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El duelo en un mes de protestas

Varios de los fallecidos recibieron tiros a la cabeza | Foto Archivo El Nacional

Varios de los fallecidos recibieron tiros a la cabeza | Foto Archivo El Nacional

Familiares cercanos de cinco de los fallecidos en las protestas hacen síntesis de los hechos de los últimos días

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Padre e hijo de protesta
El domingo antes de su asesinato, Roberto Redman había pasado el día jugando bowling con su padre, Dereck Redman, de 77 años de edad. Padre e hijo vivían solos, tras perder a la madre hace 12 años a causa de un cáncer. Se vieron por última vez la tarde noche del miércoles 12 de febrero, cuando el muchacho –tras participar en la marcha de los estudiantes a la Fiscalía– salió nuevamente a protestar en Chacao. El joven de 31 años de edad fue asesinado de un tiro certero en el lado derecho de la frente.

Redman dice que en su casa no se hablaba mucho de política, aunque sí iba con su hijo a marchas de la oposición. “Me han echado bastante gas del bueno”, recuerda el padre. La última concentración a la que fueron juntos fue la de la mañana del 12 de febrero en Plaza Venezuela. “Yo le contaba sobre la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, porque la vívi, y coincidíamos en que no queríamos eso para Venezuela. Él siempre fue un muchacho muy independiente, con sus propias ideas. Una vez estuvo en un grupo juvenil que organizaba un político, pero no le gustó y se salió”.

La nube negra de la juventud
“La juventud venezolana tiene una nube muy negra encima. Gracias a Dios son valientes y están reaccionando para quitársela”, afirma Rosa Orozco, madre de Geraldine Moreno, que murió luego de que un funcionario de la Guardia Nacional le disparara un perdigonazo a quemarropa en el ojo a pocos metros de la entrada de su edificio en Valencia, Carabobo. Orozco considera que los jóvenes son conscientes de que si no empiezan a luchar hoy se lo quitarán “todo” en el futuro. La madre de Geraldine todavía no entiende la brutalidad de la Guardia Nacional. La joven tenía 23 años pero era flaca y su madre asegura que parecía incluso menor de edad. “Lo que hicieron fue una represión abusiva de aquí a Pekín”, advierte. Orozco lamenta que se está vulnerando el derecha a la protesta en Venezuela. “¿Cómo te van a disparar por la cabeza por estar viendo una manifestación?”, se pregunta.

Valores perdidos
“A veces pienso que Dios utilizó a mi hijo para abrirle los ojos al mundo”, dice Jeneth Frías, madre de Bassil Da Costa, joven asesinado en la protesta estudiantil del pasado 12 de febrero. De su cuello cuelga un crucifijo color lila. Sus manos están heladas pese a que el calor quema en la urbanización Castejón, en Guatire.

Frías desestima las noticias sobre la detención de cinco funcionarios del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional, presuntamente implicados en el crimen. Mientras habla, une sus piernas y aprieta los dedos de las manos en señal de impotencia. Luego se distiende un poco: “No creo en esta justicia terrenal”.

Bassil no era universitario, pero apoyaba las reivindicaciones que su generación exige al Gobierno. Era carpintero quería estudiar Diseño Gráfico y planeaba viajar de vacaciones a Argentina. Dos días antes de caer en la esquina Tracabordo por un balazo en la cabeza, el joven de 23 años había regresado del estado Amazonas, a donde fue a seguir al Deportivo Táchira, como todo un fanático. Se había propuesto no gastar más dinero en viajes para comprarle el regalo del Día de los Enamorados a su novia Luciana. El 14 de febrero sus familiares y amigos lo despidieron en el cementerio de El Rodeo, en Guatire.

"Da tristeza cuando muchachos jóvenes caen así. Da tristeza, porque la educación que le enseñé a mi hijo, los valores, la responsabilidad, el respeto, el amor hacia su familia, todo eso se ha perdido. Lastimosamente nos han criado con estas cosas desde hace 15 años, la división, la rabia".

Secuestrados por la violencia
Wilmer Carballo no era político, pero sí se oponía abiertamente al gobierno de Maduro, subrayaron sus familiares al recordar al comerciante español de origen canario, asesinado en la puerta de su residencia. Fue asesinado de un tiro en la cabeza en Cagua, Aragua, cuando salió a cerrar el portón de su residencia ante la amenaza de la llegada de colectivos de motorizados armados.

Lo describen como un hombre alegre y siempre con una sonrisa en el rostro. Pertenecía a la sociedad religiosa de La Candelaria, en Cagua, y era padre de dos hijos. Al momento de su fallecimiento, uno de ellos, de 17 años de edad, se encontraba en Estados Unidos cursando inglés.

"Estamos muy consternados y sorprendidos con todo lo que está ocurriendo. Estamos secuestrados en este país por un grupo armado violento que está suelto en la calle", afirmó Roberto Prieto.

Hacer las misas en la protesta
Sobre la muerte de Yimmy Vargas, de 34 años de edad, hay muchas versiones. La familia culpa a los cuerpos de seguridad del Estado por arremeter con perdigones contra manifestantes y empujarlo al abismo, mientras los oficialistas se apoyan en un vídeo que capta el fallecimiento para indicar que obedeció a un accidente.

Vargas no pisó firme al intentar escapar de la persecución de los cuerpos de seguridad del Estado. El joven cayó el 24 de febrero desde la azotea de un edificio en San Cristóbal, en el estado Táchira -donde las protestas comenzaron hace un mes-, cuando evadía perdigones y bombas lacrimógenas. “Él no podía ver bien porque un perdigón impactó en uno de sus ojos y rompió sus anteojos. Gritaba a los compañeros que lo acompañaban en la protesta: ‘¡No veo nada! Luego murió al caer desde el piso en que estaba”, contó Yindri Vargas, hermana del fallecido.

La familia no ha dejado de acudir a las misas oficiadas para Yimmy Vargas y rezar el rosario en los sitios en que se protesta en San Cristóbal. “No hay día en que dejemos de manifestar y rezar. Lo hacemos por Venezuela y por el alma de Yimmy”.