• Caracas (Venezuela)

Pedro Llorens

Al instante

Ridiculeces

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Uno la imagina en televisión con su pollinita tapa-arrugas y su mirada miope, casi de albina, con ojitos (apenas se ven) no se sabe si color ochichornia a lo Putin o color de melcocha como le gustaban a Pedro Infante… y una boca tan fina que un beso podría perderse en la oscuridad como al parecer temía la bolerista Consuelo Velásquez.

La tenemos en Últimas Noticias, junto a un artículo de Julio Escalona (¡guillo!), intentando competir en cursilería con José Antonio Pérez Díaz y Carlos Canache Mata, en una disertación sobre el venezolano, “máxima expresión de solidaridad, igualdad y amor por nuestros semejantes”, tema ya trillado en tiempos de bonanza (en los de Pérez I, el bienestar llegó al cénit, aunque le pese a la dama de los ojos acostados)… que llegó a convertir a los venezolanos en los seres más antipáticos del planeta: tocaban, cantaban, Alma Llanera, el Pájaro Guarandol, la Cabra Mocha, El Gavilán, Casta Paloma, canciones pre y pos torrealberos (no había salido Caballo Viejo) y el Himno Nacional…

En todas partes y en especial en los aeropuertos y restaurantes, se llegó incluso a negarnos alojamiento o servicio… “¡Señor venezolano yo le voy a dar un cuarto, pero júrenme que usted ni alguno de sus amigos va a venir a darme serenatas con su guitarrita!”, me advirtió la conserje de una posada en Madrid.          

Por supuesto que la cosa se complicaba (el dame dos que se escuchaba en de Miami se convertía en ponme cuatro en México) y el nombre de Bolívar, libertador de cinco naciones, aparecía por todos lados, embadurnado de petróleo y dólares… me parece haber escuchado al dueño de un negocio de comida ordenar a la camarera: “¡Pon un trago gratis a los amigos y luego (en voz baja) duplícales la cuenta!

Pero al menos, éramos folclóricos y hasta pintorescos, nada que ver con los palurdos de esta patria de ahora cuyo ADN no tiene nada que ver con el de Bolívar, más bien hijos de Diosdado (uno de los extranjeros con más menciones en el diario madrileño ABC), siempre relacionadas con supuestas malas praxis, entre las que solo les falta mencionar la falta de urbanidad y decir, como el refrán, que “le queda grande comer con cubierto”.

Imposible terminar sin volver a la señora que nos sigue viendo (fiscalizando) como ciudadanos de “una patria plena de libertad, independencia, justicia y paz” y nos pide ser “orgullosos de este hogar que se llama Venezuela”… donde la justicia además de ciega es sorda, fría, dura, impasible y, para colmo tan cursi y ridícula como Luisa Ortega Díaz.    

pllorens@el-nacional.com