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Las batallas decisivas del 16-D

Henrique Capriles, en un acto de campaña en Guanare | AP

El candidato a la oposición a la Presidencia venezolana, Henrique Capriles, en un acto de campaña en Guanare | Foto: Agencias

La oposición se juega el futuro de sus piezas clave en una jornada de alto riesgo, en la que el chavismo se propone sacar del juego a los líderes alternativos y garantizar su hegemonía para el próximo sexenio

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El chavismo vive cada elección presidencial como la madre de todas las batallas. Es el momento en el que no hay excusas para concentrar los esfuerzos de todo el aparato del Estado en función a la victoria de Hugo Chávez. Las cifras lo demuestran: en los tres últimos eventos comiciales en los que ha estado en juego el destino del primer mandatario (revocatorio 2004, presidenciales 2006 y presidenciales 2012), el oficialismo ha batido consecutivamente sus propios récords de votación: de 5,8 millones a 7,3 millones, y de allí hasta los 8 millones de votos del domingo pasado. Todos con récord de votos y con un crecimiento lineal en casi todos los estados.

“Todos sabemos que, más que en cualquier elección, el 7 de octubre nos jugamos la vida de la revolución”, declaró días antes de las elecciones Pedro Carreño, una de las piezas clave del Comando Carabobo en el manejo de la maquinaria electoral.

Pero ese entusiasmo, sin embargo, no se repite en eventos posteriores para elegir a gobernadores y alcaldes. En el ciclo electoral de 2004, con sólo dos meses de diferencia entre el referéndum revocatorio y las regionales, uno de cada tres electores que votaron a favor de Chávez en la primera cita se abstuvo de participar en la segunda: 34,5% de desmovilización. Una sangría de casi 2 millones de votos que en ese momento, con una oposición fragmentada y desmovilizada, provocó sendas derrotas en los estados Zulia y Nueva Esparta.

En el ciclo de 2006-2008, con dos años de diferencia entre las presidenciales y las regionales –y un registro electoral que ganó 1,4 millones de nuevos electores– el chavismo volvió a evidenciar una pérdida de fuerza significativa: 21,5% de desmovilización en números absolutos, traducido en casi 25% al ponderarlo con el crecimiento del padrón de votantes. Una apatía que en ese momento, con una oposición más unida y combativa, provocó sonoras derrotas en Zulia, Carabobo, Táchira, Miranda y la Alcaldía Metropolitana de Caracas.

Al analizar con lupa los resultados, se hace evidente que en una elección regional no hay ni un solo estado, ni un solo municipio en todo el país donde el chavismo haya podido igualar, ni tan siquiera acercarse, a los niveles de participación mostrados en una contienda presidencial anterior.

Mientras tanto, la oposición ha demostrado una mayor capacidad de recuperación. En el año 2004, luego de la desmovilización provocada por las denuncias de fraude –y aunque en el resto del país sufrió una pérdida de votos significativa– el partido Un Nuevo Tiempo en el estado Zulia pudo mantener buena parte de su fuerza (perdió sólo 9% de sus votos) y capitalizó una victoria importante, en una entidad donde el chavismo perdió más de un tercio de su base electoral en dos meses.

En el ciclo 2006-2008 el rendimiento fue todavía mejor, y las fuerzas opositoras dieron una muestra de unidad y crecimiento para, incluso, aumentar considerablemente su caudal electoral en entidades como Miranda (+11,1%), Bolívar (+19,8%), Carabobo (+13,3%), Zulia (+13,6%) y Aragua (+24,1%).

Todo en juego

Una semana después de los comicios presidenciales, las regionales de diciembre se han convertido en algo más que una elección de gobernadores: ese día la oposición se juega la vida política de sus líderes esenciales, quienes están llamados a encabezar la resistencia durante el próximo sexenio.

Mientras tanto, el oficialismo se aprovecha del calendario electoral para intentar consolidar su hegemonía política y liquidar a las principales referencias de la oposición con un objetivo claro: sacar de juego a los liderazgos alternativos que puedan hacer contrapeso en el próximo período constitucional.

Frente a los resultados del domingo pasado, con una victoria de más de 8 millones de votos y mayoría en 22 de las 24 entidades del país, la alianza opositora se enfrenta a una dura tarea: intentar mantener a su base entusiasmada para capitalizar la habitual desmovilización del chavismo en los estados más poblados del país, donde la diferencia el 7 de octubre fue menor a los 10 puntos. ¿Es posible hacerlo? Las cifras demuestran que sí, pero en ciertas condiciones.

“La tarea es cumplir con tres premisas: desnacionalizar la elección en los estados donde hay liderazgos fuertes; anclar la oferta en logros de gestión (especialmente en Zulia, Falcón y Miranda); y mantener los términos del debate en problemas concretos, destacando la mala gestión del PSUV”, indica el analista Edgard Gutiérrez, especialista en Comunicación Política. “No se puede repetir el escenario de 2004, cuando la desconfianza y la mala conducción de la derrota desmovilizaron a la base opositora. Se debe mantener la oferta unitaria y mostrar fuerza para incentivar la participación, como ocurrió en 2008”.

En el Comando Venezuela son conscientes de la tarea y ya comenzaron a trabajar en los ajustes necesarios. “Desde el lunes 8 designamos a una comisión de evaluación y revisión en un plano sereno y profundo, coordinada por Arístides Hospedales e integrada por gente como Pedro Benítez, Carlos Guillermo Arocha, Colette Capriles, Andrés Stambouli y Leonardo Padrón, entre otros”, señala Ramón Guillermo Aveledo, secretario ejecutivo de la MUD. “Ellos analizarán la campaña y el mensaje, porque sabemos que es fundamental mantener la movilización para lograr triunfos clave”.

Los actores políticos tienen poco margen de maniobra. Quedan sólo 62 días para una cita electoral que terminará de dibujar el mapa político del país y marcará el nuevo equilibrio de poderes para el próximo sexenio.

Militares en campaña

El PSUV tiene sus objetivos claros para el domingo 16 de diciembre: reconquistar espacios perdidos y desmantelar la vanguardia opositora, para garantizar la hegemonía política durante el cuarto mandato de Hugo Chávez.

Los jefes del oficialismo asignaron las responsabilidades en el nuevo escenario y en la lista hubo sorpresas: ratificaron a nueve gobernadores rojos y seis fueron sustituidos (casi todos por liderazgos importados, pero muy cercanos al primer mandatario).

Para las ocho batallas principales, en el corredor electoral de los estados más poblados, el Presidente no dejó margen de error y escogió a fichas de su absoluta confianza: cinco militares y tres ex ministros. “¿Atributos? Lealtad y reconocimiento al comandante Chávez, por encima de todo. Es lo que buscamos”, dijo el pasado miércoles Diosdado Cabello. Los compañeros de armas vuelven a controlar los hilos de la maquinaria roja.