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¡Se compran partidos y tránsfugas, a precios de liquidación!

El Gobierno bolivariano ve con tanto terror el desenlace del 7 de octubre que no se ha detenido en ninguna de sus tácticas de guerra sucia. Una guerra sucia y suicida porque quienes apelan a ella cargan con un desprestigio irreversible, además de que degradan la función política. Ha sido un verdadero bochorno esta feria montada por el Partido Socialista Unido de Venezuela al pretender comprar pequeños partidos insignificantes con fines de propaganda negativa. Algunos se vendieron, y se vendieron por más del precio que les correspondía. Bribones de la política, sólo quien disfruta del poder y de los dineros públicos podrían comprarlos. Tienen tanto dinero que no les importa botarlo en estas aventuras vergonzosas.

Los que aparecieron para venderse en el mercado no merecen demasiados comentarios. Su miseria moral habla por ellos. Pero el comprador no puede aspirar a pasar ileso. Esta es la máxima expresión de la corrupción política que destruye y degrada al que se vende pero, fundamentalmente, al comprador.

Y el comprador en esta ocasión es el Gobierno bolivariano, que durante cerca de tres lustros (lo que antes equivalía a tres periodos presidenciales) se ha dedicado a demonizar el pasado presumiendo y presentándose como heraldo de la dignidad venezolana. El propio Presidente de la República y candidato a la tercera elección no dejó de alabar el gesto incalificable de los tránsfugas. A confesión de parte, relevo de pruebas.

El derrumbe de la candidatura oficialista no se detiene con estas armas innobles. Tampoco con las alusiones sibilinas a la guerra civil, como quien quiere meterles miedo a los pobres de espíritu. No hay ni habrá nada más antivenezolano y antipatriótico que amenazar a un pueblo con la guerra civil. La traducción de la impostura es muy simple. Y es esta: si el 7 de octubre no gana el “primer poeta de la Patria”, vendrá el caos, la violencia, la ira desatada. En una palabra, la guerra civil. ¿No es esto indigno?

Valdría la pena preguntarse cómo, qué compatibilidad puede haber entre quien aparece como facilitador o acompañante del proceso de paz en Colombia, proceso que busca superar una guerra de sesenta años, con el gesto o la amenaza disimulada, pero amenaza al fin, de desatar la guerra aquí, en la tierra de todos y en la patria que es de todos. ¿Es tanta, acaso, la desesperación ante la derrota anunciada que no hay carta, por degradante que sea, que no se pretenda jugar?

La falsificación del programa de gobierno de la unidad democrática descubre el temor oficial. El Gobierno bolivariano y su candidato a la presidencia vitalicia han fracasado en sus políticas, y el país como un todo rechaza su intento de establecer un régimen calcado de la experiencia cubana. El candidato comandante no se da cuenta de que Cuba está en vísperas de un cambio histórico. Que la gente ya no soporta el hambre ni la miseria en que el pueblo cubano ha sido condenado a vivir.

Es esta promesa de cubanización de Venezuela lo que ha incidido de manera fundamental en el derrumbamiento de la candidatura oficial y en el rechazo abierto del pueblo venezolano a una pretensión que nos llevaría a la ruina material y moral.

La historia no se acaba el 7 de octubre. Los protagonistas de este proceso, de un bando y del otro, están llamados a rendirle cuentas al país, y nadie podrá ser la excepción. Conviene, por tanto, preservar la propia dignidad y no comprometerla en aventuras como la compra de partidos. O en torpezas como la amenaza de guerra. Venezuela entera rechaza estas pobres prácticas inspiradas en el temor. Saber perder es una condición de la política que nadie puede evadir.