• Caracas (Venezuela)

Perkins Rocha

Al instante

Una forma de resistir

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Saliendo a tomar un pequeño viaje, me topé con un mural escrito en las paredes del aeropuerto Arturo Michelena de Valencia que transcribía un supuesto pensamiento del “comandante eterno” que al leerlo realmente me incomodó. En grandes letras rojas decía: “Tenemos que terminar de borrar las fórmulas extrañas a nosotros mismos y buscar los códigos de nuestro pensamiento más antiguo”. Al leerlo, entré en angustia al constatar que muchos también lo leían y no sentían el mismo grado de estupor que yo experimenté. Me dije: “Exactamente lo contrario es lo que yo pregono a mis hijos”. En un mundo altamente globalizado como el que nos rodea, que exige la formación de ciudadanos que amen sus espacios patrios pero en clara proyección hacia la humanidad, sin fronteras ni nacionalismos atávicos, ¿qué sentido tiene esa idea?

La educación que debemos dar a nuestros hijos está obligada a actualizarse con el entorno mundial e incorporar, en procesos amables con nuestra idiosincrasia, fórmulas “extrañas”, no convencionales con nuestro antiguo modo de ser; así como módulos de pensamiento que en cualquier parte de la tierra en este mismo momento estén resolviendo los problemas vitales del ser humano: hambre, violencia, enfermedades y degradación del ambiente, entre otros.

Crear seres humanos universales, que sin deplorar de sus raíces, sepan incorporar extrañas, nuevas y mejores formas de crecimiento social debería ser nuestra meta. Quemar todas nuestras energías buscando los códigos de nuestro pensamiento más antiguo es restarle importancia a los problemas vitales. Y eso es, precisamente, lo que el sistema de gobierno actual quiere que hagamos: que nos apartemos, mediante el alejamiento del conocimiento avanzado, a la simplicidad de las soluciones, pues eso los deslegitimara inmediatamente.

Por supuesto que se trata de un problema integral, el cual no solo es de las escuelas. Nosotros como ciudadanos debemos comenzar a reeducarnos en ciudadanía y eso empieza por repensar la grave crisis que estamos enfrentando desde una óptica menos aldeana y más universal. Saber que otros pueblos –algunos muy cercanos como Colombia– pasaron por momentos similares –e incluso peores– y los superaron.

Debemos verbalizar en lenguaje oral y escrito todo el acontecer que nos circunda y luego compararlo con otros modelos. Eso no solo es válido, sino necesario. Debemos, por cualquier circunstancia, evitar el mutismo y escondernos tras la comodidad de parcelas que cada vez más se achican, comprimiendo no solo nuestra movilidad física sino, lo más terrible, las fronteras de nuestro pensamiento. Usted que me otorga el privilegio de leerme en este momento, muy probablemente forma parte de ese minúsculo sector social venezolano que no solo tiene tiempo para pensar en su futuro, sino que, probablemente, tiene a su alcance uno que otro espacio donde puede influenciar que un semejante asuma otra forma de ver el país. Aprendamos a ver nuestras urbes de manera crítica y constructiva. Busquemos experiencias externas, confrontémoslas con nuestra realidad. Discutámoslas con tolerancia pero con pasión. Repensemos al país ya, porque los acontecimientos se pueden precipitar y quizá, luego, no haya tiempo.