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Adiós a Ramón J. Velásquez, un héroe civil

Ramón J. Velásquez era, sin duda alguna, uno de los hombres vivos más importantes de la historia del siglo XX de este país | Foto Archivo El Nacional

Ramón J. Velásquez era, sin duda alguna, uno de los hombres vivos más importantes de la historia del siglo XX de este país | Foto Archivo El Nacional

Murió alrededor de las 5:40 de la madrugada, en su casa, en Caracas

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La mañana del día en que se cumplían 193 años de la Batalla de Carabobo, Venezuela se despertó con la noticia de la muerte de un héroe civil. El doctor Ramón J. Velásquez (Táchira, 1916) era, sin duda alguna, uno de los hombres vivos más importantes de la historia del siglo XX de este país. Además –si obviamos la brevísima incursión de Octavio Lepage– el último ex presidente que se mantenía despierto, digamos así, en medio de esta turbia pesadilla política. La actual crisis nacional se hace evidente en este dato: hoy, Venezuela es un país sin mandatarios en situación de retiro, lo que indica la cantidad de tiempo –excesivo– que la guadaña del cesarismo se ha dedicado a segar la democracia.

Murió alrededor de las 5:40 de la madrugada, en su casa, en Caracas. Tranquilo. Un poco aquejado por los achaques propios de su edad. Había despertado ya, minutos antes, como siempre –era tempranero–, y tras estar un rato en su entorno, entró de nuevo en el sueño. Era el final. Era la culminación, fue más bien la consumación de una vida de casi un siglo en que se dedicó denodadamente a la labor venezolana: reflexión y gobierno de nuestra realidad a fin de transformarla, a fin de hacerla agua clara y potable para el discreto molino de nuestros días.

Desde su ejercicio como ministro para la Secretaría durante la segunda presidencia de Rómulo Betancourt (1959-1963) hasta el de su actuación como presidente encargado luego de la destitución de Carlos Andrés Pérez (1993-1994), su obra como hombre de Estado fue ejemplar. Ni el llamado “narcoindulto” a Larry Tovar Acuña –que algunos blanden ahora como espada con la cual herirlo– es hecho que tenga el peso para hundir su decencia, su integridad. Se supo, es sabido que en ese caso Velásquez fue víctima de una trama, de una trampa que de ninguna manera compromete su calidad moral. Los acusadores olvidan, eso sí –de seguro por ignorancia– que durante ese interinato, uno de los más complejos y peliagudos que haya asumido la democracia, Velásquez llegó incluso a frustrar insurrecciones que le hubieran costado muy caro al frágil destino de la República. Y lo hizo en silencio, con la discreción que siempre lo caracterizó.

Por lo demás, a esas alturas Velásquez había probado su solvencia como hombre venezolano en el ámbito, no solo de la gestión pública (había sido también ministro de Comunicaciones, cuando el primer Caldera, y presidente de la Comisión para la Reforma del Estado, cuando Lusinchi), sino también en el del estudio. Individuo de Número de las academias de la Historia y de la Lengua, libros suyos como Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez y La caída del Liberalismo Amarillo, entre otros, lo ubican como uno de los intérpretes ineludibles de las claves de la nación.

Otro asunto que lo convierte en un hombre principal: con decisión, con valentía, el doctor Velásquez luchó –desde su inseparable periodismo, desde la colaboración política– contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Padeció cárcel, como tantos otros, y, al salir de ella, continuó el camino que se había trazado en su juventud: quiso desde muy pronto que Venezuela fuese una nación en la que reinara un “orden político”, allí donde “orden” quería decir progreso y donde “político” significaba convivencia y hermandad sincera y entrañable.

La madrugada de este 24 de junio murió el doctor Ramón José Velásquez. Va a amanecer de nuevo en este país durante su ausencia. O quizá, en cambio, amanezca en su presencia, que sabrá acercarse hasta nosotros desde la memoria. Hace seis años, más o menos, el viejo sabio tachirense les escribió una carta a sus hijos en que les pedía que, al fallecer, lo cremaran y esparcieran sus cenizas en el Ávila. Era el deseo de un andino que estimaba idóneo reposar para siempre en las faldas de una montaña. Elisa Lerner, escritora nuestra que fue su admiradora y amiga de varias décadas, ha dicho esto a propósito de su desaparición: “El doctor Velásquez fue, como muchos, protagonista de un dolor venezolano. Un dolor sin estruendo. Lo vivió con modestia y paciencia. No quiso crear una épica porque ya había demasiada en Venezuela. No nos hemos dado cuenta del calado de su sacrificio”. El tiempo dirá cuán conscientes somos para poder mirar de frente, agradecidos, el rostro de nuestros mejores hombres.

Doctor Velásquez, el Ávila lo espera.