• Caracas (Venezuela)

Pedro Conde Regardiz

Al instante

¿Libertad, esclavitud o muerte?

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Dilema engañoso, dirían algunos, la verdadera libertad no se logra plenamente sino con la muerte. ¿De dónde viene entonces el mito libertad portador de tantas esperanzas que originaron tantas masacres? Se puede reseñar el nacimiento y emergencia de su definición primitivamente negativa (ser libre, es no ser esclavo) hasta la acepción metafísica (la libertad de conciencia y de ser), pasando por su ambiguo avatar político (la libertad cívica).

El 15 de marzo de 44, antes de Cristo, Bruto, Cassius y sus amigos, conjurados para abatir a César, lo asesinaron brutalmente, en Campo de Marte, a aquel que había extendido el imperio de Roma hasta los límites del mundo, desde los bordes del océano occidental hasta las riberas del Oriente. Lo hicieron porque, decían ellos, querían devolverle a Roma la libertad.

No recordaban, tal vez, que cinco años antes, al comienzo de enero de 49, este mismo César había ampliado los límites de su provincia, que comprendía Las Galias, atravesado, al frente de su ejército, el célebre Rubicón, y se declaró en insurrección, porque reclamaba, él también, la libertad. Un asesinato, una guerra civil, un saldo bastante cuestionable.

Que la palabra “libertad” sea una de las más oscuras, nadie lo duda. Eso no sería un inconveniente si no fuera, al mismo tiempo, una de las más conmovedoras y peligrosas que se conozca. La libertad, que uno concibe comúnmente como fuente de espontaneidad y de vida, como la manifestación misma de la vida, se revela, con la experiencia, como inseparable de la muerte.

Ninguna forma de vida, en efecto, es espontáneamente pura. Muy temprano se nos impone el sentimiento de los límites que, de todas partes, nos encierra: límites de nuestro cuerpo, los venidos de las cosas, que resisten y con las cuales hay que luchar, límites que resultan de la presencia de otros, en todas las etapas de nuestra existencia. Pero si, por el pensamiento, suprimimos todos estos obstáculos, es evidente que eliminamos el par las razones que tenemos para actuar y de afirmar nuestra libertad, que toda vida es una lucha, donde el obstáculo es lo que nos permite existir, nos hace tomar consciencia de nuestra voluntad. No hay libertad absoluta sino en la soledad absoluta y, finalmente, en la muerte.

Decía Guizot, en su Histoire de la civilization en Europe, que el mundo antiguo había ignorado el sentimiento de libertad “à l’étatpur”, que para él significaba “el placer de sentirse hombre, el sentimiento de la personalidad, de la espontaneidad humana en su libre desarrollo”. Un sentimiento, decía él, que no existía sino en los “bárbaros”, o, como los llamaba, sauvages (salvajes). Guizot expresaba estas opiniones en los tiempos del romanticismo, apoyándose en Rousseau, Chateaubriand y Tácito. Después se ha sabido, gracias a las investigaciones de etnólogos, que las sociedades de los pueblos sauvages son también las más esclavizadas: a creencias sofocantes, que los ahogan, a ritos, costumbres estrictas, a la tiranía de un jefe o de un grupo, tal como se observa en los actos salvajes de poblaciones islamistas radicales que azotan habitantes que no comparten sus creencias. Incluso si el hombre civilizado tiene la ilusión de que lleva una vida libre, se equivoca, puesto que es sometido a una serie de restricciones las más de las veces anuladoras de la personalidad y del libre desarrollo de su potencial humano.

Si se pudiera escribir la historia de la libertad, se concluiría que lograrla plenamente ha sido la consecuencia de acciones y luchas sanguinarias, como cuando Atenas se enfrentó a los persas en Maratón, y cuando afrontaba los tiranos que comienzan su ejercicio cuando constriñen las conciencias de diversas maneras, sobre todo, ahora mediante la sofocante y fatigante propaganda.

En América Latina y especialmente en nuestro país, conquistar la libertad ha sido el resultado de incansables luchas y martirios hoy casi todos olvidados, máxime, los que se opusieron a Juan Vicente Gómez y a Marcos Pérez Jiménez, quien, con sus secuaces salvajes, desconociendo elecciones, en 1952 y 1957, ejecutó un baño de sangre derramada por los paladines de la libertad, violaron mujeres, torturaron, organizaron campos de concentración en Guasina y otras partes, tal como reseñaron José Vicente Abreu, José Agustín Catalá, José Angel Ciliberto, Jorge Dáger y otros.

Lamentablemente, esa libertad conquistada, “a sangre y sudor”, en 1958, después de 10 años de dictadura implacable, se ha venido a menos, a causa de la pésima gestión gubernamental y corrupción que comenzó en 1969, durante el tercer período de la etapa democrática; se agravó posteriormente y arrojó, durante los últimos 25 años de la etapa democrática, un decrecimiento perturbador del ingreso per cápita de los venezolanos, sumiéndolos en la pobreza, en lo contrario de lo que proclamaron los que fallecieron por la libertad, fenómeno que tuvo diversas manifestaciones sociales y políticas, siendo el más importante la llegada, en 1998,  a la presidencia de la república, valiéndose de las ventajas democráticas, de Hugo Chávez.

Quien, poco a poco comenzó a ejecutar lo que llamó “socialismo del siglo XXI”, que en realidad se trata del modelo cubano empobrecedor y esclavizador del pueblo; allá, cuántos no han fallecido fusilados, en las cárceles, en el océano tratando de huir del “mar de la felicidad”; siguiendo este modelo, inexorablemente elimina paso a paso la libertad de expresión acosando los medios independientes, reprime inclementemente con su dosis de fallecidos, llena cárceles con presos políticos, manipula expedientes para apresar disidentes, destruye el aparato productivo, disminuye violentamente el nivel de vida, características del disfuncionamiento social que, en unas elecciones limpias y transparentes, no respaldarían la gestión gubernamental.

Pero, dadas las maniobras para burlar la voluntad del elector y los errores consuetudinarios de la MUD, se vislumbra que el gobierno “saldrá con las suyas”, lo cual profundizará la crisis y, quizá, se emprenderá una lucha por conquistar la libertas, como decían en Roma antigua, que impregnará el territorio de la sangre de otra generación de venezolanos. Ojalá que esta vez no sea en vano, no cometan los errores que dieron al traste con la mal llamada cuarta república. Buscar la libertas organizándose de otra manera, desechando los “caballos de Troya”, con nueva estrategia, es evadir la esclavitud y la muerte, evitar ser ciudadanos eunucos, como ha sucedido en todos los regímenes dictatoriales, tiránicos, desde la antigüedad.

No será fácil. Mi experiencia política me lleva a pensar que el amanecer con libertas está lejos, máxime cuando se agudizará la crisis el próximo 6 de diciembre por el comienzo de la auténtica dictadura al desconocer de diversas maneras, como ya se visualiza, el sentir general de los electores, mientras exista un flujo de ingresos petroleros que facilite la demagogia y paliar las consecuencias negativas de la crisis, y si continúa sin oferta viable de gobierno una presunta oposición que hace surgir la idea de estar motivada por su interés en el poder como medio de volver a saquear el erario público en lugar de la consecución del bien común. Es verdad, además, que a muchos partidos de MUD les molesta la libertad de expresión, ya presionaron en el pasado a los medios independientes. Hay fundamentos, antecedentes, que llevan a inferir estas presunciones. Ojalá me equivoque para bien del país.

psconderegardiz@gmail.com

@psconderegardiz