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Zapata: “Las condiciones de vida de Coromotico han cambiado: está cada vez peor”

Pedro León Zapata | Foto Archivo El Nacional

Pedro León Zapata | Foto Archivo El Nacional

El intelectual defiende el papel de la crítica como herramienta para fortalecer la democracia. Cuestiona el oportunismo y la censura, al tiempo que advierte que solo las verdaderas revoluciones producen arte

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Casi por medio siglo, el venezolano se ha acostumbrado a sus trazos reveladores de la realidad. Sus geniales ocurrencias acompañan el acontecer diario sin dejar de sorprender. Mucho es lo que sabe de casamientos entre palabra e imagen este artista plástico para quien el humor presupone reflexión.

Las caricaturas de Pedro León Zapata descorren los más destacados temas de la vida nacional, como por ejemplo la crisis eléctrica o la inseguridad. Así, junto a la figura de Thomas Alva Edison, leemos: “Yo solo inventé el bombillo, no el racionamiento”; o, al lado de una calavera: “Hasta a los fantasmas nos da miedo salir de noche en Caracas”. En ellas suelen desfilar personajes como Trinita o Coromotico, que ya forman parte del imaginario nacional. De militares e ironía política también están pobladas.

Zapata está claro en que el humor es para personas inteligentes y que los políticos difícilmente lo entienden. Día a día, ha hecho un credo de esa "desfloración de la inteligencia", como el escritor Salvador Garmendia llamó a la revista El Sádico Ilustrado, que el maestro del dibujo dirigió a finales de la década de los años setenta.

La crítica trasciende las caricaturas de quien fue Premio Nacional de Periodismo y se proyecta en otras creaciones plásticas suyas de ingeniosos títulos como La Monóxida Lisa, que data de 1975, cuando se ofrendó Todo el museo para Zapata, muestra individual que en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas recogió su obra artística, la cual ha sido expuesta en urbes como Ciudad de México, La Habana, Bogotá, Londres y Nueva York.

También merecedor del Premio Nacional de Artes Plásticas, este intelectual nacido en La Grita, estado Táchira, ha incursionado en el teatro, la radio y la televisión. De verbo ingenioso, administra cada palabra que sabe exactamente hacia dónde apuntar. A los 81 años de edad y recuperándose de las secuelas de una operación de corazón abierto realizada hace poco más de dos años, Pedro León Zapata responde vía correo electrónico a las preguntas servidas para la ocasión.

— Este año se cumplieron 45 años de su primer Zapatazos en El Nacional. En un país donde nada perdura, ¿cómo explica esta notable excepción?]
— Tal vez porque no se me ocurre nada. Si se me ocurriera, estuviera trabajando en The Daily Planet, el periódico de Clark Kent, o sea, Superman.

— ¿Los Zapatazos son la obra de un editorialista, un humorista, un provocador, un cronista o un aguzado lector de la realidad?
— Todo eso junto; sobre todo, un lector de periódico. Leo El Nacional desde que nació. Era la época de la Segunda Guerra Mundial y me gustaba mucho la posición antifascista del periódico. -En una de sus caricaturas, junto a la figura de un militar recurrente en sus obras, se lee: “El nuevo país del siglo XXI es igualito al viejo país del siglo XX”. ¿Tan poco hemos cambiado? ¿Venezuela sigue sin superar el militarismo? -Venezuela sigue igual. Yo era tan fanático lector de El Nacional que creí que el periódico ganó la guerra y que con eso se acababa el militarismo. Lamentablemente me equivoqué. Venezuela sigue sin superar muchas cosas y la democracia plena no se ha logrado todavía.

— Si le dicen "¡Atención, firrrrrme!", ¿qué contesta?
— ¡Me voy corriendo!

— Hay quien ha lamentado que usted sea más reconocido como caricaturista que como artista plástico. ¿Qué replicaría a quienes afirman que las caricaturas no son obras artísticas?
— La mayoría de las pinturas tampoco lo son. A mí me complace mucho que me reconozcan como caricaturista, modestamente, como Leonardo Da Vinci, como Rembrandt, como Goya, como Daumier. La caricatura sale todos los días; la pintura, cada vez que hay exposiciones. Hay menos caricaturistas que pintores, por algo será.

— Para Pablo Picasso, el arte es una mentira que nos acerca a la verdad. ¿Qué opina de ello?
— Yo estoy de acuerdo con todo lo que Picasso pintó y con todo lo que dijo.

— En El laberinto de la soledad, Octavio Paz escribió: “La mentira se instaló en nuestros pueblos casi constitucionalmente (...) De ahí que la lucha contra la mentira oficial sea el primer paso de toda tentativa seria de reforma”. ¿Considera que la realidad venezolana rubrica tal afirmación?
— Sí la rubrica. La mentira es oficial. Lo que no es mentira es que la vida es sueño, como dijo Calderón. No hay mayor mentira que la Constitución. La mejor manera de mentir en la Constitución es que las buenas intenciones tienen su contrapartida. Desde este punto de vista, “la mejor Constitución del mundo” es ejemplar.

— ¿En la Venezuela actual tendría cabida una revista como El Sádico Ilustrado, que usted dirigió y que Roberto Hernández Montoya llegó a describir como el reino de la libertad absoluta?
— Es verdad lo que dijo Roberto. A veces los mentirosos se toman la libertad de decir la verdad. Por otra parte, ahora Roberto no tendría tribuna para decir eso.

— Laureano Márquez ha asegurado que éste es el gran momento de la caricatura venezolana. Comparte esta opinión y, si es así, ¿por qué?
— Es verdad porque nunca ha habido tantos caricaturistas y tan buenos. Además, lo dijo Laureano, por tanto es verdad.

— Durante la década de los ochenta, en su ejercicio humorístico de aspiración a la Presidencia, que algunos creyeron serio, incluía como miembros de su gabinete a personalidades del mundo de la cultura que hoy respaldan activamente al actual gobierno. ¿Qué sucedió para que ellos pasaran de apoyarlo a usted a Hugo Chávez?
— Cada quien es libre de ubicarse donde mejor le convenga. En la época de mi candidatura presidencial era conveniente ubicarse con la democracia. Era conveniente ubicarse en una candidatura que tuviera opción de ganar. Y la mía tenía esa opción.

— Adeptos al chavismo no entienden por qué usted critica al Gobierno si, según ellos, Coromotico, uno de sus más célebres personajes, habría estudiado en la Misión Robinson, comprado en Mercal y acudido a atenderse con los médicos de Barrio Adentro. Entre la cuarta y la quinta república, ¿cree que han cambiado las condiciones de vida de Coromotico?
— Es una hipótesis, por lo tanto, discutible. Las condiciones de vida de Coromotico han cambiado: está cada vez peor. Con todo y que se graduó, sigue teniendo el mismo sueldo y vive igual que antes.

— ¿Qué responde a quienes, como el presidente Chávez, han dicho que sus caricaturas son encargadas?
—Encargadas por él y su comportamiento. Por otra parte, hace mucho tiempo que no lo dibujo.

— ¿De qué armario salieron los “revolucionarios de clóset”?
— Algunos están todavía en el clóset contando el dinero a ver si está completo.

— En una entrevista afirmó que “son las revoluciones las que producen arte, no es el arte el que produce las revoluciones”. ¿Qué tipo de arte produce la llamada revolución bolivariana?
— Las revoluciones producen arte cuando son verdaderas revoluciones. Ésta no tiene esa característica.

— Usted que marchó becado a México y estuvo en el taller Siqueiros, ¿qué opina de que el Gobierno esté impulsando el uso de murales y grafitis a través de la guerrilla comunicacional?
—Nunca trabajé con Siqueiros. En cambio, observé mucho al maestro Diego Rivera mientras pintaba sus murales en el Palacio de Gobierno y en otras partes, en Ciudad de México. Habría que comparar esos murales de la guerrilla comunicacional con cualquiera de los de Rivera.

— Después de vivir 11 años en México, desde el efímero gobierno de Rómulo Gallegos hasta el derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez, afirmó que hubo momentos en los que se sintió mexicano. ¿Por qué? Y después de 11 años bajo el gobierno de Hugo Chávez, como venezolano, ¿cómo se siente?
— Me sentí mexicano porque me quedé sin papeles, sin documentos venezolanos, y porque me casé con una mexicana y tuve dos hijos mexicanos. Ahora me siento más venezolano que nunca.

— Cuando viajó a Guadalajara para recibir el premio FIL de Literatura, Rafael Cadenas llamó a los intelectuales hispanoamericanos a "cuidar su democracia, aunque sea deficiente, aunque no sea cabal, para evitar que pueda ser destruida por algún caudillo". ¿Durante las últimas décadas del siglo XX, la intelectualidad de izquierda que perfiló la cultura venezolana cumplió con esta tarea o, por el contrario, mirando retrospectivamente, con sus críticas contribuyó a socavar sus bases?
— La crítica fortalece la democracia, más bien la ayuda. Hablar libremente contribuye por lo menos a desahogarse. Uno aprende a exigir, lo que no pasa en una dictadura. La democracia, aunque sea mediocre, busca la manera de que vivamos mejor.

— Si hiciera hoy el mural de cerámica Conductores de Venezuela, de la Ciudad Universitaria, ¿incluiría alguna otra personalidad de la Venezuela contemporánea?
—No.

— ¿Qué se aprendía en la Cátedra Libre de Humorismo Aquiles Nazoa, patrocinada por la Universidad Central de Venezuela y coordinada por usted?
—Democracia, porque en la cátedra se hablaba sin censura.

— Usted ha señalado: “Mi única aspiración es ser un perdedor ejemplar. Desprecio enormemente el éxito y a la gente exitosa”. ¿Por qué tanta repulsa hacia el éxito en un hombre que, sin duda, es considerado exitoso?
— Yo no repudio el éxito, lo que repudio es la búsqueda del éxito.