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Simón Alberto Consalvi, el humanista

Simón Alberto Consalvi / Manuel Sardá

Simón Alberto Consalvi / Manuel Sardá

Ante gobiernos arbitrarios, el intelectual se destacó por organizar la resistencia cívica

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“¿Seremos capaces de interpretar la gravedad de la crisis institucional que atraviesa el país y de actuar responsablemente?”, preguntaba Simón Alberto Consalvi a los periodistas de El Nacional la semana pasada. Parecía el mismo articulador de voluntades en defensa de la democracia que en 1953 logró reunir a Alberto Carnevalli, Domingo Chacín Ducharne y Pompeyo Márquez, para formar el Bloque Unitario que enfrentó la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

“Simón Alberto fue el artífice de ese encuentro. A cada uno de nosotros nos montó en varios vehículos para despistar a la Seguridad Nacional, hasta llegar al apartamento de René Hartman”, cuenta Márquez. El entonces líder del Partido Comunista de Venezuela recuerda que Consalvi pagó el llamado a rebelión con su encarcelamiento en los calabozos de la policía política, la Cárcel Modelo y la Cárcel de Ciudad Bolívar.

Carlos Canache Mata no olvida el inicio del exilio de Consalvi, el 28 de diciembre de 1955: “La Guardia nacional nos llevó hasta un avión en el aeropuerto de Maiquetía. Consalvi estaba acompañado del líder sindical Hermenegildo Borromé y de Luis José Estaba. Me tocó sentarme a su lado. Me dijo entonces que tenía fe en el restablecimiento de la democracia en Venezuela y que volveríamos a vivir en libertad”.

El dirigente adeco relató que hace pocos días se reencontró con Consalvi, quien le expresó su preocupación por la situación política del país. Sin embargo, como hace casi 60 años, le reiteró su esperanza de que más temprano que tarde se recuperaría el Estado de Derecho.

Humberto Celli,  también de AD, recuerda el tránsito de Consalvi por el Gobierno y su talante conciliador: “En los tiempos de la lucha armada era una piedra fundamental de Acción Democrática porque era capaz de generar conciliación en circunstancias difíciles. Siempre estaba allí, uno iba a consultarlo”.

Ese espíritu se puso a prueba cuando, siendo canciller por segunda vez, le correspondió evitar una guerra con Colombia en agosto de 1987 por el incidente de la corbeta Caldas, así como  “la noche de las tanquetas”, en octubre de 1988, cuando era ministro del Interior y estaba encargado de la Presidencia.

“Consalvi actuó de forma coherente a lo largo de toda su vida; y en los últimos años, con un entusiasmo y una fuerza que cualquier hombre joven envidiaría”, afirma el historiador Tomás Straka.

Desde el Movimiento 2-D, Consalvi volvió a sumar voces para que trascendieran las denuncias de arbitrariedades durante el mandato de Hugo Chávez. En su oficina de El Nacional se pulieron los manifiestos del grupo de intelectuales venezolanos que, sin rodeos, llegaron a afirmar que el régimen instaurado en el país hace 14 años había degenerado en dictadura.

“Hay que denunciar los atropellos, vengan de donde vengan; para eso existen los periodistas”, señalaba Consalvi, a modo de pauta permanente.

El editor adjunto de El Nacional pregonaba con el ejemplo. Desde sus artículos de opinión y los editoriales del diario, persistió en la denuncia. El 11 de marzo, el último día de su existencia, como un esfuerzo desesperado de estremecer las conciencias de los venezolanos, escribió sobre la coyuntura electoral para escoger al sucesor de Chávez: “El desequilibrio y la inequidad son de tales magnitudes que uno debería esperar que semejantes abusos tengan efectos de bumeran. Pero no hay que ser optimistas en estas apreciaciones. No habrá manera de aspirar a que se cumpla la ley”.