• Caracas (Venezuela)

Pedro Conde Regardiz

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El capitalismo y la grandeza del hombre

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En Atenas, decía Tucídides, no siempre se oía la voz de la razón, aunque también dijo que Pericles supo muy bien discernir y defender el bien común, pero que sus sucesores no continuaron su acción de manera satisfactoria “porque siendo iguales entre ellos buscaron alabar al pueblo”, se transformaron en “jefes del pueblo”, esto es, en demagogos, para conquistar sus votos preconizando medidas que favorecían su posición personal y no lo que era bueno para el pueblo y la ciudad, postulando, además, Tucídides, mediante  un análisis muy profundo, a modo de advertencia general,  las cualidades necesarias que deben tener los “jefes de la democracia”. Se sabe que Eurípides, a la misma época, definió y condenó este mismo mal, pues la noción de demagogia había sustituido al de sana democracia.

Tucídides afirmó claramente, y lo da a entender a cada momento en su Historia de la Guerra del Peloponeso, que hay en el hombre dos partes diferentes: una, que busca el bien, utiliza la inteligencia, la razón, que descarta los intereses individuales y privilegia en todo el bien común, pero hay otra negativa, un fondo de pasiones, que es también natural en el hombre si no llega a superarla. En nuestra experiencia hemos podido observar cómo en los asuntos públicos, políticos, generalmente prevalece la mezquindad humana.

El capítulo III lo consagra completamente a la descripción de los problemas, dificultades, causadas por las guerras civiles, la violencia, la intolerancia, intemperancia, los abusos a los cuales se dedican los gobernantes, incluso los pueblos, donde predomina esa parte perversa. Tucídides anuncia con una bella expresión que estos males persistirán “mientras nuestra naturaleza humana sea la misma”.

Ahora bien, “la naturaleza humana” es la que recibe el hombre al nacer, con todo su orden orgánico, pero también desórdenes, con pasiones, su egoísmo, egocentrismo, pero lo que señala Tucídides, dicho además por Pericles y otros sabios, es que hay que oponerse a esta malvada parte de la naturaleza humana al través de un impulso interior animado por la razón y el deseo de conquistar el bien común, el bien de la ciudad (Atenas), de la nación en nuestros días.

La grandeza del hombre está, entonces, en elevarse por encima de esa parte depravada de la naturaleza humana, de superar, someter, librarse, de lo pernicioso. Esta es la empresa más maravillosa del hombre, tan característica del siglo V, antes de Jesucristo, y que inspira todavía, muchos siglos después (más de 2.500 años), respeto y admiración, mostrando que era posible, siempre y cuando a cada momento se domine esa mala naturaleza en los jefes políticos y en los pueblos, situarse más arriba de ella. La grandeza del hombre es deslumbrante, bien que corresponde a cada uno de nosotros, máxime a los dirigentes, empresarios, el crearla, hacerla posible, afirmarla y tomarla para sí. Y los que allí triunfen tienen derecho al respeto y reconocimiento del pueblo.

Hay momentos en la historia de los pueblos cuando los hombres celebran conquistas, las victorias logradas sobre los otros elementos de su universo, exponen su orgullo por este rol que han adquirido entre las otras especies que pueblan nuestro planeta, tienen tendencia a representar la evolución que viene, desde los orígenes hasta el momento actual de ellos, como una curva ascendente, algo así como una subida sin muchas irregularidades tendente al progreso, idea que imbuye casi todos los textos de la literatura griega, tanto trágicos como filosóficos, en el sentido de evolución positiva  y de progreso, el cual lo debían los hombres algunas veces a la ayuda de alguna divinidad, otras, a su sola ingeniosidad, a la razón.

Y esto es ya un aspecto revelador de este sentimiento de la grandeza del hombre. Más revelador todavía fue el hecho que Tucídides, historiador de la Guerra del Peloponeso, finalizada con la derrota de Atenas, muestra como primera preocupación el ilustrar esta convicción.

La evolución de los sistemas económicos en el transcurso de la civilización ha llegado hasta el modo de producción capitalista, único capaz de generar riqueza y los bienes y servicios indispensables para satisfacer las necesidades humanas en la cantidad y precios asequibles a las grandes mayorías, pero, en el proceso productivo capitalista surgen prácticas reñidas con la consecución del bien común, se apoderan del productor y comerciante capitalistas las bajas pasiones, el egoísmo, la avaricia, el deseo de engañar al desvalido consumidor, al débil, desposeído de medios de producción.

Esto es, se muestra algo así como una araña oscura en el alma humana, la perversidad, en forma de especulación, baja calidad de productos y servicios, solo se busca el interés personal en la acumulación rápida de riquezas al precio que sea para darle rienda suelta al egocentrismo; por ello, más que reformar el capitalismo, el modo de producción, lo indispensable y  perentorio es que el empresario, capitalista, emprendedor, pueda obedecer su conciencia, la razón, y vencer, dominar esa tendencia hacia lo peor de naturaleza humana. No se trata en sí del sistema capitalista, es más bien la actuación mediocre e inhumana en el marco del desarrollo capitalista que genera lo aborrecible como subproducto del funcionamiento de la organización económica. Desarrollar la capacidad para el desinterés por el  exceso de ganancias. Que la autonomía de la subjetividad, la “autopresencia” de la conciencia, de la razón, por encima de todo atisbo de egoísmo y de bajas pasiones en contra del interés general.

Alguien podría argumentar que el susodicho capitalismo crea las condiciones, la tentación, para aprovechar su posición de fuerza frente al consumidor y arruinarlo mediante, entre otras medidas, una política de precios inmisericorde, lo cual redunda en beneficio de nuestra argumentación, es decir, que siendo el único sistema exitoso hasta ahora conviene comunicarle esa cara social para hacerlo una parte cabal del funcionamiento social, mejor dicho, que quienes actúan y determinan las políticas empresariales puedan vencer esa parte malévola que tal vez aflora aún más, con ímpetu, en el transcurso de la organización capitalista, la cual debería enmarcarse en una normativa reguladora, sin que desaliente la inversión, que ayude o conmine al empresario a cumplir el rol que espera la sociedad. No se deberían permitir actuaciones criminales en actividades ungidas por la libertad económica.

psconderegardiz@gmail.com

@psconderegardiz