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Pietro Parolín: "Siempre me propuse ayudar al diálogo en Venezuela"

Monseñor Parolin recalcó que la Iglesia no es un poder sino un servicio | Foto Francesca Commissari

Monseñor Parolin recalcó que la Iglesia no es un poder sino un servicio | Foto Francesca Commissari

Quien hasta ayer ejerció el cargo de Nuncio Apostólico en el país, reconoce que se va con angustia por las diferencias, pero espera que estas sean superadas a favor del reencuentro y la reconciliación

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La pisada de su mocasín negro es firme. Salvo el blanco clerigman y la cruz plateada que cuelga de su cuello, hay un predominante negro que genera respeto y formalidad. Bastan unos segundos para que la sonrisa surja. Pietro Parolin, nuevo Secretario de Estado del Vaticano, se presenta y propicia la conversación. Entonces, la sencillez se personaliza y el hasta ayer Nuncio Apostólico en Venezuela conduce la conversación, como si zurciera ideas en silencio.

Explicó que se convertirá en el primer colaborador del Papa, en su brazo derecho. “Es un cargo muy delicado e importante”, asegura. Sostiene que siempre hablará con franqueza y libertad.

—El papa Francisco declaró que cuando lo eligieron sumo pontífice, recordó la historia de Mateo y por eso escogió el lema: “Lo miró con misericordia y eligió”. ¿Cuál será la frase que lo guiará a usted?

—Es una tradición que cuando a uno lo hacen obispo, escoja un escudo y lo acompañe de una frase del Evangelio. Hace cuatro años, cuando me mandaron de Nuncio Apostólico en Venezuela, recibí mi episcopado de manos de Benedicto XVI, y escogí la frase de San Pablo: “¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?”, porque creo que la vida cristiana antes de ser una serie de ritos, celebraciones y normas morales, es la experiencia fuerte de un amor que ha llegado hasta nosotros en Jesucristo. De este amor nadie puede separarnos, salvo nosotros mismos.

—¿Cómo podrían incorporar más creyentes a la fe católica en un mundo con otros valores?

—Diría que adoptando el método de Jesús: acercarse a cada persona, cualquiera sea su condición o situación, y ofrecerle esta experiencia fuerte del encuentro con el Señor.

—¿Cómo hará la Iglesia para llevar este mensaje a alguien que no lo quiere escuchar, a quienes no creen en la institución?

—Si nosotros somos perseverantes en el amor lograremos vencer cualquier resistencia. Cierto, se necesita mucha paciencia. Se necesita también aceptar el rechazo y, además, no debemos medir los resultados por números y cantidades como si fuéramos una empresa. El Papa nos está dando una lección de cómo: hacernos próximos a cada uno de nuestros contemporáneos igual que lo hizo Jesús.

—¿Cuál será su papel en la misión de limpiar la imagen de la Santa Sede con respecto a las denuncias de pedofilia y corrupción?

—Con Benedicto XVI hemos visto todo el compromiso que la Iglesia ha tomado en el tema de la pedofilia y sobre eso el papa Francisco se ha pronunciado claramente, con medidas muy concretas. Imagino que el Papa pedirá una opinión y nuestro deber será decírsela con libertad y franqueza. Después, a él le tocará decidir sobre los diferentes asuntos.

—¿Hay una intención real de la Iglesia para ser menos jerárquica e incorporar a los laicos en las decisiones de la institución?

—Esta es una visión clasista. La Iglesia no es un lugar en el que hay diferentes clases de personas: los que están arriba y los que están debajo. La Iglesia es una comunión en la que todos son iguales porque han recibido el bautismo, lo que nos da la condición fundamental de ser hijos de Dios y hermanos entre nosotros. Creo que se tiene que aceptar que la Iglesia no es un poder, en el sentido mundano del término, es un servicio. Todo el que esté dentro de ella tiene que asumir esta visión.

—Dicen que sus cualidades para la negociación propiciaron la cercanía entre el Gobierno de Venezuela y el Vaticano, y que además lo hicieron merecedor de este cargo.

—¿Qué puedo decir? Mi principio es hacer lo poco de bien que se pueda. Ahora, si yo tengo estas capacidades de negociación será algo que vean los demás. Yo no lo percibo. No es modestia ni falsa humildad. No me veo estas grandes habilidades de diplomático porque he intentado siempre ser yo mismo. Si esto es un don o un talento que el Señor me ha dado, y esto puede servir, démosle gracias a él. Ahora, puede haber muchas razones por las que el Papa pudo haberme escogido: soy italiano, y normalmente cuando el Papa no lo es, escoge a un Secretario de Estado que sí lo sea; el hecho de que vengo del servicio diplomático, se quería que viniera de allí; y, probablemente, el aprecio que el Papa me tiene.

—¿Son amigos?

—No. Nos conocíamos, pero no teníamos familiaridad.

—¿Han compartido, han trabajado juntos?

—Nos encontramos en la Secretaría de Estado cuando él era arzobispo de la ciudad de Buenos Aires y yo era subsecretario para tratar algunos asuntos, pero eran reuniones de trabajo, no el día a día. Entonces, eso tendré que aprenderlo.

—Pero la pregunta sigue pendiente, ¿qué papel jugó en Venezuela?

—Cuando presenté mis cartas credenciales dije que esperaba ayudar al diálogo entre las partes. Esto fue lo que siempre me propuse. Si de veras he podido ayudar en algo, agradezco al Señor porque me mandó aquí. Por lo malo que lo he hecho, tenemos que pedir perdón.

—¿Qué balance hace de su trabajo aquí? ¿Por qué dice que se va con pesar?

—Venezuela es un país al que le tengo gran cariño. Aquí tuve muchos momentos de encuentro con la gente y esto es lo que extrañaré: la fe sencilla, pero muy profunda de la gente.

—¿Se lleva alguna angustia sobre el país?

—Sí. Espero que los venezolanos se encuentren como hermanos. En la vida hay diferencias pero lo importante es que no se vuelvan conflictos, sino que sirvan para integrarse y trabajar por el bien común. Esa es mi inquietud, que la ha dicho la Conferencia Episcopal Venezolana muchas veces: es tiempo de reencuentro, de reconciliación, de escucharse, de respetarse, de dar espacio a todos. Porque una sociedad justa y solidaria nacerá solamente de la contribución de todos. Mi deseo es que Venezuela y todos sus hijos puedan caminar por esta senda.

—¿Qué influencia puede tener el encuentro entre la directiva de la CEV y el Papa para el futuro de la Iglesia en Venezuela?

—Los obispos visitan al Papa para ser confirmados en la fe. En el caso del papa Francisco, los obispos encontrarán indicaciones muy prácticas porque él conoce muy bien la situación y podrán conversar y encontrar líneas de acción que les sirvan cuando regresen a Venezuela.

—¿Cómo hablar de integración cuando la política también ha dividido a la Iglesia venezolana?

—Esto es precisamente el gran desafío. Más allá de la polarización, se busca que la Iglesia sea una comunidad que se pueda aceptar recíprocamente. Escuché algunas experiencias muy bonitas en este sentido, de comunidades que, aunque estaban divididas políticamente, sabían superar estas diferencias y encontrarse en algo común que era la fe. Justamente, porque se tiene este problema hay que trabajar para superarlo. ¿De acuerdo?


Pietro Parolin viajó el sábado a Roma para asumir sus nuevas responsabilidades. Previamente concedió esta entrevista, que se le solicitó desde principios de septiembre. El prelado insistió en que ha crecido el papel y la responsabilidad de los laicos dentro de la Iglesia, especialmente en el caso de las mujeres. “Es un tema que ha encontrado un punto muy importante en el Concilio Vaticano II. El camino está trazado. Los laicos tienen dos papeles fundamentales: en cuanto a bautizados tienen que asumir un servicio dentro de la Iglesia, que puede ser en la liturgia, la celebración, la catequesis, la evangelización, la caridad; y después, un rol hacia afuera que consiste en la santificación del mundo. Es decir, infundir el espíritu cristiano, el espíritu del Evangelio en todas las realidades humanas, en todos los ámbitos de vida y actividad del hombre: familia, escuela, trabajo, política; en todos los sectores en los que quede su testimonio”.