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El conmovedor testimonio sobre la estadía de Manuel Rosales en El Helicoide

Manuel Rosales, preso político | Foto: Archivo

Manuel Rosales, preso político | Foto: Archivo

La ciudadana explicó que Rosales transmitía la misma actitud que tenía cuando marchaba por las calles en el 2006 en busca del respaldo popular

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Una ciudadana venezolana que prefirió mantenerse en el anonimato narró su experiencia luego de ver al ex candidato presidencial Manuel Rosales, quien está recluido en El Helicoide.

El ex gobernador fue trasladado directamente desde el aeropuerto internacional La Chinita, en Maracaibo, hasta el recinto penitenciario el pasado 15 de octubre.

A continuación el testimonio:

Mi visita a El Helicoide

Cuando entré a El Helicoide aproveché el descuido de los oficiales para buscar el famoso pasillo en el que se encontraba Rosales, caminé con un sobrino que me acompañaba en la visita, hasta que di con el indicado, allí estaba, Manuel Rosales, con el pelo un poco más ralo y con alguna canas, pero con la misma mirada confiada y segura que tenía cuando marchaba por las calles en el 2006 en busca del respaldo popular, yo misma lo acompañé una vez en una de esas caminatas y puedo asegurar que su mirada sigue intacta.

A su alrededor se encontraba su esposa, la alcaldesa, igualmente regia y serena, y tres de sus hijos, que quizá por ser más jóvenes no podían contener el sentimiento y asentían con la cabeza como diciendo: “sí papá, entendí”. Este era un Rosales nuevo, más humano, diferente al de la marcha, paternal, familiar, esposo.

 Lo cierto es que antes de que los guardias advirtieran mi presencia pude contemplar a través de las rejas  de aquella celda igual de aciaga, triste y fría que la de mi familiar a aquel hombre, me acerqué, tenía a su alrededor algunos enseres. Pero aunque sólo estuve pocos minutos allí puedo asegurar que debe ser un infierno pasar una noche en ese sitio, se sentía tanta humedad, aunado al aire de desolación que se respiraba en ese pasillo, el cual contrastaba con esa mirada segura que los distinguía del resto de las personas que había visto en ese sitio.


Lo vi, lo llamé para que se acercara. Recordé la campaña de 2006, los mítines del Zulia que veía por televisión cuando él era gobernador, y por último, su regreso el mes pasado cuando fue apresado bajándose del avión, las imágenes en las que era despedido por sus hijos y afectos. No pude evitarlo y me eché a llorar, y le extendí las manos a través de las rejas, él se acercó y me las apretó con mucha fuerza.

Me miró serenamente a los ojos, pero pude observar un brillo especial en ellos, quizá por haber visto a alguien distinto. Me dijo: “hola, me alegra mucho verte, gracias por venir”, como si me conociera desde hace muchos años, le dijo a la alcaldesa que se conmovió un poco y a mi persona: “Nada de llorar, esta es una lucha política por el futuro de nuestros hijos”.

 Yo lo miraba atónita, como diciéndole, “espere usted está preso, encarcelado por un régimen que quizá no lo saque de aquí jamás”, pero él con mucha seguridad y como un gesto paternal me pasó la mano por la cabeza, como diciendo: “todo va a estar bien”. Luego de expresarle lo mucho que lo apoyaba y quería por su trayectoria y decisión de volver, recordé que debía apresurarme al sentir los pasos de un guardia que rondaba la celda con mucha frecuencia y que para mi suerte había tardado un poco esta vez.

Nunca voy a olvidar ese día, me hizo reflexionar mucho sobre nuestro país, cambió un poco mi forma de ver mi vida en el futuro inmediato. 

NP