• Caracas (Venezuela)

Paula Cadenas

Al instante

Sin palabras ni defensas…

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Todos tenemos defensas, es cierto, ya sean físicas o morales, para protegernos del sufrimiento. Las mías se habían agotado.

Svetlana Alexievitch

 

Lo que vive mi país dejó de ser un tema para compartir en una velada entre amigos. Vivo fuera desde hace seis años, sé que he perdido un poco el derecho de contar los hechos. Pero sobre todo es ya demasiado, el verbo no alcanza a repasar las imágenes, eso entre las pocas que me llegan. Y es que ya no es posible imaginar. Violencia o crisis, palabras manidas, vaciadas… ¿cómo describir aquí lo que pasa allá?, ¿con qué recursos si ya no estoy allá? Y me debato entre mezquinas elucubraciones y fallidas reflexiones, mientras, continúo escapando de aquello en esta burbuja invernal de país desarrollado, pedaleo, avanzo, trabajo, pedaleo fuerte; sé que estoy huyendo. Hasta que gritos de horror me alcanzan por azar, porque estaba en un momento preciso sobre el muro de Facebook, porque mi índice distraído tocó un rincón de la pantalla por error, y ya no pude detener el video de un hombre ardiendo en llamas, en vivo. Es así el horror cuando se echa a andar. Intenté pasar rápido de largo, con ese hojear de pantalla. Pero el cuerpo en llamas de un hombre como sentado, como cayendo y la cabeza gacha, un violador, dicen, una vida vengada por otras almas, en Caracas a plena luz, ajusticiado por unos, filmado por otros, cuerpo ennegrecido como momia, quedó allí en un rincón, cabizbajo. Persiste hoy domingo, y mi cuerpo me devuelve lo que no quiero ver. Llevo tres días enferma. Decido volver a leer las noticias. Llamo por teléfono. Finalmente dos días tratando de leer, de restablecer contacto con ese retortijón en el estómago, garganta inflamada y mucho llanto guardado, de tanta ausencia. Acaso enferma por ese dolor profundo, Venezuela.

Me han invitado a comer. Es un día soleado. No me siento bien. Vuelvo a decir que no. He perdido la energía. ¿Cómo ir a conversar así? ¿Sobre las reformas en la ley del trabajo aquí? Es como si ya no se pudiera. Hasta hace unos meses, Venezuela podía ser tema de sobremesa, cifras y citas al amparo. Pero ahora, ¿cómo hablar de un niño que murió en la frontera con Colombia, prendido en fiebre al lado de su madre por falta de medicamentos y bloqueo militar? ¿Cómo contar a los amigos que me han invitado anoche que 28 seres de una mina han desaparecido, que no se sabe mucho, que sus miembros pueden estar sepultados en alguna “fosa común” como los de tantos otros? ¿Excavadores enterrados en semejante silencio? Explicaría acaso que en una breve nota informativa de hace unos días, la periodista menciona a un posible culpable, el Topo, y que cuenta en una frase simple que tiene unos cochinos y que dicen que suele desaparecer a sus víctimas en pedazos entre las fauces de las minas y las de sus animales. No he intentado aún narrar esto, sigo limitándome a dar cifras de asesinatos. 20.000 o 30.000 al año, unos más o unos menos según el tiempo de mi exilio se alarga, y así también el número de víctimas. Hay amigos que me preguntan que cómo puede ser posible que no se sepa nada de, de... ¿tanta barbarie? Nadie termina la frase… El gesto siempre es el mismo, los inquisidores ojos enormes de mi interlocutor suelen hacerme bajar la cabeza como avergonzada, callo y trago fuerte, y sé ahora que es allí donde el dolor hinca fuerte el diente. 

Estamos en una reunión de colegas, es la pausa de un coloquio, se discute sobre libros, películas o variaciones del idioma, creo que ya muchos evitan preguntarme por mi país. Algunos leen, usan artículos y caricaturas, se burlan del presidente y dedican una hora de curso para hablar rápidamente del “caso” Venezuela. Seguramente, uno que otro habrá visto ya el video de un ajusticiamiento, se han multiplicado en las redes. Tal vez no se sorprendan, son estudiosos de México o de Colombia, ya la academia ha escrito mucho sobre esto. Son temas amaestrados para concursos y exámenes. Entonces nos podemos acomodar entre frases, “Latinoamérica en el siglo XXI azotada por la violencia del sicariato y el narcotráfico”. Y allí es cuando ya las palabras no nos ayudan, se vuelven trampas, y todos somos entonces un poco víctimas, pero sobre todo culpables, ya sea por desidia, por horror o porque simplemente cuesta tejer conciencia... De nuevo, insisto, ¿cómo hablar de esos 28 jóvenes desaparecidos así, allí, un poco antes de que acabe la reunión? No se sorprenderían, pensarían en lo ocurrido en Iguala, México, en septiembre de 2014, 43 jóvenes asesinados, y “las fuerzas del orden” de cómplices. Tal vez no pensarán, no pensaremos en otros “eventos” por tener la memoria corta. Sabemos que “eso” pasa allá. Pero ¿qué es “eso”? Y el problema tal vez esté allí, la costumbre, la familiaridad o el sorteo para no encararlo con las tripas. Era un coloquio para discutir sobre redes y construcciones colectivas, pude escuchar algunas anécdotas sobre Bolivia, Brasil o México. Sin embargo, no parecemos ser capaces de entretejer algo juntos, darle un espacio de largo aliento para trazar o construir sensiblemente algo capaz de despertarnos y poder así contarlo de alguna forma. Tal vez no se pueda pensar así “eso”. Decenas de convocatorias para comunicar entre académicos sobre Latinoamérica, donde violencia o crisis aparecen a menudo como “palabras claves”, pero ¿cómo hacemos para verlo sin defensas, de frente y tratar de contar, narrar o denunciar claro y fuerte tanta sangre? Y me pregunto todavía en el último sorbo de café: ¿cuándo y por cuál rendija podré dejar pasar la imagen del hombre quemado vivo en una sucia acera de mi ciudad hace apenas unos días? No es el espacio, no hay espacio. El atajo de mi interlocutor en Francia suele ser el mismo, posiblemente se incline hacia atrás, y me observe atrincherado en su esquema de derecha e izquierda. Tiene ya respuestas. Acaso me dispongan como ficha de un tablero, quedaré arrinconada como venezolana, blanca, clase media que miente, exagera o no comprende. Acaban el café y las galleticas y van volviendo a sus asientos, decido marcharme, salgo de la universidad y tomo mi bicicleta.

Olvido, creo olvidar. El aire me hace bien. Pienso en las cuentas del mes, en la estrechez económica, en la comida de la semana. De nuevo, toca a la puerta la imagen de las colas, no hay un lente de cámara suficientemente ancho para poder mesurarla. En auto, desde las alturas, cuerpos de personas que esperan, esperan, esperan, antes comenzaban a las 5:00 de la mañana; ahora he visto la imagen de los cuerpos hechos ovillos entre trapos de cobijas, sobre todo de mujeres, durmiendo toda la noche en la calle, a lo largo de otra polvorienta acera de Caracas o del interior, vigilados por militares armados. Esperan poder comprar huevos, harina, leche. Algo para una o dos comidas de unos días. Pedaleo más fuerte, pero el dolor hinca otra vez profundo, ¿dónde ha quedado la soleada ciudad de mi memoria? Sí, al final de la semana he caído enferma. Me he despertado hoy pensando por qué. Mala alimentación, me dicen algunos. El frío o el estrés, dicen otros. Pero creo que es saber en ruinas el lugar de donde vengo, y no tener palabras ni defensas para tanto horror, y lo sé, pues en este momento que trato de pensar, de leer, de escribir, que busco una palabra precisa, este tejido de nudos entre el estómago y la garganta se hace patente. Vínculos profundos. Venezuela enferma. Tierra sin defensas que entierra cada noche cuerpos por pedacitos, en secreto, y al interior mucho silencio sordo; pero y es que también ahora sucede al sol, justo cuando calienta más fuerte que de costumbre, ánimos hambrientos y adoloridos, cansados de esperar, han hallado una forma de exorcizar, gritan, se abalanzan todos juntos a acabar con una vida, así, con palos, con un cuchillo o con un encendedor y una mecha, cual danza macabra a plena luz, y la llaman justicia.