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Pedro Conde

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Preocupación rusa por gas esquisto

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Al amenazar con derrumbar los precios del gas en el mercado europeo, la “revolución” del gas de esquisto perturba toda la estrategia a la larga del gigante ruso de la energía: Gazprom. En el mercado internacional de gas, hace cinco años que la dicha “revolución del esquisto” domina el pensar sobre las nuevas estrategias. Desde el año 2000, Estados Unidos ha incrementado espectacularmente la extracción de gas no convencional. Incluso si ello no representa todavía un enorme volumen a escala mundial, el fenómeno es susceptible de transformar  el sector energético y de tener una influencia determinante sobre Rusia. Sin embrago, Gazprom, primer productor de gas del planeta y la más importante sociedad rusa, solo tenía desprecio hasta el presente por el gas de esquisto, y, peor, había convencido los altos círculos del poder.

Todo ha cambiado ahora. El pasado abril delante de la Duma (parlamento ruso), Vladimir Putin declaró que el gas de esquisto representaba un verdadero peligro para Rusia. Hacía algunos meses, los accionistas extranjeros (los noruegos de Statoil y franceses de Total) habían desertado del proyecto para explotar el yacimiento Chtokman en el mar de Barents. Con el aumento de la oferta y la baja en los precios, este gas del ártico ruso, muy costoso de extraer, ha dejado de ser interesante. El pasado 23 de octubre, Putin hizo más énfasis y dijo: “Las personalidades políticas, los especialistas y el mundo de los negocios han evocado una verdadera revolución vinculada al gas de esquisto”. A Gazprom le propusieron que reflexionara acerca de las modificaciones en torno a la política de exportaciones y fue conminada a analizar los cambios en el mercado donde, admitió Putin, el “factor esquisto” ha adquirido una importancia mayor.

Gazprom hizo prueba de una gran reactividad, pues algunos días más tarde fueron publicadas las grandes líneas de la estrategia, según las cuales no es pertinente explotar gas de esquisto en Rusia, ya que el país dispone de suficientes reservas de gas clásico que es mucho menos costoso extraer y sin graves riesgos ecológicos. En cambio, la explotación de petróleo de esquisto es el objeto de numerosos proyectos, en particular el yacimiento Salym superior (distrito autónomo de Khantys-Mansis) donde Gazprom Neft se asoció con Shell. En Rusia, el costo del gas de esquisto “a la salida del pozo”, esto es, sin contar el transporte, es cuando mínimo 150 dólares los 1.000 metros cúbicos. En los antiguos yacimientos, el costo del gas tradicional es de 10 dólares y de 20 dólares en los nuevos pozos de gas clásico y se vende al consumidor final en 100 dólares los 1.000 metros cúbicos. Esto hace irrealista la explotación del gas de esquisto.

Y cuando se habla de combustible fósil contenido en el esquisto, se piensa sobre todo en petróleo, el de la formación Bajenov, en Siberia occidental, cuyos recursos se cuentan en decenas de  billones de toneladas, es decir, el equivalente al conjunto de todas las reservas en territorio ruso. Rosneft y Lukoil ya realizan trabajos de investigación y explotación.

Gazprom ha debido precisar en su comunicado que, en lugar de una revolución del esquisto, se trata más bien, en todo el mundo, de un incremento en la explotación de gases no convencionales. Además del gas extraído de las rocas madres (shale gas, gas de esquisto), eso designa también el gas de reservorios compactos (tight gas), así como el gas de huya (coal bed methane, CBM). Las reservas y la extracción de estas dos últimas categorías equivalen a las del gas de esquisto. En Rusia, ya se explota el gas no convencional. Hace algunos años comenzó el proyecto Metan Kouzbassa (metano de Kouzbass) con Gazprom como principal operador.

La fuerte reacción de Gazprom es interesante y perfectamente exacta en el fondo, pero esquiva el punto principal. Pues, ningún especialista niega que explotar gas de esquisto en gran escala en Rusia no tiene sentido. El problema está en que este sector en pleno crecimiento en otras partes del mundo tiene realmente un efecto sobre las exportaciones rusas, y Gazprom debe tomarlo en cuenta. Pero la compañía no ha reaccionado a esta evolución. Sus ventas al extranjero, principalmente Europa Occidental, representan dos tercios de sus ingresos. Incluso, bien que el rápido aumento de la explotación de gas no convencional no es tan impresionante a escala planetaria, él repercute de manera indirecta sobre las exportaciones de Gazprom por una multitud de mecanismos cuya acumulación termina por pesar seriamente. Rusia debería afrontar el reto lanzado a Gazprom  por la revolución del gas de esquisto y así continuar, a pesar de los obstáculos y complicaciones futuras, con su ambición geopolítica, cual es, reconstruir el antiguo imperio con los restos diluidos de la otrora poderosa Unión Soviética. ¿La dejarán? Los bajos precios repercutirán en la inviabilidad de ciertos proyectos y arrojarán escuálidos recursos de retorno por las ventas, todo lo cual incidirá, demorará, incluso impediría, lograr semejante ambición que tal vez aleje perspectivas conflictuales mundiales y desemboque en la ansiada paz para humanizar la acción del hombre en la tierra.