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Pedro Conde Regardiz

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Pedro Conde Regardiz

Violencia y moral laica (y II)

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La discusión anterior acerca de la moral laica dejó en la sombra dos cuestiones básicas. Primero: ¿en qué, específicamente, esta moral es laica? Además de su neutralidad, podría decirse que se fundamenta sobre todo en la razón y no en la tradición, lo cual implica que se apoya en una justificación en vez de un dogma. He ahí por qué, en materia de método, no se deberían aprender máximas, prefiriendo el estudio de casos concretos y luego la enseñanza de la argumentación, de acciones ciudadanas, sometiendo todo a evaluación en condiciones que determinarán las autoridades educativas.

Según el punto de vista filosófico, se trata de una imposibilidad intelectual que difícilmente acarrearía un proyecto consensual. Por ejemplo: ¿cómo ser neutro, esto es, pretender no imponer ninguna concepción particular del bien ni del mal y afirmar que la igualdad es un principio insoslayable? ¿Cómo justificar que la autonomía sea una virtud superior a la fidelidad? ¿Cómo no percatarse de que el altruismo puede conducir a un patriotismo, patrioterismo ciego? ¿Cómo demostrar que la sola razón sea suficiente para justificar la monogamia? En síntesis, toda moral que se preocupe por el bien, y no solamente de lo justo, podría inclinarse hacia cierta arbitrariedad.

Segundo: ¿qué se buscaría, cuáles son las intenciones profundas de un proyecto moralista? Habría que evitar atribuir a las insuficiencias culturales, máxime cultura política, de los más pobres, la responsabilidad de los males que la sociedad, más bien el sistema político, es incapaz de resolver: corrupción, narcotráfico, inflación, desempleo, delincuencia, en fin, superar el subdesarrollo mediante un conjunto de políticas públicas idóneas. Quizá, el epíteto “laica” amerita un examen más sutil. ¿Acaso significa que existe además una pluralidad de morales? Y que es una manera de desenterrar “el hacha de la guerra” entre las diferentes doctrinas religiosas, incluso en sociedades, comunidades, donde impera el multiculturalismo.

En realidad, se trata de enumerar, como lo han hecho en filosofía desde Platón, las cualidades, virtudes que caracterizan a un hombre bueno, así como la vida buena y la sociedad ejemplar.

La antigua enumeración de virtudes particulares coloca a “templanza”, tanto Platón como Aristóteles, relacionándola fundamentalmente con apetitos y placeres corporales. Para ellos, también eran muy importantes “coraje” y “justicia”. Pero, hay una cuarta, generalmente unida a las anteriores: “prudencia” o, como dicen los anglosajones, “practical wisdom”.

La discusión acerca de la virtud se originó en el diálogo platónico Menón, cuando este pregunta: ¿Podrías tú decirme, Sócrates, si la virtud se adquiere mediante la enseñanza o mediante el ejercicio, o bien si no es consecuencia ni de la enseñanza ni del ejercicio, antes bien es la naturaleza la que se la da al hombre, o incluso si proviene de alguna otra causa? Contestar esta pregunta, para Sócrates, requiere saber qué es virtud, cómo se relaciona con el conocimiento, si es una o son varias, y, en este último caso, cómo se relacionan unas con otras. Todo lo cual se responde en el curso del diálogo. Si la virtud es idéntica a conocimiento, ella puede enseñarse como se hace con la geometría. Si es un hábito, puede adquirirse mediante la práctica. Pero ninguna de las dos vías en sí es adecuada para generar seres humanos virtuosos, razón por la cual las más de las veces padres virtuosos fracasan en lograr hijos virtuosos.

Quizá, lo que sí se puede enseñar teóricamente y con el ejemplo, y aprender por experiencia, es una de las cuatro virtudes cardinales: “templanza”, término derivado del griego “sophrosyne” que reúne un conjunto de virtudes, todas las cuales tienden a encontrar los límites que hacen de las cosas realidades deseables y bellas. Lo que se opone a la “sophrosyne” es la falta de límite y moderación, el exceso, lo cual, en parte, es la causa de violencia.