• Caracas (Venezuela)

Pedro Conde Regardiz

Al instante

Pedro Conde Regardiz

Comienzo de la crisis cambiaria

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Todo comenzó cuando el partido Copei ganó las elecciones en 1978. No estaba preparado para las responsabilidades que implicaba iniciar un nuevo gobierno. Son muchas las evidencias de que esta era la situación, pero sea suficiente recordar todo lo que afirmaban en sus declaraciones los altos funcionarios y dirigentes de Copei, por ejemplo: que la economía sufría fuertes desequilibrios macroeconómicos; que experimentaba un crecimiento violento; desórdenes en las finanzas públicas, etcétera. Las estadísticas del Banco Central de Venezuela mostraban que el Producto Interno Bruto había crecido, en 1978, en apenas 3%; la inflación era de 6,8%, y la inversión bruta fija había subido en un mero 2,7% para el mismo año. Estas cifras señalaban a cualquiera, aunque no hubiera aprobado una asignatura de desarrollo económico, que el tan voceado crecimiento apresurado venezolano no se correspondía con la realidad. Hubo entonces un diagnóstico equivocado cuyas consecuencias todavía están pagando los venezolanos.

A este innegable desacierto se añaden, por un lado, su consecuencia lógica, esto es, la formulación e instrumentación de una política económica errada y, por el otro, la formación profesional deficiente de los que tomaron las primeras decisiones; deficiente porque lo que habían estudiado de economía fue aplicado dogmáticamente, como que Venezuela representase el mundo abstracto de los libros; luego, ciertos rasgos de la personalidad de algunos dirigentes del gobierno y de Copei que afloraron mediante la mentira, la inmadurez, la terquedad, el antiadequismo, llegándose a considerar incluso mesiánicamente como los “escogidos” para salvarnos de nuestros males, que los llevó a esa desmedida soberbia tan alejada de la humildad y la modestia cristianas. Y por último, aunque el tema s inagotable, la desidia demostrada en la escogencia de los altos funcionarios con la formación idónea para los respectivos cargos. Prevaleció el amiguismo, compadrazgo y una cierta concepción teocrática entre el estado y la religión, sobre todo, con la secta del Opus Dei.

De todos estos aspectos, vale la pena analizar ahora el económico, en parte, dejando para otra ocasión los demás (también arrojan lecciones que si son bien asimiladas podrían evitarle al país en el futuro los elevados costos sociales de las emergencias económicas). En efecto, la política económica desacertada se diseñó como la del enfriamiento económico y de sincerar la economía (todavía se oyen ecos de esa prédica), que se obtuvieron mediante la contracción del crédito y la liberación de precios. La primera de estas medidas puso en dificultades a numerosas empresas que tenían el hábito, como en toda economía capitalista, de apelar a operaciones crediticias para financiar sus actividades, en lugar de aunarlas equilibradamente, como sería aconsejable, con el financiamiento proveniente de los recursos propios.

La liberación de los precios pretendió sincerar la “inflación represada”,  hacer que los ingresos más elevados de las empresas pudiesen financiar nuevas inversiones y de este modo desencadenar, por la vía del multiplicador, un proceso de crecimiento industrial, agrícola. Este mecanismo no funcionó. Más bien creó más desigualdades en la distribución del ingreso y se originó, a pesar de las condiciones favorables para los negocios, una espantosa fuga de capitales financiada por quienes sacaron, mediante el mecanismo de los precios crecientes, ingresos del bolsillo de los consumidores sin ninguna justificación político-económica.

 También contribuyó la incoherencia de las políticas, puesto que la restricción crediticia cerró la oportunidad de que mediante préstamos se pudiese complementar el financiamiento de nuevas inversiones, posibilidad que tampoco hubiese funcionado porque la banca hubiese cometido un grave error al conceder préstamos a un plazo superior al de sus depósitos. Otro factor que aterrorizó los capitales: la reducción brusca de los aranceles, lo cual fue un golpe de gracia para la quiebra de empresas, del desempleo, primero, y de inflación casi duplicada, en 1979, para alcanzar 12,3%, segundo. Todo ello creó una gran desconfianza y aceleró la fuga de capitales, reduciéndose estrepitosamente las reservas internacionales que imposibilitó honrar los compromisos de deuda externa. Se crearon así las condiciones del viernes negro (18 de febrero de 1983).

La desconfianza ya había sido desatada, además, por la demora en tomar las medidas imprescindibles anidando sentimientos en la población de incapacidad de los funcionarios, descendió brutalmente la inversión privada, como era de esperarse, que no fue complementada por la pública a causa del gran desorden, como ahora, en las finanzas públicas. Las contrapartidas de la ausencia de ampliaciones y de nuevas empresas son: las colocaciones en activos monetarios internos y la fuga de capitales. De este modo comenzó lo que ya lleva 30 años devaluando el bolívar. Ahora, algunos insensatos proponen eliminar el control de cambio estableciendo uno tipo entre 40 y 50 bolívares. Si se acoge esta recomendación alocada no quedaría un dólar en el BCV. Agrava la situación más bien, puesto que el meollo de nuestras vicisitudes económicas radica en la gran desconfianza que genera el empeño político gubernamental en instrumentar progresivamente el inhumano modelo de sociedad comunista. Mientras este objetivo prevalezca cundirá más desconfianza y el tipo de cambio con relación al dólar podría llegar a niveles inimaginables para 2019 en medio de una catástrofe nacional. Habría que preguntarse si surgirán fuerzas de las entrañas de la sociedad que detengan tal deterioro. Y cómo. Esto es lo importante. En un problema político, no legal.