• Caracas (Venezuela)

Pedro Palma

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Por qué hay que devaluar

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Cada vez se oye con mayor insistencia que el bolívar será devaluado, debiéndose aclarar que esa acción se refiere a la modificación de las tasas oficiales de Cadivi y de Sitme dentro del esquema de control de cambios vigente. Pero, si la devaluación de una moneda es tan impopular, ¿por qué insistir en ella? La respuesta es que para mantener fijo o inalterado un tipo de cambio por períodos prolongados, tienen que darse una serie de condiciones que no están presentes en nuestra economía.

Al ser la inflación interna muy superior a la foránea, los productos locales se encarecen más acentuadamente que en otros países, excepto el dólar, cuyo precio oficial se ha mantenido inalterado por largo tiempo. De allí que resulte muy atractivo comprar divisas para importar, pues con ellas se pueden adquirir más productos fuera en comparación a lo que se puede comprar localmente con los bolívares que éstas cuestan; esto explica en buena medida por qué las importaciones han aumentado tan intensamente.

Adicionalmente, el aparato productivo interno ha perdido capacidad competitiva, pues los productos importados son cada vez más baratos en comparación con los locales, ya que la alta inflación interna hace que los costos de producción en bolívares aumenten considerablemente; pero al mantenerse inalterado el tipo de cambio, los costos en dólares también aumentan de forma apreciable, y mucho más intensamente que los de los productores en otras partes del mundo. Esto no sólo estimula las importaciones, sino que destruye el aparato productivo interno, pues al no poder competir con los bienes foráneos, los productores locales cierran sus plantas y se transforman en importadores de lo que antes producían, exacerbando así la dependencia de suministro externo y reduciendo las oportunidades de trabajo.

Otro factor presente en nuestra economía que compele a devaluar es el actual divorcio entre las tasas de cambio libre y oficiales. Durante los últimos meses el precio de la divisa en el mercado negro se ha disparado, debido, por una parte, a la restricción de la oferta y, por la otra, al incremento desmedido de la demanda, estimulada por la incertidumbre política reinante, y por la abundancia de liquidez que hoy existe a raíz del crecimiento desmedido del gasto público. Eso ha hecho que la apetencia por dólares preferenciales no tenga límites, pues resulta un excelente negocio adquirir divisas subsidiadas y muy baratas para luego venderlas en el mercado negro a un precio substancialmente mayor. Ello, además de alentar la corrupción, se ha traducido en restricciones cada vez más estrictas para el acceso a esas divisas, creando severos problemas a múltiples productores que no pueden importar los insumos que requieren, pudiéndose producir en el futuro inmediato problemas de desabastecimiento y de aumento de precios. Adicionalmente, aquel diferencial de tasas, combinado con la incertidumbre cambiaria existente, genera presiones inflacionarias, ya que los precios tienden a establecerse en base a los costos esperados de reposición, pues aun cuando un productor esté produciendo con insumos importados con dólares preferenciales, no puede establecer sus precios basado en esos costos, pues no sabe si al momento de reponer sus insumos se verá obligado a comprar las divisas a precios muy superiores.

Adicionalmente, el ajuste de las tasas preferenciales contribuiría a mitigar el desequilibrio fiscal, pues le generaría mayores ingresos al fisco y diluiría la deuda pública interna.

Como se ve, sobran razones para devaluar, entre otras cosas, para disminuir la enorme sobrevaluación de la moneda y para reducir la disparidad con la tasa libre, que tantos problemas genera. Seguir posponiendo el ineludible ajuste cambiario es incrementar el problema que inevitablemente tendrá que afrontarse, pero con consecuencias cada vez más negativas y dolorosas. Es inútil pretender tapar el sol con un dedo.