• Caracas (Venezuela)

Pedro Conde Regardiz

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El crepúsculo de Maduro

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Venezuela es una síntesis de la Tierra, de sus montañas, ríos, llanuras, lagos, costas, situada justo frente al Mar Caribe, bendecida por la naturaleza al proveerla de innumerables riquezas que este Gobierno irresponsable pretende liquidar al mejor postor para financiar el ansia, la codicia de una claque que se apoderó de los mecanismos del Estado en beneficio de sus propios intereses y para destruir al país, que tuvo su primera constitución en 1811, fue, como diría Kant, un “pacto originario”, esto es, el de la efímera república primera; vino después la constitución de 1830 que establece la república autónoma, texto que tendrá mucha influencia en nuestra tradición constitucional, también es un texto fundador, revelador del convenio para comenzar a construir la futura república y el Estado venezolano de un pueblo gregario. Conviene preguntarse si esas constituciones correspondían con aquella naturaleza gregaria o eran más bien principios para reglamentar presuntos ángeles habitantes de la “ciudad de Dios”, como decía San Agustín. Esta pregunta es válida todavía a juzgar por los comportamientos de los que pretenden dirigir los asuntos públicos.

Ciertamente, la naturaleza y los eventos transcurridos antes y después de la independencia afectaron la visión de la sociedad y del futuro Estado. En ese momento, su concepción fue coloreada por lo que el venezolano pensaba que era su rol y lugar en esta “tierra de gracia”, lo que él pensaba acerca de su relación con Dios y la naturaleza que lo rodeaba. ¿Pensaba acaso que el Estado se organizaba para servir al venezolano? ¿O creía que él sería una criatura sometida al Estado? Incluso, como en la obra Antígona de Sófocles, ¿Está el venezolano desgarrado por el pugilato de si servirle a Dios o al Estado? Si admitimos algo superior a nosotros, reconocemos de hecho nuestra inferioridad respecto a Dios o al Estado. Es más, sin el aura de una divinidad, el Estado representa, según muchos filósofos, en comparación con el hombre individual la más grande cosa viviente sobre la Tierra.

Para Platón, el Estado es la contrapartida del alma humana, muchas veces magnificada. Para Aristóteles, es como un todo orgánico al cual lo individual pertenece, tal como su propia pierna o  brazo son de su cuerpo, como una parte orgánica. Para Hobbes, es el “cuerpo político”, aquel Leviatán que achica sus miembros. Para Rousseau, es la “persona corporativa” que representa la “voluntad general”, infalible, o casi infalible, más perfecta que la voluntad individual. Cuando a estas nociones del Estado se le añade la más alta transfiguración, aquella mediante la cual el Estado deviene, según Hegel, la imagen de Dios en la Tierra o la encarnación del Espíritu Absoluto, entonces, es imposible magnificar más allá la grandeza del Estado. En todos estos convenios, pactos, funcionó la aprobación por consenso o mayoría.

Después de aquel unánime “convenio fundacional” de 1830, que duró hasta 1857, Venezuela entró en el remolino social de las guerra civiles; en eso estuvo un siglo; ya para 1930 la población había disminuido en 3 millones de habitantes, plagada de enfermedades, epidemias, el paludismo hacía estragos, empobrecida; comenzaba la explotación petrolera que iba a proporcionar cuantiosos ingresos fiscales que enriquecieron la cúpula gobernante, máxime después del 50%-50%, con la revolución de octubre de 1945, es decir,  el reparto de utilidades entre el Fisco nacional y las transnacionales petroleras; el petróleo moldearía la cultura y vida políticas de los venezolanos. Cundió una cierta pereza mental colectiva.

Por ello, me atrevo a pensar que el tercer “convenio fundacional” fue el de la constitución de 1961, por unanimidad, dado el abortado proyecto de 1947, convenio que prevaleció 40 años, hasta 1999, y durante el cual los venezolanos, con la égida de Rómulo Betancourt, adquirieron una cultura política democrática al par que se ejecutaron hasta 1969 políticas públicas útiles para lograr estabilidad política y económica; después, comenzó el desbarajuste, la corrupción, hubo algunos políticas positivas como la nacionalización del petróleo y el hierro, las grandes inversiones en proyectos hidroeléctricos, mineros, obtención de acero, aluminio; pero, desde 1979 hasta 1998, veinte años, se registró una espantosa disminución de los ingresos reales al estancarse y descender el flujo de bienes y servicios producidos, hicieron añicos al bolívar a fuerza de devaluaciones, arrojando más pobreza y todo tipo de calamidades sociales, siendo el fundamento del populismo de Chávez en 1998, tal como los de Hitler y Mussolini 65 años antes.

De tal manera que ya van 37 años de crisis económico-social que Maduro afianzó desde 2013, a pesar de los consejos, incluyendo los de este venezolano, para que ejecutase políticas idóneas tendientes al desarrollo y a la reducción de las penosas desigualdades; heredó una situación ya complicada, Chávez lo escogió en mala hora. Una amplísima mayoría venció en las elecciones del pasado 6 de diciembre, deseosa de refundar la república, reorganizarla, con un nuevo convenio, aunque Maduro y sus acólitos pretenden aferrarse, desconociendo esa mayoría, a un Estado colapsado, al no cumplir las funciones establecidas en el convenio fundacional, para seguir saqueando y arruinando el país, continuar despojándolo de soberanía al someterlo a las decisiones de naciones extranjeras. Ignorar la mayoría muestra el talante antidemocrático de Maduro, desconocimiento del juego democrático y revela los destellos crepusculares de su desgobierno.

psconderegardiz@gmail.com

@psconderegardiz