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Miranda y la música

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FRANCISCO DE MIRANDA

1750-1816

El arqueólogo y diputado de la Asamblea francesa Quatremère de Quincy (1755-1849) decía de Miranda: “¡Cuántas valiosas memorias, cuántos relatos útiles, cuántas informaciones capaces de rectificar la historia, la política y la geografía! ¡Cuántos apuntes curiosos, cuántas verificaciones deseadas por los sabios y los artistas! ¡Cuánto material destinado a establecer un sistema exacto de los conocimientos humanos no habrá reunido Miranda en sus doce años de viajes!”.

Miranda profesaba el culto de lo bello, Según él, la literatura, el arte y la música eran valores esenciales que el hombre debe cultivar para su bienestar personal. Poseía, o llevaba consigo, el sentimiento estético de la vida.

La sensibilidad estética de Miranda abarcaba la música, como oyente amantísimo e intérprete; actividad del espíritu que fue precisamente cultivando durante su vida. En La Habana tenía un pianoforte de “labor exquisita”. En su peregrinaje por Europa disfrutaba con las melodías, cantos, bailes y danzas populares que iba encontrando. Visitaba los fabricantes de instrumentos de música. Después de la lectura, su esparcimiento favorito era el teatro, la ópera y los conciertos privados.

Miranda tocaba la flauta travesera. Y a propósito cuenta la pequeña anécdota que le sucedió un domingo en Georgetown. Como llovía mucho y no podía salir a dar un paseo, se le ocurrió tocar la flauta por diversión. Los dueños de la casa, sorprendidos y escandalizados, salieron corriendo a buscar su compañero de posada a fin de que intercediera para que dejara la flauta y no tocara en domingo. “No pude menos que soltar la carcajada -refiere- y dejar, por supuesto, el instrumento, con cuya circunstancia toda la familia se tranquilizó, habiendo tenido yo que pedir excusas por el olvido”.

Miranda tenía dos flautas, una de madera de ébano y otra de boj, que sabía perfectamente limpiar y conservar según instrucciones que guardaba. Estudiaba la flauta en el Nuevo Método, de Mahaut, que enseñaba a tocar en poco tiempo la flauta travesera a principiantes y personas más adelantadas. Se sabe que en Cádiz tenía un profesor de música llamado Garnier, a quien reconoció en Lyon, haciendo de primer oboe en la orquesta cuando daban la ópera de Gluck, pero que no se atrevió a acercársele por temor a su indiscreción. Entre sus libros poseía el Diccionario de Música de Rousseau, los Elementos de música teórica y práctica, según los principios del señor Rameau, de d’Alembert y El arte y puntual explicación del método para tocar el violón, de José Hernando.

No hay duda de que Miranda podía leer música y copiar las notas pues en su equipaje de La Habana sus baúles contenían noventa y un pliegos de papel de música en blanco y cantidad de cuadernos de música impresa para flauta, violín y bajo. Era la época de los hermanos Sammartini, Boccherini, Stabingher y los maestros Stamitz. Christian Cannabich, Wendling, pertenecientes a la excelsa escuela de Mannheim, de la que Boccherini fue apóstol.

El órgano era otro instrumento que Miranda apreciaba mucho. En Praga había conocido a Lochelius Ocklseklegel quien, en la capilla de los Premonstratenses, se había pasado treinta años construyendo el mejor órgano del reino de Bohemia. Le oyó tocar varias melodías y reseña que el sonido de este órgano era suave y agradable. Más tarde, en Estocolmo, conocerá al abate Vogler, organista y compositor muy considerado en Londres y París, quien también pertenecía a la escuela de Mannheim. Del abate Vogler, inventor de un órgano portátil, Miranda dirá: “toca el órgano superiormente”.

En Eisenstadt, un pequeño poblado de Viena y de la frontera húngara, Miranda fue recibido por Joseph Haydn, quien vivía en el Palacio de Esterhazy, bajo la protección de los príncipes de Esterházy y donde, como maestro de capilla, compuso gran parte de su obra. Aquel día, 26 de octubre de 1785, Haydn fue su anfitrión mostrándole todo el palacio, biblioteca, galería de pinturas, teatro, etc. Por la noche lo invita a la ópera a la cual asiste el principe Nikolaus. Con una orquesta de 24 instrumentos, Haydn tocaba el clave. Al día siguiente recorriendo el jardín del palacio hablaron mucho de música, conviniendo ambos en el mérito de Boccherini.

En Trieste Miranda oye tocar muy bien el violín a un joven de trece años. Era Karl Theodor Cannabich, hijo del famoso compositor Johann Christian Cannabich. En Venecia, uno de sus cicerones será el abate, ex jesuita español y crítico musical, Esteban de Arteaga, autor de La revolución del teatro musical italiano. Y una mañana en San Petersburgo, en casa del príncipe de Ligne, tiene el privilegio de escuchar y ver tocar al virtuoso del violín, el conocido Ivan Mane Jarnowick.

En Krementchug había tenido también la suerte de escuchar un concierto de 65 ejecutantes de cuernos de caza rusos -cuernos de más de tres metros y medio de altura- que tocaban en casa del príncipe Potemkine para deleitarlo. Orquesta que era numerosísima cuando estaba completa con las 80 voces de los coros y demás instrumentos. Esa noche, a petición del Príncipe, se tocó para Miranda un oratorio de Sarti compuesto para el caso, es decir para el viaje de la Emperatriz a Crimea, que le pareció “el mejor pedazo y una excelente composición”. Al día siguiente, coro de muchachos en el programa y cuartetos de Boccherini, pues al Príncipe le gustaba mucho la música.

Desde 1784 Giuseppe Sarti venía organizando en San Petersburgo la vida musical de la Corte imperial, donde compuso oratorios escritos en ruso. A partir de 1787 se encontraba al servicio del príncipe Potemkine, lo que explica su presencia en Kiev en casa del Príncipe donde Miranda se alojaba igualmente. Estupenda ocasión para hablar largamente de música y del mérito de Boccherini y Haydn, que tanto interesaban a Miranda. Del primero, Sarti  opinaba que tenía más genio, y del otro que era más sabio en música. En cuanto a Haendel, admiraba mucho sus composiciones. De estas conversaciones, Miranda deja escrito: “A mi me parece que dicho Sarti es hombre profundo en la teoría de la música y de la composición, que sabe matemáticamente. El Príncipe se entretuvo en poner algunos puntos al azar sobre el papel de música y dárselo después, indicándole el tono, tiempo y aire de la composición que, sujeta a dichos puntos, él (Sarti) compone sobre la marcha, prueba de su fecundidad y gran práctica”.

A Miranda le encantaba ir al teatro. Vio y oyó cantar a profesionales del canto y del baile que estaban de moda. Era inflexible en su crítica. No le gustaba que desentonaran o ganguearan. Una noche en el teatro, sentado detrás de Gustavo III, ve el “Misántropo” de Molière, interpretado por una compañía francesa, cuya primera actriz era la señora Morlan, sucesora de la señora Huss. Destaca que no le había gustado “no sé si sea por la afectación que en todo mezcla esta frívola nación”. En Lyon presenció “Orfeo y Eurídice”, de Gluck. Le pareció que la opera había sido “estropeada a la francesa; ni un actor hay de mérito regular, todos son de la mediocridad. La orquesta mejor”. Del “Tancredo”, en la pieza de Voltaire, interpretado en Marsella por La Rive, bastante bien. “No se podía negar que fuera buen actor, voz sonora y extensa; pero en la dicción había algo de exagerado que destruía la noble sencillez griega, alma de lo sublime y perfecto”. Del “Pigmalión”, de Jean-Jacques Rousseau, exclama: “¡Qué bello rasgo de música!”.

No le gustaba a Miranda la “afectación francesa” que parece le empalagaba; ese amaneramiento en el estilo que seguramente estaba de moda. Le fue muy grato en Estocolmo frecuentar a gente de teatro y ópera y compartir momentos con cantantes de la Opera Nacional como Karsten, primer cantante de dicha Opera, quien le cantaba en privado algunas canciones suecas, y la señorita Stading con la que toma el té y también “le hace el favor de cantarle”. Y su placer es enorme oyendo al joven compositor alemán Martin Joseph Kraus, maestro de capilla del Rey, “tocar el pianoforte como un ángel”.

La ópera “Armida” de Gluck, la vio en Burdeos en el magnífico teatro de la Comedia -situado al final de la espléndida calle de la Intendencia- hallando que había sido “execrablemente cantada”. Se salvaba la señora Dauberval, primera bailarina que “bailaba nobilísimamente, cosa hermosísima…por cierto”, comenta. Era la mujer de Jean Bercher, llamado Jean Dauberval, famoso bailarín, profesor de ballet y coreógrafo francés de las Operas de París y Burdeos. Miranda, que vivía enfrente de la Comedia, no perdía función. Y allí ve, entre otras obras, el soberbio ballet “L’Amour et Psyché”, montado por Dauberval que utilizaba máquinas y tramoyas en materia de escenografía, nueva invención de la época que revolucionaba la representación teatral.

Estando todavía en Burdeos asiste a un concierto privado en casa del negociante Delorthe. “Vinieron infinitas gentes y hubo buenos cuartetos en que un mozo judío, llamado Dacosta, tocó el violín muy bien, y mucho mejor el señor Gervais, joven de París que tiene un gran gusto, poco variado aún. Mas lo que atrajo más espectadores es el talento de la señorita Delorthe, que toca el clave divinamente para la edad que tiene de 18 años…muy bien”.

En Nantes asiste al concierto de la señorita Julie Candeille y cuenta que “tocó el pianoforte excelentemente. Tiene una brillante y limpia ejecución, tacto delicado y gustosa expresión. A la segunda pieza se reventó una cuerda del instrumento que embrollaba un poco el sonido… ella se turbó…el público la animaba y aplaudía, mas ella se retiró en lágrimas como desvanecida, y de este modo interesó aún más a la asamblea. Vino después y tocó noblemente, por cierto; es bonita y de unos 22 años de edad”. Esa tarde hubo música de Haydn, un concierto de piano compuesto por la señorita Candeille, ejecutado por ella  misma, y un trío de Ignacio Pleyel, compositor austriaco, alumno de Haydn.

Dentro de la búsqueda incansable de lo bello y lo sublime, Miranda se emocionaba no poco con la música  y en presencia de las obras inimitables del demiurgo o divino artífice. Sus diarios están repletos de descripciones paisajísticas que reflejan el color local. Buscaba siempre el contacto con la naturaleza. Delante de praderas o un lindo paisaje idílico daba rienda suelta a su imaginación y exclamaba “¡oh! ¡felicidad, y que cierto es que no habitas sino en los campos!”.

Siempre le agradó ver lejos. Era sensible a la luz, a los amaneceres y atardeceres. En el Arsenal de La Carraca hubo de terminar sus días en el penal de las Cuatro Torres. Tuvo la suerte, dentro de su desgracia, de ser recluido en una de las piezas altas del presidio. ¡Podía seguir viendo lejos!

Pudo respirar el aire marino que soplaba sobre la bahía de Cádiz hasta el día de su muerte ocurrida el 14 de julio de 1816, día nacional de Francia. Pudo en efecto contemplar las tierras circunvecinas y las marismas; esas aguas pantanosas donde sus restos mortales quedarían hundidos perpetuamente. Perdidos entre la tierra y el mar gaditanos, señala Nucete Sardi, y ojalá para siempre, añadía, porque así son el mejor símbolo de su vida errante, luchadora, en busca de la libertad.


Texto de Gloria Henríquez Uzcátegui y Miren J. Basterra Ariño

Comentarios de Miranda extraídos de Colombeia, “El Viajero Ilustrado”, tomos III, IV, V y VIII.