo XX. Por eso hurgó, a su manera, en la psicología del poder venezolano, a través de esa memoria casi psicoanalítica titulada Conversaciones imaginarias con JuanVicente Gómez. Por eso fue el primer venezolano de su época en entender la urgencia de reformar el Estado y de separar Estado y gobierno.

Ramón J,  Velásquez contará entre sus grandes proezas, haber sido el único venezolano de su tiempo que en un momento aciago del pais, con su modestia,  se atrevió a conducir el barco herido de la democracia, con las velas rotas, el casco partido bombardeado por un grupo de militares crueles, hasta un puerto seguro: el de las nuevas elecciones. Y eso nunca tendremos manera de agradecérselo.