• Caracas (Venezuela)

Pedro Luis Echeverría

Al instante

Agárrense, vamos en caída libre

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Me siento a escribir y la verdad es que no sé por dónde empezar. Tenemos un país tan venido a menos, tan destruido, tan lleno de dificultades, que nos cuesta seleccionar el tema que queremos tratar. Son tantos y acuciosos los problemas que confrontamos y son tan erróneas, contradictorias y equivocadas las políticas públicas que aplica el gobierno que uno se pregunta: ¿Cómo ha ocurrido tan grande descalabro en la conducción del país? ¿Por qué no le ha sido posible al régimen entender que el desenvolvimiento de la economía necesita un equilibrio entre los roles que desempeñan el mercado y los gobiernos, y que además requiere de la participación y la cooperación de las entidades privadas y las no gubernamentales? La no comprensión de la segunda de las interrogantes, en buena medida da respuesta a la primera pregunta planteada; el gobierno ceñido por el chaleco de fuerza de un discurso ideológico absurdo, obsoleto, desfasado, lleno de falsedades y errores conceptuales le ha impuesto al país una perspectiva desequilibrada que ha conducido a la terrible crisis que hoy vivimos en Venezuela.

Cuando tratamos de encontrar una explicación se suscitan nuevas preguntas de un nivel más profundo. Las equivocadas decisiones gubernamentales han generado una sociedad más dividida y una economía más vulnerable y peor preparada para enfrentar los retos que nos imponen la complejidad de la vida moderna y la indetenible globalización; han exacerbado la profundidad y la duración de la crisis y trajeron consigo un colosal endeudamiento. Han sido un fracaso descomunal que estamos pagando todos los venezolanos por la improvisación y falta de visión de los que asaltaron y detentan el poder.

La crisis actual ha develado los graves problemas teóricos, de operatividad y funcionamiento del mal llamado “socialismo del siglo XXI”. No solo se trata de las flagrantes omisiones y falta de preparación de algunos individuos, ni de la errónea puesta en práctica de determinadas acciones económicas; se trata de que el modelo ha auspiciado una sociedad que –salvo las excepciones producto de la rampante corrupción– se ha empobrecido aceleradamente, que languidece tristemente y evidencia una desigualdad social en aumento, que ha visto perder su capacidad de ahorro por los devastadores efectos de la inflación y las regulaciones a las tasas de interés, que es testigo de la creación de sistemas educativos mediocres, de la destrucción del sistema público de servicios, de las graves limitaciones y omisiones para un adecuado servicio de salud y de suministro y producción  de energía y la virtual desaparición de la industria manufacturera.

Este modelo de gobierno que ha fracasado tan estrepitosamente no se dio por sí solo. Fue creado perversamente. De hecho, se gastaron ingentes cantidades de dinero para establecerlo y se emplearon una gran variedad de artimañas para sustentarlo y para asegurarse que adoptara la forma que ahora tiene. Los que desempeñaron el papel para crearlo y posteriormente gestionarlo son los responsables del infierno que vivimos y sobre ellos debe recaer todo el peso del testimonio de la historia. No se puede salir incólume del juicio histórico después de haber causado tanto daño, dolor y desolación. Se robaron el presente, nos enajenaron el futuro y destruyeron lo más preciado para una sociedad: las esperanzas.