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The Washington Post: La agonía de Venezuela

Anaqueles vacíos en una farmacia | Foto Williams Marrero / Archivo

Anaqueles vacíos en una farmacia | Foto Williams Marrero / Archivo

El diario estadounidense The Washington Post publicó un editorial en su portal web donde retrata la crisis que atraviesa el país. Esta es su traducción y adaptación

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La semana pasada, numerosos gobiernos, entre ellos el de Barack Obama, solicitaron la apertura de negociaciones políticas en Venezuela, a fin de atajar un incipiente y potencialmente catastrófico quiebre del orden político y económico. El ex jefe del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, viajó a Caracas junto con otras figuras políticas para impulsar al presidente Nicolás Maduro y a los líderes de la oposición a que se sienten a conversar.

Pero el presidente estaba ocupado en otras tareas. Al final de la semana pasada, ordenó una movilización de tanques, aviones y soldados en todo el país, con el argumento de que trata de detener una invasión estadounidense. No es la primera vez que hace ese alegato.

Así, el delirante heredero de Hugo Chávez está arrastrando un país de 30 millones de habitantes, con las mayores reservas de petróleo, a un precipicio. Desde muchos puntos de vista, Venezuela ya es un estado fallido: en medio de una grave escasez de alimentos, medicinas, electricidad y agua, cada padecimiento social es inmenso. La inflación anual apunta a 700% y la tasa de homicidios es probablemente la segunda mayor del mundo, tras la de El Salvador. De acuerdo con The New York Times, el fallecimiento de bebés de menos de un mes de nacidos se ha vuelto 100 veces más común en los hospitales públicos de lo que era hace tres años. Asimismo una coalición de ONG advierte que al menos 200.000 pacientes con enfermedades crónicas padecen por falta de medicinas.

Una encuesta hecha en abril y reportada por The Miami Herald mostró que 86% de los venezolanos aseguraban comprar “menos” o “mucho menos” alimentos de lo que acostumbraban. Solo 54% de los encuestados dijo que comía tres veces al día. Ello sin mencionar numerosos reportes de saqueos y docenas de casos de linchamientos contra sospechosos de robo.

Un caso particularmente aterrador fue reportado por la agencia AP: un hombre que fue quemado vivo a las afueras de un supermercado, por haber robado presuntamente una cantidad equivalente a 5 dólares.

Gracias a Maduro y el incompetente grupo que lo rodea, es probable que ese caos siga empeorando de manera continua. El régimen ha rechazado adoptar medidas que podrían detener la hemorragia económica, como la adopción de un sistema cambiario que avalúe el dólar a una fracción de su precio en el mercado. Mientras tanto, ha adoptado una estrategia de “tierra arrasada” contra los partidos políticos que ganaron dos tercios de las curules en la Asamblea Nacional, en las elecciones del 6 de diciembre.

Este mes, el presidente Maduro promulgó un decreto patentemente inconstitucional, que le concede a sí mismo el poder de ignorar la Asamblea y dirigir la economía por mandato. El tribunal supremo, controlado por el régimen, ha rechazado todas las medidas adoptadas por la Asamblea, incluyendo una amnistía para los presos políticos. Lo más serio: la autoridad electoral venezolana se niega a dar respuesta efectiva a la recolección de 1.8 millones de firmas para solicitar un referendo revocatorio, recurso explícitamente autorizado en la Constitución venezolana.

Una manera de responder a esta creciente crisis es con un llamado al diálogo político; en The Washington Post lo hemos hecho. Aun así, Maduro y otros altos funcionarios gubernamentales —muchos de ellos implicados en narcotráfico y otros crímenes— se han negado reiteradas veces a responder ese llamado con seriedad. Llegó la hora de presionarlos más, a través de sanciones por parte de la Organización de Estados Americanos y su carta democrática.

Estados Unidos y los vecinos de Venezuela deberían exigirle a Nicolás Maduro que solicite ayuda humanitaria para paliar la crisis de medicinas y alimentos —algo que se ha negado a hacer de manera insensata— y permita que el referendo revocatorio se lleve a cabo este año. La alternativa sería espantosa de contemplar.

Texto original en inglés disponible en The Washington Post