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Después de Pérez Jiménez

Miguel Otero SIlva | Archivo El Nacional

Miguel Otero SIlva | Archivo El Nacional

No debemos cansarnos de repetir como un martillo que solamente la unidad nacional de lucha logró el derrocamiento de la dictadura

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La primera jornada, la que corrió como un río hasta lograr el estrepitoso derrumbamiento de la infame dictadura de Pérez Jiménez, ha sido uno de los hechos más gloriosos de nuestra historia. Estallante el corazón de júbilo y de orgullo, Venezuela enarbola como la mejor bandera la sangre fértil de sus muertos y comprende que ha firmado con esa sangre el más noble y el más inquebrantable de los compromisos.

No es posible intentar análisis político alguno sin antes rendir un tributo emocionado al pueblo, a la nación entera, por la lección de valentía, de dignidad y de civismo que acaba de dictar frente a las ametralladoras y a las peinillas de la dictadura. Venezuela inerme, Venezuela maniatada, Venezuela con las muñecas rotas por las torturas y la frente hendida por los sablazos, Venezuela sin partidos políticos y sin sindicatos, Venezuela con la mayoría de sus dirigentes presos o desterrados, salió un día a dar la batalla contra los crueles sicarios que la sojuzgaban, resuelta a ofrendar trescientos muertos, mil muertos, todos los muertos que fuese necesario para recuperar la libertad y su derecho a ser considerada como una nación civilizada y digna. Dura fue la pelea y sangre maravillosa del pueblo costó ganarla. Pero el resultado está en las manos de todos con la luminosa claridad de un niño recién nacido: un país con la frente en alto y un tropel de matones cobardes precipitándose hacia las escalerillas de los aviones o hacia los portones de las embajadas.

La gloria es de todos por igual. Gloria a los estudiantes universitarios que abrieron la primera brecha de la muralla al avanzar con los pechos desarmados y sin miedo contra los sables y las cachiporras de los verdugos. Gloria a los adolescentes de los liceos que libraron alegremente batallas suicidas frente a los automóviles blindados de la policía. Gloria a los aviadores de Maracay que volaron como una esperanza combatiente sobre el cielo de Caracas. Gloria a los bravos muchachos de la marina que mantuvieron ardiendo limpiamente la llama de la rebelión. Gloria a los oficiales y soldados de tierra que respondieron resueltamente al llamado del pueblo a la hora decisiva de abatir al tirano. Gloria al rico que no pensó en su fortuna ni en sus privilegios para exponerlo todo en el instante de cumplir como ciudadano. Gloria al cura que tiene bajo la sotana corazón de hombre y pantalones de hombre y no olvidó que Cristo luchaba por la justicia. Gloria a las mujeres que disputaron al padre, al hijo y al marido la misión de marchar a la vanguardia y de ocupar los sitios de mayor peligro. Gloria al hombre de ciencia y al artista que abandonaron sus laboratorios y sus estudios para caminar sin vacilaciones hacia la dura sombra de los calabozos. Gloria al copeyano heroico, gloria al acciondemocratista heroico, gloria al urredista heroico, gloria al comunista heroico, gloria al medinista heroico, y también al “indiferente” heroico que quebrantó virilmente su juramento de “no meterse en política” para compartir con los hombres de partido un puesto en las trincheras del sacrificio y de la victoria.

Y, por encima de todas las cosas, gloria máxima al pueblo. Al que libró en Caracas el 22 de enero una magnífica y desigual batalla, al que derrotó a botellazos y a pedradas una fuerza de represión preparada cuidadosamente, técnicamente equipada, criminalmente resuelta a ahogar en muerte el más pequeño brote de rebeldía. A los trabajadores que a la voz de huelga general convirtieron la ciudad en un imponente pero enfurecido cementerio. A los que bajaron de los cerros cantando el Himno Nacional y se fueron de bruces con la camisa tinta en sangre en El silencio o en l aplaza Morelos. A los que cayeron en sus modestos apartamentos obreros, acribillados por las ráfagas de las ametralladoras y gritando todavía: “Viva Venezuela”.

De todos fue la lucha y de todos es la victoria.

II

No puede escapar a ningún observador político consciente que el indeleble triunfo logrado en esa primera jornada sólo pudo alcanzarse gracias a la cristalización previa de una total, decidida, inquebrantable unidad nacional. En tanto que los partidos políticos se mantuvieron combatiendo individualmente contra la dictadura de Pérez Jiménez, en tanto que no arriaron sus divergencias y sus contradicciones para enfrentarse juntos al enemigo común, lograron apenas llenar las cárceles con sus militantes más valiosos o regar las calles con la sangre de sus mejores hombres. Centenares de desterrados, centenares de presos, centenares de torturados, centenares de muertos era, al cabo de nueve años de tiranía, el balance de una oposición heroica pero hondamente dividida.

La comprensión de ese yerro, tal vez bajo el acicate de una monstruosa mascarada de plebiscito que constituía una afrenta para la nación entera, fue la cuesta inicial de la victoria. Los partidos se unificaron, el estudiantado se unificó, los intelectuales se unificaron, el pueblo se unificó, la nación entera se unificó, bajo una sola consigna: “Fuera la dictadura de Pérez Jiménez. Todo lo demás es secundario”. Y bajo el ariete de esa consigna, bajo el ariete de una prodigiosa unidad nacional, se desplomó en pocas horas de lucha bravía la dictadura que era considerada hasta hace pocos meses como el despotismo más sólido, más inconmovible de América Latina.

Es esa, no lo olvidemos por un solo instante, la primera y fundamental lección del hazañoso combate que acaba de librar Venezuela.

III

Pero en la conciencia de todos está igualmente que el derrocamiento material de Pérez Jiménez y su cuadrilla de bandoleros es tan sólo la mitad de la tarea. Todos los esfuerzos serán perdidos si de las cenizas de la dictadura no nace el camino que nos conduzca al objetivo final que todos nos hemos propuesto: la transformación de nuestro país en una nación libre y digna, constitucional y democrática. Dar a Venezuela para siempre características formales y esenciales de república, librarla para siempre de los pasados rasgos bochornosos de hacienda en manos de un capataz.

Jamás ha sido más propicio el momento en nuestra historia porque jamás ha estado más unificada la nación bajo tal designio y porque jamás hemos tenido un pueblo más resuelto a alcanzarlo. Sólo basta que todos, y en especial los dirigentes políticos, comprendan que falta aún las segunda jornada; la más difícil y las más ardua porque ha de cumplirse con la inteligencia y no con los puños, sólo falta eso para que el derrocamiento de Pérez Jiménez sea coronado con la iniciación efectiva de una vida institucional en nuestra patria.

Porque al comprenderlo entenderemos igualmente que para el acabamiento de esa segunda jornada, como lo era para la jornada inicial ya gloriosamente rematada, es premisa imprescindible el mantenimiento inquebrantable de la unidad nacional que en la primera jornada nos dio la victoria. Por encima de los intereses personales y materiales, por encima de los intereses da partido, por encima del valor de nuestras vidas, está la obligación en que estamos de hacer de Venezuela un país digno y libre. Si todos –los hombres responsables que han entrado a formar parte del nuevo gobierno, los dirigentes y miembros de base de los partidos, los que firmaron los manifiestos contra Pérez Jiménez, los estudiantes, y los obreros, los ricos y los pobres los que dieron la batalla contra la dictadura–, si todos comprendemos que hay que deponer todo rencor menos el sagrado rencor hacia quienes nos esclavizaron, toda divergencia temporal o aún de principios, hasta tanto no sea una realidad las elecciones libres y adquiera nuestra patria contornos cabales de nación republicana, entonces Venezuela se habrá salvado de la sombra tenebrosa de Pérez Jiménez, de Juan Vicente Gómez, de Cipriano Castro y de tantos tiranos que manchan nuestra historia.

No debemos cansarnos de repetir como un martillo que solamente la unidad nacional de lucha logró el derrocamiento de Pérez Jiménez. Y que solamente, el mantenimiento firme de esa unidad nacional puede impedir que se pierda la simiente de sangre aportada por nuestro pueblo con tanta generosidad y tanto heroísmo.