• Caracas (Venezuela)

Pedro Luis Echeverría

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La guerra oculta Contra Venezuela

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Hoy hablaremos de los inconformistas, los que cuestionan a la autoridad írrita, de los que cada día asisten atónitos al espectáculo del fanatismo y la creciente estupidez ideológica del gobierno. Vamos hablar del poder, pero no del poder nominal que dicen detentar los que nos gobiernan, sino del poder real, del que ejercen desde la sombra individuos e instituciones que muchas veces pasan inadvertidos pero con capacidad para variar drásticamente el curso de los acontecimientos e influir en la vida de millones de venezolanos.

El imperio mediático erigido por el gobierno, con dinero y amenazas, busca sustraernos una parte sustancial de la dura realidad en que vivimos. No obstante, siempre la verdad encuentra los caminos para expresarse; el tiempo del secretismo llega a su fin y serán muchas las sorpresas que continuarán apareciendo y que desenmascararán a un régimen que quiere aparentar lo que no es pero que conculca impunemente el orden constitucional. El país ha comprendido que un sano escepticismo y contrastar la información que nos ofrecen son actitudes sumamente recomendables en la vida cotidiana de estos tiempos. Aquí hay muy poco lugar para la fantasía y mucho espacio para el dato veraz e incontrovertible.

Desde hace 15 años, los usurpadores del poder han tratado de patrocinar y cimentar la mayor falsificación histórica de nuestra nación, al tiempo que han desatado una desmedida campaña de censura e intimidación destinada a silenciar y engañar a los ciudadanos. La ideologización de la educación, el acoso a las universidades, el control del funcionariado gubernamental, el abusivo uso de los medios de comunicación del país, la criminalización de la disidencia, la conspiración contra la libertad, la anulación de la capacidad de crítica y el escarnio a los derechos humanos son, entre otros, algunos de los hechos que han caracterizado las sofisticadas técnicas de “lavado de cerebros” utilizadas por el gobierno para convertir e imponer el chavismo como religión de Estado; un supuesto anteproyecto para la completa dominación de la sociedad venezolana. Un programa de múltiples tentáculos dedicados a destruir los valores, principios y creencias del hombre común e infiltrarse y dominar las instituciones políticas, sociales y económicas. Resulta asombroso comprobar cómo la institucionalidad del país se ha ido adaptando como un guante a los puntos de vista contenidos en el discurso gubernamental; una suerte de psicodrama repleto de símbolos y significantes que solo tienen sentido para los líderes del régimen y que engañan y confunden a las masas de sus seguidores. Pero, detrás de todo esto, en la sombra, y al amparo de la complicidad, servilismo y cobardía del gobierno, han proliferado  organizaciones mafiosas que han venido saqueando el país con total impunidad, movidos por la codicia y el dinero fácil y sembrando, a su alrededor, la devastación económica, el envilecimiento y la mediocridad de hombres e instituciones. Individuos sin capacidades ni cualidades, sin inteligencia ni fortaleza de espíritu, han escalado las más altas posiciones y disfrutado del poder y, en su sordidez maliciosa, han urdido y erigido la más grande corruptela de nuestra historia reciente. Situación esta que debemos combatir y denunciar constantemente para evitar constituirnos en secuaces pasivos y cándidos de sus flagrantes latrocinios.

La conflictividad social sin precedentes que vive el país está marcada por el profundo resentimiento que alberga una gran parte de la población hacia la aristocracia gubernamental. Las desigualdades sociales se profundizan y el escandaloso tren de vida de la “nomenklatura” contrasta con la descarnada miseria en que viven los que menos tienen.

La conciencia y tenacidad de las mujeres, la juventud, los intelectuales, la academia, los obreros, los campesinos y, en general, de la población disidente, han sido los factores que han impedido la entronización definitiva del ideario chavista y paulatinamente lo han alejado de la consecución de su principal objetivo político.

Entre tanto, continúa la lucha para ganar la guerra que contra Venezuela libran, tanto solapada como abiertamente, las mafias “enchufadas” en el gobierno y evitar que el país termine de derrumbarse, y lo hacemos con la certidumbre de que todos los esfuerzos que se realizan en tal sentido conducirán a garantizar una vida digna y enaltecedora para todos.