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Pedro Conde Regardiz

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Pedro Conde Regardiz

Geopolítica del pacto energético Rusia-China (y III)

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¿Acaso el maquiavelismo es otra manera de nombrar la realpolitike? ¿Por qué se utiliza a Maquiavelo para denominar una perversión del cálculo egoísta, tal como Sade para calificar ciertos comportamientos que no pertenecen al dominio civilizado de la cortesía? Se habla de “sadismo” como de “maquiavelismo”. El príncipe, obra principal de Maquiavelo tiene ya 500 años. Se está releyendo actualmente en Europa, sobre todo en Francia, Alemania, para tratar de descifrar la conducta del nuevo tsar del Kremlin, el que dicen ya billonario Vladimir Putin.

Lo que sucede en Ucrania, Rusia, Siria, Sudán, la República Centroafricana, las nuevas alianzas de Rusia, el “Estado Islámico de Irak y Siria” (IEIS), nos obliga a releer nuestros clásicos relacionados con la buena conducta política, concepto imposible donde el espíritu de buena voluntad busca aparearse con la satisfacción moral de la intervención, con la necesaria prudencia de quien sabe anticipar las consecuencias de la susodicha satisfacción moral. Fue por ello que se tumbó al corrupto y extravagante dictador Gadafi. ¿Y quién no disfruta cuando desaparece un dictador?

Putin ascendió al poder en el año 2000. Muy reservado, como corresponde a un antiguo miembro de la KBG, pocas veces ha dicho algo que revele el fondo de su pensamiento. Una vez dijo, tal vez en la euforia de ciertas celebraciones, que “el desmembramiento del imperio soviético había sido la peor catástrofe geopolítica del siglo XX”. En realidad, con esta frase lo dijo todo: la nostalgia del imperio es lo que lo anima. La ideología murió, el comunismo fracasó, queda el nacionalismo pan-ruso. Su alianza con el patriarca ortodoxo de Moscú se acompaña de un desprecio que profesa respecto a lo que considera como corrupción y decadencia de las sociedades occidentales, cuyos valores descarta, situándose así en la posición de Soljenitsyne.

El juicio moral que hace de Occidente y sus líderes, por los cuales tiene poca consideración, se une a la desconfianza paranoica que tiene de todas iniciativas occidentales. Por auscultar el sentir profundo del alma del pueblo ruso, considera la OTAN como una amenaza, el sistema antimisiles propuesto por Estados Unidos como una trampa, y está convencido de que todas las “revoluciones de color” la “naranja” en Ucrania, la “rosada” en Georgia, son obra de la CIA, y que el proselitismo occidental en materia de derechos humanos busca minar su poder y corromper la sociedad rusa, todavía inmune a los “venenos” occidentales.

Putin se consagra a la obra de restauración imperial. El “extranjero próximo”, según la noción rusa, debe quedar bajo control de Moscú. Se deben proteger las minorías rusas en países extranjeros. Comienza con Kazakhstan, Turkmenistán, Uzbekistán, Kyrgyzstán, Tajikistán y Azarbaijan, todos los cuales tiene una superficie de 4.089.251 km2; población de 74.559.815 habitantes; reservas petroleras, 38.246 millones de barriles. Para conseguirlo, Putin se apoya por doquier en los enemigos de Occidente: busca consolidar una relación con China, maneja el caso Irán, sostiene a Al-Assad en Siria, se acerca a Cuba, apoyó a Chávez, cuyas compras de armas tal vez estén vinculadas a la enorme fortuna acumulada por Putin  y personeros de ambas naciones. Le otorgó asilo a Snowden para avivar el nacionalismo ruso y la confrontación con Estados Unidos.

Usando con habilidad el arma de las exportaciones de petróleo y gas, ha sabido construir en Europa una red de intereses económicos energéticos que favorece sus ambiciones y se presta para todo tipo de chantajes.

Es en este contexto donde se inscribe el proyecto de “espacio económico eurasiático” que está llamado a estructurar este esfuerzo de restauración imperial, reagrupando antiguas repúblicas soviéticas. Ucrania, según Putin, es una pieza esencial. El entonces asesor en seguridad nacional del presidente Carter, Zbigniew Brzezinski, resume el dilema con la frase lapidaria: “Sin Ucrania no hay imperio”.

En Europa, las numerosas divergencias le hacen el juego a Rusia ante la ausencia de una visión política común. Más grave aún, la Unión Europea ha sido incapaz, desde hace años, de dotarse de una política energética común que le permita no presentarse anárquicamente ante el único proveedor de petróleo y de gas como lo es Rusia. La ausencia de esta política se hace sentir cruelmente porque Rusia proporciona un tercio del consumo energético europeo y dos tercios de los envíos transitan por Ucrania.
Esta dependencia fragiliza enormemente los países europeos más importadores, como Alemania, Italia y países del este. Todo ello explica evidentemente la pusilanimidad crónica que muestran las capitales europeas ante la perspectiva de confrontación con Moscú.
A causa de esta fragilidad energética europea respecto de Rusia, Estados Unidos ha decidido acelerar la explotación del gas de esquisto, construir puertos, barcos metaneros, para atravesar el Atlántico, proveer a Europa y disminuir la provisión y chantajes rusos.

Entre otras razones, como ya se dijo, por esta posible disminución de la demanda europea del gas ruso, Putin acaba de celebrar un acuerdo energético con China que tiene la virtud, por un lado, de aliviar las preocupaciones energéticas de esta, y, por el otro, provee un enorme mercado y nuevas inversiones ante la decisión europea y de Estados Unidos de suministrar más poder de negociación a Rusia por motivaciones energéticas.

Durante más de una década negociaron Moscú y Pekín, pero, después de la crisis ucraniana, Putin se vio forzado a buscar una alternativa a Europa, principal mercado energético de Moscú que provee 75% de las divisas rusas. Europa aprobó sanciones contra Rusia y busca reducir a como dé lugar su dependencia de la energía rusa. Firmaron el contrato: Gazprom, por Rusia, y China National Petroleum Corporation, por China. Tendrá una duración de 30 años y suministrará 38 billones de metros cúbicos de gas anualmente. Contempla la construcción de gasoductos (4.000 km) y otras infraestructuras que requieren inversiones masivas. China ofreció un préstamo de 50.000 millones de dólares si se le vende a un precio preferencial, esto es, 350 dólares por cada 1.000 metros cúbicos de gas. A Europa le venden a 380 dólares por 1.000 metros cúbicos de gas. Después de la crisis ucraniana y las sanciones, Putin está más proclive a hacer concesiones.

Lo más importante de este acuerdo es que Putin contribuye así a mover la brújula mundial hacia el eje Moscú-Pekín para contrarrestar Occidente con su alianza Estados Unidos-Europa. Bien que Estados Unidos desea construir un bloque transpacífico para acercarse al sureste asiático. Falta por ver qué harán India, Pakistán, países nucleares, y Brasil, Sudáfrica, en este forcejeo de grandes potencias. ¿Y qué hará Venezuela, único país con las mayores reservas petroleras del mundo, en estos movimientos geopolíticos? ¿Qué nos puede decir Maquiavelo al respecto? Quien, como se nota, sigue vigente. Nos aproximaremos en el próximo artículo.

*Profesor de Geopolítica del Petróleo, UCV