• Caracas (Venezuela)

Pedro Conde

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Pedro Conde

Vivir hoy con los clásicos (I)  

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Hace ya varios años me encontré en un velorio con el poeta Juan Sánchez Peláez. En un momento de nuestra conversación comenzamos a hablar de nuestros estudios de latín en bachillerato y recordamos el manual que fue el mismo a pesar de que habíamos estudiado en liceos localizados en diferentes ciudades del país: él, en Caracas; yo, en Cumaná. Se trata del libro de Hermann Schnitzler, de donde recordamos las declinaciones e hicimos una especie de careo con famosas frases latinas de Cicerón, Tito Livio, Virgilio.

Quizá por superstición, de éste nunca he olvidado la expresión: “Et duplices tendens ad sidera palmas”, esto es, tender hacia el cielo las dos palmas, cuyas palabras pronuncié por primera vez cuando tenía 17 años, parado, recitando versos aprendidos de memoria del comienzo de la Eneida, cuyo héroe sufre los efectos de una espantosa tempestad. Tiritando, suplica, evoca a los suyos que murieron en combate, de una muerte más gloriosa que el ahogamiento. Lamenta no morir luchando y se queja de la suerte oscura que lo amenaza. Fueron educados para morir luchando, no cobardemente.

Conviene caminar por la antigüedad, según un itinerario subjetivo y libre de toda restricción, no para realizar una investigación o un ensayo académico sino para buscar en los antiguos reglas para la vida, para pensar, que nos faltan para afrontar las crisis nacional y universal, la de la humanidad. No se trata de averiguar de qué lado dormía Sócrates, o qué comía Epicuro en el desayuno, o de preguntarle a Séneca como administraba sus economías. Lo que propongo más bien es una aproximación diferente a ciertas experiencias de la existencia, de pensamiento, centrales para los griegos y los romanos. Cada quien, hoy, puede inspirarse para elaborar una agenda personal.

Mientras las mutaciones en curso tienden hacia un olvido de las humanidades, los encuentros con la humanidad antigua deberían multiplicarse. Pues estos periplos en el pasado condicionan, en gran parte, nuestro porvenir, los cuales periplos comencé allá en Cumaná, seguí en París con Pierre Aubenque en la Sorbonne, y luego en la Simón Bolívar con Fabio Morales. ¿Por qué comenzar por estos recuerdos? No tengo ningún gusto por las memorias y prefiero las anécdotas. ¿Nostalgia? A lo mejor. He sentido que me impactó aquel bachillerato influenciado por el modelo francés; en mala hora se comenzó a modificar durante los setenta del siglo pasado, lo que, quizá, explique en parte la crisis del país actualmente. Tengo conciencia de que los tiempos han cambiado definitivamente. Inútil, entonces, abogar por un retorno a esas pedagogías. Aquellos tiempos no vuelven y, además, no creo en las resurrecciones. Pero, sí es preciso una reforma general y profunda de la primaria y del bachillerato para echar los pilotes donde se apoye la formación educativa de los venezolanos, que les proporcione herramientas, formación intelectual, con qué trabajar y defender la inmensa riqueza natural de su país objeto de envidias perturbadoras y de pretendidos neocolonizadores.

Algo se rompió en la continuidad de nuestras relaciones con los clásicos. Desde hace 2 generaciones, quizá menos, todo lo acumulado por la cultura occidental desde hace 2.500 años casi desapareció de la escuela. Durante los años sesenta se enseñaban todavía contenidos como habían sido comunicados, en formas diferentes pero con un resultado parecido, a los jóvenes griegos de la antigüedad, a los jóvenes romanos del Imperio, a los de la Edad Media y a los de la Ilustración. Y, como se sabe, griegos y romanos constantemente alimentaron el imaginario de la cultura occidental que llegó y se “mestizó” en el “continente de los siete colores” (Arciniegas dixit). Pero, comenzó con Homero. Perfeccionar la vida significa, en parte, educarse en esa tradición, lo cual debe producir civilización, cultura común, soslayando la incultura que nos aflige.