• Caracas (Venezuela)

Pedro Conde Regardiz

Al instante

Shakespeare y los venezolanos

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Conmemora la cultura occidental el próximo mayo de 2016, el cuatricentenario de la desaparición de William Shakespeare, el más grande poeta y dramaturgo, según autoridades literarias, en la historia de dieabendlandes ( “las tierras de la tarde”, como dicen los alemanes, siempre me ha parecido muy romántica y de mucho significado esta palabra); ¿por qué permanece como el genio inigualable de su tiempo y del nuestro? Algunos piensan que fue a causa de su locura percibida al través de personajes cómicos o trágicos, lo cual motiva el estudio de las diferentes facetas de esta locura, a veces imaginaria, otras real.

Conviene preguntarse si se ha realizado alguna investigación en torno a cómo vino Shakespeare a Venezuela, quién lo trajo por primera vez, qué obra se montó por primera vez y cuándo, cómo fue la reacción de los espectadores, quienes fueron los primeros dramaturgos venezolanos admiradores del genio inglés y qué compañías, grupos, teatrales se entusiasmaron con él, qué obras se han escenificado aquí, acaso se vio a Shakespeare como una necesidad, autor que en Francia está en cartelera tanto como Molière y más que Racine.

El humo espiritoso de su arte, donde una realidad supranatural baña con una atmósfera toda impregnada de matices, se evapora cruelmente al contacto claro de nuestra lengua, tal vez intransigente, y cuyas exigencias gramaticales y sintácticas son deliberadamente estrictas.

Shakespeare, quien es todo arte y cuyo pensamiento aparece más por su poesía que por su razón, se ve a menudo con las alas lamentablemente cortadas por nuestra inflexible lógica gramatical. Más ritmos, más música, más puntos oscuros hasta ahora inexplorados y celosamente protegidos por los admiradores del poeta, aunque son menos impactantes aquellas sabias dosis que van de la prosa más popular al lirismo más diamanté.

Es en este grave inconveniente donde se detienen ciertos admiradores exclusivos, puesto que una vez despojado Shakespeare de su forma poética aparece como representante de una época bárbara repleta de fantasmas, asesinos, celestinas, putas y conspiradores es su identidad. Bien que muestra Shakespeare disposición en todo  a la renovación de la vida, por lo cual podría ser nuestro mejor “donante de sangre”, nos resiembra cuando tenemos necesidad, como ahora.

La vida espiritual venezolana se parece mucho a una disputa frontal, a una discusión amarga, las más de las veces, existencial, nada fraternal, a causa del odio y división sembrado por el chavismo en su fatídica gestión pública; todos y cada uno de los venezolanos piensan en cómo “salir de esto”, “esto tiene que terminar”,  “será cuando todos se queden en su casa”, etc., así es la angustia, mientras tiene lugar el pillaje inmisericorde, remate de riquezas nacionales y aferro enfermizo al poder, pero, además, debido, por un lado,  a la incertidumbre que acarrea el presentir que los otros vendrán también a llenar sus alforjas con las arcas nacionales y, por el otro, porque apenas asoma una tercera alternativa deslastrada de la ambición dolosa, una que grite: Thrift, thrift, Horatio! (Economía, economía, Horacio!, Hamlet, acto I, escena II).

Venezuela luce agotada por 47 años de pésimas políticas públicas, mayormente las chavistas, tiene la sangre contaminada, una llegada otra vez de Shakespeare podría recibirse ávidamente, podría comenzar un nuevo romanticismo, otra esperanza, a causa de su genio lleno de fuerza y fecundidad, de lo natural y sublime, muchísimos se volcarían a ver sus principales obras con la misma pasión que brota para buscar productos de primera necesidad. Estimularía el renacer, que es lo más ansiado.

Podría dar fuerzas, para animarnos y resistir la andanada de mentiras oficiales argumentadas por truhanescos y leguleius (leguleyos), leer esta significativa máxima: “la virtud misma no puede librarse de los golpes de la calumnia. Muchas veces el insecto roe las flores hijas del verano, aun antes que su botón se rompa; y al tiempo que la aurora matutina de la juventud esparce su blando rocío, los vientos mortíferos son más frecuentes” (Hamlet, acto I, escena VII).

psconderegardiz@gmail.com

@psconderegardiz