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La protesta en la calle pasó de reivindicativa a política

San Cristóbal, Táchira, sigue en pie con las protestas en contra del gobierno de Nicolás Maduro |  EFE

Protesta | EFE

Los investigadores de la Universidad Simón Bolívar Miguel Ángel Martínez Meucci y Maria Teresa Ureiztieta Valles advierten que no hay cauces institucionales

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Las protestas en la calle forman parte de la cotidianidad de los venezolanos, pero en febrero de 2014 se registró un incremento sin precedentes en los últimos 10 años. Según el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social hubo 2.248  protestas, 400,5% más que en el mes anterior, cuando fueron 445.

El politólogo Miguel Ángel Martínez Meucci, experto en sociología del conflicto, y la psicóloga social María Teresa Urreiztieta Valles, especialista en movimientos sociales y subjetividad colectiva, coinciden en que febrero de 2014 constituye un punto de inflexión: la protesta de calle pasó de  reivindicativa a política.

“Hay condiciones estructurales para el aumento de la protestas y la más relevante es el grave deterioro de la situación económica: caída de salarios reales y pérdida del poder adquisitivo. Cuando esto ocurre aceleradamente hay un fértil caldo de cultivo para la protesta. Solo faltaba la emergencia de liderazgos políticos. Los estudiantes, por un lado; y Leopoldo López y María Corina Machado, por el otro, son los vectores, a los que se ha sumado buena parte de la sociedad”, indica Martínez Meucci. Agrega que el descontento social se manifiesta en la calle cuando no encuentra un adecuado cauce institucional: “La calle no es la primera reacción, sino la última”.

Urreiztieta Valles considera que en febrero de 2014 la pérdida de confianza y credibilidad en las autoridades llegó al extremo: “Sin confianza y credibilidad no es posible sentarse a hablar. La crisis se ha profundizado por la progresiva erosión del Estado de Derecho. Hay una sensación generalizada de desamparo. Los profundos problemas económicos y sociales fundamentan el malestar”.

La psicóloga social identifica como protagonistas a los sectores de clase media: “En territorios relativamente seguros y a una distancia prudencial  de los grupos armados afectos al oficialismo, la clase media ha tomado la calle de diversas maneras, que van desde lo defensivo y lúdico hasta lo violento. Pero no solo la clase media sufre apremios económicos, por lo que tarde o temprano otros sectores de la población también van a expresar su descontento”.

 

¿Guerra civil?  Martínez Meucci explica que los acontecimientos han sido tan vertiginosos que es difícil calificarlos taxativamente. Desde su punto de vista los desórdenes callejeros y las respuestas fácticas y discursivas de las autoridades pueden conducir a cualquier cosa.

En cuanto a las advertencias de la Mesa de la Unidad Democrática sobre los riesgos de una guerra civil, por el estímulo al enfrentamiento desde el gobierno, el politólogo puntualiza: “Muchas veces se llega a la guerra porque se niega la posibilidad de llegar a ella. Lo que estamos viendo es una confrontación desigual: unos cuerpos de seguridad y civiles armados que reprimen las protestas excesivamente, aunque sean pacíficas”.

Urreiztieta Valles piensa distinto: “Guerra civil implica la existencia de dos bandos enfrentados, cada uno con un significativo respaldo popular y en medio de la fractura de las fuerzas armadas. Esas condiciones no están dadas, por lo cual creo que solo es una forma de infundir miedo”.

La también experta en globalización y nuevos malestares culturales considera que en Venezuela no hay un estallido social, sino un estallido de la violencia: “Estamos presenciando la violencia que aniquila, como la intervención de grupos civiles armados en la represión de las protestas; pero también vemos la violencia defensiva, expresada en las barricadas que se colocan en alguna urbanizaciones para evitar ataques”.

Ya no se trata solo de la inseguridad, el alto costo de la vida, la escasez de alimentos y medicinas o el deterioro de los servicios públicos, sino la suma de todo el descontento. “Lo determinante en esta coyuntura es la toma de conciencia sobre la profunda fractura de la sociedad en dos bandos con visiones de país irreconciliables, la necesidad de construir nuevos liderazgos y la defensa del derecho a la manifestación pacífica, para fortalecer la voz que se alza contra las demandas insatisfechas”, insiste Urreiztieta Valles.

 

Las guarimbas de hace 10 años

 

Los cierres de calle estigmatizados como guarimbas por el gobierno se popularizaron como forma de protesta hace justamente 10 años, a propósito del no reconocimiento de las firmas recolectadas para el referéndum revocatorio del mandato del presidente Hugo Chávez.

Fue una crisis similar a la de febrero de 2014, tal como lo indican los titulares de El Nacional en esa época: “Chávez: Aquí no vendrá la OEA ni nadie”, “Oposición y GN se declaran la guerra en Altamira”, “Recrudecen protestas en la provincia”, “Torturan a manifestantes detenidos con golpizas y descargas eléctricas”, “22 periodistas y camarógrafos víctimas de la represión”, “Cabello: Los disparos no salen de la GN”, “9 muertos en 5 días de violencia política”.

Miguel Ángel Martínez Meucci identifica diferencias: “Hace 10 años fueron apenas 5 días de guarimba; en esta oportunidad se han prolongado por más de un mes y la disposición a protestar aumenta al mismo ritmo que el número de muertos”.