• Caracas (Venezuela)

Pedro Conde Regardiz

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Pedro Conde Regardiz

Asalto al IVIC y Venezuela

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Le toca ahora al IVIC. Un proyecto legal redactado con argumentos  abogadiles facilitará el asalto. No se salva ninguna institución que funcione aunque mediocremente. Este instituto siempre ha sido víctima de incomprensión. Su fundador y eminente científico, doctor Fernández Morán, fue execrado por los adecos en 1959 por haber cometido la falta de aceptar el Ministerio de Educación por unos días al final de Pérez Jiménez. Error fatal para la ciencia y para Venezuela. Si hubiera continuado, nuestro país fuera hoy un centro de investigación de renombre internacional y con muchos aportes para el desarrollo nacional. El doctor Fernández, como sucede ahora, fue acogido por otros centros de investigación donde desarrolló fructífera labor.

Luego en el período democrático sufrió esta institución el acoso financiero. Recuerdo que el doctor Luis Carbonell renunció a la dirección en 1980 por la ausencia de apoyo financiero estatal. Y ahora no se puede evadir la intuición de que se trata de un problema cultural, pues, el IVIC es la única organización de investigación pura y aplicada reconocida internacionalmente a causa de la capacidad y tenacidad de un grupo de investigadores que, alejados de las tentaciones mundanas y con visión de futuro, sin amilanarse por los problemas del presente, tanto personales como circundantes, desarrollan una labor loable, conscientes de que el progreso científico y tecnológico es una de las claves para que los venezolanos lleguen, algún día, a someter y a convertir su generosa naturaleza en fuente de bienestar social. El impacto de la ciencia en la sociedad puede apreciarse desde el punto de vista puramente económico, pero también, más importante aún, desde un enfoque global, humanista.

Hablando económicamente, se acepta que los incrementos en la productividad y el dinamismo del crecimiento económico radican en la incorporación al proceso productivo de nuevas técnicas operacionales, contribución que se hace en gran parte a través de la fuerza de trabajo. De allí la insistencia en la educación y en la promoción de centros de investigación vinculados o no a las universidades nacionales. Los equipos casi siempre significan la incorporación de nuevas tecnologías, una manera nueva de hacer las cosas.

El efecto del desarrollo científico y tecnológico en lo correspondiente a la economía nacional ya fue determinado, incluso medido, en 1957 por un profesor de la Universidad de Harvard, Robert Solow, posteriormente premio Nobel, quien concluyó de su estudio, para el caso de Estados Unidos, que 87% de los incrementos en la producción por hombre ocupado (productividad) se originaba en el cambio tecnológico y que solamente el 13% restante tuvo su origen en el uso progresivo de los equipos y maquinarias. De modo que es concluyente la repercusión altamente positiva del progreso técnico en el desenvolvimiento de la producción nacional, sin que ello signifique necesariamente grandes inversiones de capital fijo, pero sí modestos desembolsos para introducir nuevos procedimientos, otros métodos de organización, de trabajo, etc.

Desde el siglo XVIII, pero sobre todo durante el XIX, los valores tradicionales de la sociedad liberal, basados en el humanismo greco-latino, la moral cristiana, el racionalismo y la filosofía de las luces, son cuestionados  como consecuencia de los nuevos conocimientos científicos y filosóficos, hasta el punto de que Nietzsche profetizó “la muerte de Dios”, y la inteligencia europea experimentó un sentimiento de liberación cuya máxima expresión fue la de André Gide, cuando  publicó su “Natanael te enseñaré el fervor”, de su libro Les nourritoures terrestres (Los alimentos terrestres, Mercure de France, 1897).

Más recientemente, Robert Oppenheimer en su ya clásico Las nuevas condiciones de una sabiduría afirmó que “lo nuevo era que en una generación nuestro conocimiento de la naturaleza pudo integrar, refundir y adelantar todos los conocimientos hasta ahora acumulados”, para luego afirmar que “el mundo actual está dominado por el extraordinario desarrollo de la ciencia y de la técnica” que destruyó valores tradicionales y posiblemente los reemplazó, bien que Herbert Marcuse, en el Hombre unidimensional, denunció y criticó la ideología de la sociedad industrial basándose en la deshumanización de la ciencia y rechazando la euforia de la expansión industrial.

También es verdad que por razones vinculadas a la naturaleza humana muchas de las innovaciones científicas son desviadas de sus propósitos originales. El ejemplo más patente es el relacionado con la fisión nuclear realizada por Enrico Fermi en 1938, que en lugar de resplandecer en favor del bienestar del hombre se canalizó hacia la invención de la bomba atómica, cuya prueba originó la catástrofe japonesa al final de la Segunda Guerra Mundial, demostrando  que el hombre así como tiene la inteligencia para crear nuevos conocimientos también posee el lado oscuro para desviar la finalidad y crear la bomba atómica con la que tomó conciencia de la posibilidad de su autoliquidación y de las implicaciones éticas relacionadas con las investigaciones científicas. Hoy vemos cómo se ensucian moralmente los conocimientos en las técnicas de la información al surgir la ciberguerra, los escudos defensivos de cohetes y los frecuentes “hackeos”.

Es entonces indiscutible la repercusión de la actividad científica en el hombre y en la sociedad, papel que tal vez no se comprenda adecuadamente, que se vea como una actividad esotérica (al doctor Fernández Morán lo llamaban el “brujo de pipe”), lo cual plantea hasta qué punto debería desarrollarse esta labor en un mundo de incultura y de incomprensión de la seudoélite que resta apoyo y propaga, da el ejemplo de menosprecio por la investigación científica. Con razón los jóvenes profesionales miran otros horizontes para su realización. Todo lo cual plantea brutalmente la función de la educación superior y lo absurdo de hacer investigación científica en un país que no muestra interés  por los nuevos conocimientos al regatearle apoyo financiero y buscar transformar la institución para convertirla en otra estaca de destrucción nacional, no hay receptividad para el científico, más bien para el pelotero, el sonero aunque sea violador. Esa es la triste realidad de nuestra incultura e incomprensión.

Y no hay pretendido candidato a la presidencia que no se vanaglorie porque visitó tal o cual país para presuntamente observar modelos, experiencias de desarrollo. Por eso es un país endeble, frágil, no comprende dónde cimentar las bases inconmovibles de la nacionalidad, no percibe que en gran parte está en la investigación científica. Todo lo quiere comprar, bien que no sepa cómo aplicar un modelo foráneo, tal como los obreros de la electricidad dañan frecuentemente las turbinas que tecnológica y culturalmente están a distancias siderales del medio donde nacieron y crecieron. Con el dinero petrolero se ha querido “quemar etapas”. Con la reforma de la ley vigente se asalta no solo al IVIC sino al futuro de Venezuela, cuyo desarrollo dificulta y tal vez le niegue para siempre la posibilidad de ser un país avanzado, dadas las condiciones geopolíticas internacionales. Quedará como país fallido y para que lo saquen los nuevos imperios ante la indiferencia y apatía generalizadas de sus habitantes.


psconderegardiz@gmail.com

@psconderegardiz