• Caracas (Venezuela)

Plinio Apuleyo Mendoza

Al instante

Realidades que matan un sueño

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EL TIEMPO. COLOMBIA

Los colombianos, no hay duda, nos movemos entre los sueños y la realidad. Lo compruebo cada vez que abro el periódico o sintonizo un noticiero de televisión. Sueños que encienden las luces de la ilusión saltan en titulares de prensa, en las diarias palabras del presidente Santos y en los entusiastas mensajes publicitarios del gobierno que a la hora de las noticias inundan los espacios comerciales de RCN, Caracol y demás canales.

Sí, bajo el lema “Prosperidad para todos” se nos recuerdan los alentadores índices económicos del país, la baja inflación y el auge de la inversión extranjera, la supuesta disminución del desempleo, los ocho millones de niños con acceso a una educación gratuita, optimistas ofertas relacionadas con la salud y reformas de la justicia y, por encima de todo, la anhelada paz que, según se nos dice, por primera vez en cincuenta años la tendríamos a la vuelta de la esquina. De hecho, el presidente nos hace vivir la realidad virtual del posconflicto.

Lo malo es que, a la hora de ver las noticias, los colombianos nos encontramos ante una realidad menos alegre; más bien siniestra. Asaltos, quema de camiones, atentados a los oleoductos, asesinatos de policías, secuestros y extorsiones nos revelan hoy en día que las FARC y, sobre todo, las bandas criminales tienen por culpa del narcotráfico, la minería ilegal y los impuestos que fijan a petroleras, comerciantes y agricultores, un total dominio de grandes zonas del país. Allí, las autoridades están muy lejos de imponer su ley.

Pero también en las ciudades la inseguridad es alarmante. Cifras suministradas por la policía lo demuestran. Cada 30 segundos es robado un celular, muchas veces cuchillo en mano. Por si fuera poco, basta ser calificado de “gomelo” para ser atacado por feroces “punkeros”, como le ocurrió a Alejandro Vargas. Aunque resultó con el rostro destrozado, los autores de esta atrocidad quedaron libres. ¿En qué país vivimos?

Sin embargo, la inseguridad no es el único mal que ensombrece al país. Jamás habíamos visto tanto escándalo de corrupción. Salpica no solo al mundo político, sino también a toda suerte de personajes. Por otra parte, aunque el desempleo baja en las cifras oficiales, otra cosa vemos en esquinas y semáforos, donde vendedores de dulces y maní o malabaristas son ungidos por el Dane con el rótulo de trabajadores informales. Otro problema más: la salud. Cobros y pagos fraudulentos, desmedidas alzas en las medicinas y la resistencia de las EPS a prestar vitales servicios quirúrgicos sumen en el más cruel desamparo a muchos miles de colombianos.

Capítulo aparte merece el tema de la paz. En torno al proceso de La Habana no parece que el sueño y la realidad vayan por el mismo camino. Las Farc dilatan el proceso con toda suerte de artimañas mientras multiplican semana tras semana sus inclementes acciones terroristas. Lo cierto es que nunca aceptarán sanciones penales, ni entrega de las armas, y no parece creíble que abandonen el opulento negocio del narcotráfico.

Detrás de estos males están los nefastos gérmenes que carcomen a las tres ramas del Poder Público. En el Ejecutivo, tales gérmenes provienen de una voraz e inepta burocracia, del “gamonalato” que invade las administraciones regionales, del desbordado gasto público y de los anuncios y programas que jamás llegan a cumplirse. En el Legislativo, por causa de un mundo político que se mueve en medio de intrigas, oscuros y mezquinos intereses. Y en el Poder Judicial, más despelote no puede haber. Tristemente se perdió aquella vieja tradición que les confería un aura de respeto a magistrados y jueces.

Sí, esta es la realidad que convierte en fábula todos los sueños oficiales. ¿Adónde nos estará llevando? Ojalá el nuestro no sea el mismo destino que ha sumergido a Venezuela.