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Pedro Llorens, el periodista de la palabra precisa

Junto con Ramón Hernández y el ministro de la Defensa Eliécer Hurtado en el año 2000 | Foto Archivo El Nacional

Junto con Ramón Hernández y el ministro de la Defensa Eliécer Hurtado en el año 2000 | Foto Archivo El Nacional

Además de titulador de primera página, fue autor de una de las columnas más leídas de El Nacional

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La vida de Pedro Llorens es la carrera de Pedro Llorens. Antes que nada, fue periodista. Un profesional que ejerció cabalmente cada uno de los aspectos de la comunicación social.

Comenzó como reportero en el desaparecido diario La República en diversas fuentes, incluyendo la cultural, por la que siempre tuvo predilección, pues su amplia formación lo hizo disfrutar de las artes en cualquiera de sus expresiones. Cubrió la fuente de Miraflores y el Congreso de la República y la de todos los nacientes partidos políticos.

A pesar de estar en contacto con el poder, nunca perdió de vista que el papel del periodista es contar los hechos tal y como ocurren, algo que defendió siempre. Por eso era fanático de la crónica como género, porque le permitía contar y narrar las realidades que presenciaba como primer testigo, como reportero. También hizo entrevistas, reseñas culturales, abarcó todos los campos, con lo que su conocimiento de la profesión se hizo con la práctica y a base de talento.

Precisamente por eso fue ascendiendo en puestos de responsabilidad, hasta llegar a ser el jefe de redacción del diario El Universal. Su olfato especial para la noticia venía dado especialmente por ese tiempo pasado “pateando la calle”, algo que reclamaba de los periodistas actuales “que todo lo hacen por teléfono, no ven la luz del día”.

Hombre de carácter, tomaba distancia para observar mejor, como un sabueso que acecha a la presa, la noticia. Esa maestría se volcaba en la dirección de una redacción llena de máquinas de escribir y de reporteros y fotógrafos que notaban su presencia a distancia. En la tarde comenzaba a construir la primera página de El Universal con aplomo y sin dudas.

Ya en El Nacional, los últimos 18 años de su carrera, fue el artífice de una primera página que llevaba su impronta de títulos agudos, directos, precisos y llamativos. Y aquí cultivó el género de opinión, que le llevó más de cerca de la gente, porque en su columna dominical volcaba toda su personalidad sagaz, mordaz y levantisca. Nunca comulgó con el poder, lo tuviera quien lo tuviera, porque para él el periodista debe ser eso: un vigilante al servicio de la sociedad.

Ética para Ernesto
Wilfer Pulgarín
Pedro Llorens, al igual que yo, no era un buen conductor. Al menos no me lo pareció las veces que me dio la cola hasta mi casa. Tal vez era el carro con el radiador enfermo o la peligrosa Caracas nocturna, pero nunca lo sentí seguro mientras íbamos rumbo a Las Palmas.

Pronto descubrí algo que lo relajaba: hablar de otro asunto que no fuera la política. Sabedor de que en ese tema estábamos identificados, lo acribillaba a preguntas para guiar la conversación por otras orillas: el cine, el fútbol, las mujeres…

Esos 15 o 20 minutos de pasajero me revelaron a un Pedro íntimo, menos rotundo.

De esos viajes el que más recuerdo fue aquel sobre la responsabilidad de ser padre. Entonces me narró una anécdota con timidez. Se remitía a una fecha de cumpleaños de su hijo Ernesto. Pedro le regaló un libro con más o menos esta introducción verbal: “Yo no sé mucho de la vida y no tengo claro qué aconsejarte. Pero todo lo que yo quisiera decirte está aquí, en este libro”. El libro era Ética para Amador, de Fernando Savater.

En adelante Pedro me pareció un hombre admirable y más aún por su honestidad, porque había aniquilado su ego y seguía siendo una leyenda.