• Caracas (Venezuela)

Pedro Conde Regardiz

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Economía perversa, sin valores (I)

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“Entre el débil y el fuerte, la libertad es la que oprime y la ley libera”.

Jean Baptiste Lacordaire

 

Desde 1979 hasta 1998, un énfasis mayor en la economía de mercados incontrolados inspiró la instrumentación en Venezuela de políticas económicas que acarrearon un descenso considerable en el nivel de vida de los venezolanos, lo cual fue más evidente desde que comenzó, en 1989, por sugerencia del Fondo Monetario Internacional, la aplicación de un conjunto de medidas económicas, cuyas consecuencias políticas, entre otras, catapultaron a Hugo Chávez a la Presidencia de la República, que con su llegada después ha sufrido los estragos del modelo cubano-comunista en términos de destrucción del aparato productor, inflación galopante, disminución acentuada del consumo y nivel de vida, incremento de las desigualdades y los apremios de la pesadilla cambiaria, las tribulaciones causadas por el deprimente espectáculo del malgasto de los ingresos petroleros y la pésima gerencia de los endeudamientos.

Desde hace 35 años, las políticas económicas, orientadas neoliberalmente o según el socialismo del siglo XXI, han tenido gravísimas repercusiones negativas a la luz de aspectos relacionados con el papel del Estado en la economía, esto es, a cuestiones vinculadas con la política y la economía, y tomando en cuenta las consecuencias propiamente económicas, pero especialmente las sociales, imbuidas estas de valoraciones éticas, mejor dicho, de consideraciones emanadas del enlace de la ciencia económica con la ética (filosofía).

El economista, como observador, investigador, formulador o ejecutor de políticas, no puede escapar de ciertas valoraciones éticas que condicionan, querámoslo o no, nuestra actividad económica. El examen de las diversas doctrinas sugiere que en todos los casos las valoraciones éticas están presentes. Unas veces los economistas son conscientes de ello; otras, no; las más de las veces manejan unilateralmente unos valores éticos prescindiendo de los demás. Pero se confirma que algunos valores éticos se infiltran necesariamente en todo planteamiento económico.

Y así debe ser, ya que cuando se ha hecho algún intento de escapar de toda vinculación ética, el resultado ha sido una economía arbitraria, injusta, absurda e incierta, inhumana, en una palabra, como el caso de Venezuela, agravado por las erradas políticas, el modelo equivocado que se insiste en implantar para eliminar paulatinamente la actividad privada, el poder económico privado, y practicar el más bochornoso rentismo al valerse de los ingresos petroleros para sobrevivir precariamente con las importaciones y abastecer la corrupción.

Relacionar la economía con la ética (filosofía) implica dilucidar para luego declarar cuántos y cuáles serían los valores éticos que deben presidir y enmarcar la actividad económica. El economista debe aceptar el sistema de valores que más le convenza, pues a menudo ni siquiera se plantea el problema de cuál sea la ética mejor. El “enlatado” del Fondo Monetario Internacional se apoyó más en la libertad económica y soslayó la justicia social y la solidaridad, que son también valores éticos esenciales.

En cuanto al papel del Estado en la economía, y, por tanto, lo relacionado entre esta y la política, es evidente que son pocas las actividades económicas que no sufren la influencia activa de nuestros gobiernos, máxime cuando se trata de economías subdesarrolladas. El Estado moderno, promotor, regulador, estimulador, reemplazó al Estado del siglo XIX, relativamente pasivo y mínimo.

El ausentismo del Estado que preconiza el neoliberalismo en ausencia de valores éticos que moderen la conducta de los diversos actores en la actividad económica conlleva a esta alianza entre el poder político y el económico para oprimir al más débil, manifestándose una brutal transferencia de recursos, a través de los precios, de una gran parte de la sociedad hacia los dueños del capital, hacia los que pueden manipular indebidamente el mecanismo de los precios de los bienes y servicios, acarreando pobreza, injusticia, incultura, desigualdades, esto es, estragos sociales que no son finalidades de la economía ajustada éticamente.

Pero, lo contrario, como se hace ahora asfixiando el desenvolvimiento económico con excesivos controles y regulaciones por doquier, acompañada de hipertrofia del Estado con burocracia parasitaria, capitalismo de Estado, inhibe la inversión, la iniciativa privada, desanima el empleo, surgen mafias oficiales con todo tipo de acaparamiento, lo que desemboca en peores lacras sociales que el neoliberalismo, sobre todo, pobreza, por restricción de la demanda, vía disminución brutal del ingreso personal real y privilegiar gastos reñidos con la estrategia de desarrollo, añadiéndose inflación reprimida y distorsiones cambiarias. Es el espectáculo surrealista de una nueva clase de desdentados, desnutridos, incultos, que camina sobre fabulosas reservas petroleras y riquezas minerales. Es lo más antiético como funcionamiento social y demostración de la perversidad de la presunta economía auspiciada por el socialismo del siglo XXI.

 

psconderegardiz@gmail.com