• Caracas (Venezuela)

Pedro Luis Echeverría

Al instante

La verdad verdadera

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La desenfrenada actividad mediática que ha venido desarrollando el régimen es para tratar de imponer en la conciencia del ciudadano el culto al madurismo-chavismo. Se pretende establecer un proceso  que procura construir una nueva épica en torno a la figura del improvisado y desangelado líder, al tiempo que concienzudamente trata de destruir el pasado histórico de Venezuela.

El régimen esparce por doquier la semilla de su propia deificación mediante un pertinaz, tosco pero eficiente adoctrinamiento, que funciona en parte  debido al control que tiene sobre los medios de comunicación. Al arroparse con el engañoso manto del altruismo para mostrarse implacable con los supuestos enemigos de su causa como un acto de lealtad con el pueblo, creen que se garantizan la sumisión total a su liderazgo. Saben que el desarrollo del culto a la personalidad es una forma de dominación. Se valen de una retórica rimbombante y falaz en la cual no falta la autocompasión y la feroz agresión a sus adversarios, sino que también se presentan como trágicos héroes que  enfrentan a un enemigo colosal al que supuestamente están llamados a combatir por voluntad de  designios divinos.

El régimen se vende como la encarnación de una revolución reivindicadora  que le exige se convierta en una dictadura dotada de autoridad omnímoda que concentre, en sí misma, lealtad y obediencia absolutas. En este modelo de exaltación del culto al poder, por el poder mismo, la desinformación y la opacidad de la gestión de gobierno ocupan un lugar preponderante. La verdad es la más grave amenaza a esos propósitos. Y la verdad es que la república que hoy tenemos es el resultado de una combinación de incompetencia y brutalidad del gobierno con un pragmatismo corrupto para hacer buenos negocios al amparo del Estado. Se pretenden ocultar las dificultades y limitaciones que han creado con la exaltación de una mitología patriotera, repleta de fanatismo, intransigencia y odio. Son acciones de poder que demuestran que los hombres al servicio del régimen disfrutan más castigando que aceptando; hiriendo, más que aliviando los dolores de otros; acusando, más que comprendiendo.

El miedo es otro componente de este infamante proyecto. Saben cómo el miedo afecta la esencia del ser humano, y mediante el miedo se edifica el culto al régimen. Se castiga y persigue a quienes tienen la osadía de pensar de un modo que no sea el decretado por los jerarcas del régimen que se creen propietarios de las únicas interpretaciones de la realidad. Por ello, muchas personas no se atreven ni siquiera a pensar. La inducida falta de objetividad de los asalariados del gobierno es otra  característica; jamás se oye alguna observación crítica al régimen de parte del funcionariado a su servicio. Asimismo, el dueto que ha gobernado en los últimos quince años no ha tenido  escrúpulos para usar a altos oficiales militares para reforzar el culto a ellos por parte de la Fuerza Armada. Para lograr todo esto, han creado un ambiente de terror que paraliza y neutraliza a sus colaboradores, le gana la adulancia de ciertos grupos de la clase media y la devoción de los sectores más humildes y vulnerables que son el producto de década y media de pobreza repartida a conciencia. Tiene el poder absoluto y este no puede ser desafiado so pena de ser tildado de traidor. Como instrumento de dominación han hecho de la justicia del país una gigantesca componenda de intereses y corrupción. Es un modelo que invisibiliza a los ciudadanos y les confiere la aberrante condición de no ser.

La pretendida simbiosis del culto al régimen y la lucha de clases forman parte del plan de subyugación de los venezolanos. Al que usufructa el poder, la visión liberal del manejo de la economía le molesta. No soporta que la vía capitalista sea de éxito y que el modelo que propugna haya resultado un verdadero desastre. Se siente dolido cada vez que los hechos reales demuestran su incompetencia como gobernante y por ello necesita reforzar considerablemente su autoridad, para lo cual su propia deificación resulta imprescindible. Por eso trata de mimetizar su figura con la del Estado: si él es amenazado, la patria también lo está. Si deja de gobernar, el país sería ingobernable. Solo oye lo que quiere oír.

Afortunadamente, el pueblo cada vez atiende menos el llamado vocinglero de este egolatrismo demencial y está persuadido que a la larga impondrá y defenderá la vigencia de una mejor opción para su futuro y el de los suyos.