• Caracas (Venezuela)

Pedro Conde Regardiz

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El terror estatal

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Escribí hace ya un tiempo acerca del Estado delincuente, que parece ahora el tema de un libro, es cosa sabida, como lo es el terror estatal, y tal vez olvidada de puro saberse, que los profetas no son augures sibilinos de lo venidero sino críticos históricos del presente: sus más veraces testigos temporales: sus mártires. Y que su testimonio crítico es visionario, sobrenatural y palabrero, esto es, creador, poético.

No hay profecía sin poesía que la evidencie por las palabras que la crean. Evoquemos los profetas bíblicos y los trágicos griegos. Unos y otros nos parecen retóricos del terror: y sus apologistas y propagandistas mejores, Isaías como esquilo, apocalípticos reveladores de la verdad: de una verdad tan inhumana que decimos demoníaca o divina. Y por serlo, nos aterroriza pánicamente, totalmente. Por eso el pensador, el filósofo, como hizo Aristóteles, trata de racionalizar la irracionalidad aterrorizadora de la tragedia dándole su famoso sentido catártico o purificador; su sacralización significativa, y la acompaña de la compasión, de la piedad. El judaísmo no lo comprendió así antes de Cristo; del Cristo histórico al que solo aceptó como profeta; como todos los que no creen en él.

También el cristianismo nos ha dado el Apocalipsis o revelación profética de san Juan, una visión trágica impía, sin piedad, reveladora del más espantable terror. Su Apocalipsis milenario nos parece por esto, tal vez, su más extraordinaria apología. Pero ¿de qué terror? Pensamos que no del que ahora se llama terrorismo: el que acaso no es más que una máscara o careta carnavalesca, utilizada por los poderes estatales policíacos para esquivar, equivocar, escamotear otros terrores. Empezando por provocarlos. Y no como exorcismo.

El gran pensador francés Georges Sorel reflexionó mucho sobre la violencia. Y no solamente en su libro de este título Reflexiones sobre la violencia (que no es el mejor suyo) sino en otros suyos mejores. Y sus reflexiones coinciden en un tiempo con las de sus dos grandes amigos contemporáneos, el filósofo Bergson y el poeta Peguy. Sus reflexiones metafísicas, políticas y a veces proféticas  pudieron calificarse entonces de románticas por su, entre otras cosas, identificación de la violencia con la vida. Al modo del verso estupendo de Rubén Darío parece decirnos: ¿Quién no es romántico? ¿Quién no es violento? Pero el gran pensador francés dialectizó su mito en la oposición contradictoria de la violencia con la fuerza: sin identificarla en una unidad superior (al modo hegeliano-marxista) que en este caso hubiera sido mítico a su vez. Como el terror satánico en el verso de Victor Hugo: La multiplicidad del mal unida por la sombra. O la cruel monarquía de las tinieblas, como dijo otro poeta.

Una cosa es terror y otra, terrorismo. Como otra cosa es violencia. Puede haber terror sin violencia o violencia sin terror. Y terror sin terrorismo y también este sin aquel. Cabría definir el terrorismo de Estado, los terrorismos de Estado que hoy padecemos, más bien por lo que sufrimos: como inflación violenta, la obligación de las colas, el terror del sistema cambiario, la escasez de medicinas, el deterioro generalizado de toda la estructura de servicios, equipos, carencia de insumos, hegemonía mediática para desinformar, que todo ha llevado al empobrecimiento más corrosivo del nivel de vida de los venezolanos; virus de la corrupción que infecta la administración pública, manipulación de expedientes, pago de tránsfugas para desprestigiar personalidades, empleo masivo de delincuentes en cuerpos policiales, adopción de la mentira como política gubernamental, división de la familia al auspiciar negativamente la emigración de numerosos venezolanos, anunciar eliminación del seguro HCM para 2.500.000 funcionarios públicos, y muchísimos más hechos y conductas terroristas (la abulia, egoísmo) gubernamentales, estatales, originadas en parte por la ausencia de la indispensable grandeza espiritual y calidad humana para dirigir la sociedad.

Entre terror y terrorismo nos parece que hay una profunda diferencia de raíz: una diferencia de naturaleza y no de grado. Una diferencia abismal. El terrorismo no es una degeneración política o policíaca. Lo que hoy se llama así nace del Estado y se hace “razón de Estado”. El terror nace naturalmente de la irracionalidad de la vida. El terror es mítico, milenario, pánico. Hemos pensado muchas veces sobre las fuentes del terror (como Bergson diría), según venga de abajo o de arriba: infernal o celeste, demoníaco o divino.

Lo que ahora nos espanta, horroriza y aterra en Venezuela, quizá en toda América Latina, como en la terrorífica farsa de Ionesco, es ver crecer un “cadáver viviente” que lo ocupa todo en el gobierno con su presencia fantasmal de “muerto en pie”; y en pie de guerra inacabable como la de su cruzada que terminó en horrenda corrupción y exterminio del cuerpo social. Nos aterroriza ver crecer el cadáver, verlo cantar, decir que ganará, que vive, un cadáver que va a cumplir cuatro años, prolongando, indefinidamente, al parecer, aquella su aterrorizante agonía. Prolongándola autoritariamente en medio de la podredumbre orgánica y sellarla con la sentencia bíblica: “Al polvo volverás”. Tanto que aún nos atormenta el pensar que aquí el que manda es un muerto que obedecen, sobre todo, para saquear al país. Y ahí está la raíz, entre otras causas económicas, sociales y políticas, de la gran derrota del oficialismo chavista en las recientes elecciones parlamentarias. Tenían y tienen “alas de cera” que les impiden volar autónomamente, como decía Unamuno, al par que se les derritieron por la ambición desmedida, como en el mito griego.