• Caracas (Venezuela)

Pedro Conde

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Transición: comentario para Maduro

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Se habla de la necesidad de una transición en el proceso político venezolano.  Ahora más a menudo a causa de los resultados catastróficos arrojados por los 15 años de gobierno chavista. Al menos, podrían considerarse dos escenarios: uno, que el propio Maduro emprenda un proceso de cambio abandonando, como se le ha sugerido en numerosas ocasiones desde que tomó posesión, el modelo castro-comunista que ha cercenado las condiciones de posibilidad del desarrollo venezolano. Otro, que haya transición antes de 2019, ya por resultado de un referéndum revocatorio ya por la creciente ingobernabilidad surgida de la agudización de la crisis que conlleve a una salida constitucional, artículo 233 de la constitución vigente, antes del revocatorio, como aspiran  la gran mayoría de los venezolanos, dadas la complicación y profundización en el cuerpo social durante esta gestión de las patologías, aberraciones y disfunciones surgidas cuando Chávez.

En el primer caso, habría que preguntarse si Maduro tiene el equipamiento mental previo, un conjunto de conceptos y de nociones, de ideas directrices como hipótesis de trabajo, un sentido pragmático de la realpolitike, dominar las fuentes del poder y, tal vez, una cierta teoría general de la realidad social, como para tomar una nueva vía hacia la democracia, las libertades, defensa de los derechos humanos, estado de derecho, todo lo cual se lograría con una serie de decisiones políticas para cumplir  con la letra y el espíritu  constitucionales, así como reordenar la actividad económica en torno a respetar la propiedad privada, la economía de mercado enmarcada en el diálogo con los sectores sociales involucrados en los procesos productivos, redimensionar el tamaño del estado al privatizar o devolver las empresas incautadas que ahora son un lastre y elevado costo para la maquinaria estatal, reducir la duplicada burocracia, administrar eficazmente el gasto público, reorganizar la administración fiscal, los servicios públicos, en especial salud y educación, infraestructura y telecomunicaciones, agua y electricidad, en fin, generar confianza.

Al par, reestructurar el sector industrial, reindustrializar aprovechando nuestras ventajas comparativas y tecnológicas, estimular productividad,  competitividad internacional; así disminuiría la presión en la demanda de divisas y podría más bien ser una fuente importante de las susodichas al promover las exportaciones no tradicionales. Se supone implícitamente en este escenario la libertad de los presos políticos, regreso de exiliados y por consiguiente la creación de las auténticas condiciones políticas para la paz nacional coadyuvada por la prosperidad económica en general al instrumentar políticas públicas acertadas por un gobierno de amplitud para lograr su estabilidad, soslayar la exclusión y odioso sectarismo.

Regresarían científicos, médicos y diferentes profesionales que podría laborar en empresas públicas o privadas, investigar en nuevos institutos similares al IVIC, equipados, con infraestructura de bienvenida, radicados en Zulia, Mérida, Monagas, Táchira, donde hay universidades muy bien establecidas. Venezuela tiene recursos para lograr esta ambición, solo falta la decisión política que si la toma el presidente Maduro no hay duda que pasaría a la historia como un gran presidente. Es una opción realista con muchos dividendos políticos y bienestar, pero difícil de lograr en el marco de las fuerzas políticas de donde emana la presidencia de Maduro. Le otorgo 20% de probabilidad.

Si al contrario, continúa la ruta que ha llevado al gobierno hasta este momento, esto es, instrumentación de un programa castro-comunista con sus inevitables consecuencias: contracción económica, desinversión, desconfianza, destrucción del aparato productor, desabastecimiento, escasez, largas colas para aprovisionarse de elementales víveres y medicinas, racionamiento, inflación, desempleo, emigración de valiosos recursos humanos, mal funcionamiento de los servicios públicos, fallecimientos por falta oportuna de medicinas y de atención médica, irrespeto de los derechos humanos, del estado de derecho y libertades en general, inseguridad física y jurídica, descuido de nuestros límites y de la ordenación territorial, compra injustificada de armamentos absorbiendo finanzas que bien pudieran canalizarse hacia actividades prioritarias, corrupción galopante (¿Cómo se explica que presuntamente el Estado venezolano tenga cuentas secretas en Suiza, en la sección banque privée del banco HSBC, entre otros?), todo lo cual redunda en disminución violenta del nivel y calidad de vida que acarrea creciente descontento, intranquilidad social, inestabilidad política, que son la fuente de la profunda crisis sufrida por la sociedad venezolana y ante la cual se buscan lógicamente opciones constitucionales para evitar llegar a 2019 en peores condiciones.

La transición implica un gobierno transitorio, igual al que presidió durante un año el contralmirante Wolfgang Larrazábal en 1958, cuya finalidad era dirigir los asuntos públicos y convocar a elecciones para restablecer la normalidad constitucional al elegir un nuevo presidente de la república y un nuevo poder legislativo. De llegar a una nueva transitoriedad ahora, por alguna de las causales establecidas en la Constitución, se produciría la eventual coincidencia entre las elecciones parlamentarias contempladas para este año y la necesidad de elegir otro presidente, las cuales elecciones a lo mejor serían convocadas para celebrarse durante la misma fecha, renovándose así los dos principales poderes que serían la fuente de un restablecimiento, como se desea, del funcionamiento acorde con la constitución de los demás poderes e instituciones públicas y políticas. Lo importante es restablecer la constitución, ya la de 1999 tantas veces violentada ya la de 1961, y que el país comience a transitar una senda de paz, libertad y prosperidad para todos.

En gran medida eso lo decide el presidente Maduro, quien luce, lo digo cordialmente, agobiado, apagado, casi secuestrado por una claque política nacional e internacional (Cuba), sin iniciativas ante la complicación de las consecuencias de la crisis política, sin movimiento de ideas como para interrogarse acerca del sentido y validez de lo que hace. Seguir en el segundo escenario implica acentuar la represión con el único bastión que aparentemente lo respalda y al cual enfáticamente solicita, por algo será, lealtad, quiero decir, insistir a fuerza de bayonetas en reprimir el creciente descontento, unrest, demostrando deseo de permanecer a ultranza en el poder sin repercusiones positivas en el bienestar de los venezolanos. Incumpliendo la constitución, se llegaría a 2019 arrastrando un país en ruina. ¡Qué insensatez! Este escenario tiene 80% de probabilidad al sopesar la realidad política e incomprensión oficial.

Por ello, muchos justifican la necesidad de la transitoriedad tratando de evitar acentuación de la  catástrofe. Prevalece política y éticamente como valor superior la búsqueda de la libertad y bienestar, máxime si el ordenamiento legal lo facilita.