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De vuelta completa

Estadio Universitario / Archivo: Nelson Castro

Estadio Universitario / Archivo: Nelson Castro

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Ball one, ball two, ball three, ball four. Cuatro lanzamientos continuos que no entraron en el cuadro de bateo. Al menos conservaba su recta de 85 millas. Ya el manguito rotador le exigía dejar de enviar bolas tan lejos. El colchón se hacía un amigo viejo, los ojos azules que le colocó arriba le ayudaban a permanecer tranquilo, a creer que tenía como receptor al mismo Baudilio Díaz.

Se preparó otra vez, la pierna derecha bien alto, hasta el pecho, luego la disparaba hacia adelante como un avestruz que corre para doblar el pie izquierdo, el guante esconde su poderoso cambio de velocidad, su arma secreta. El brazo por encima del hombro y tomando la bola que era el mundo abarrotado en sus manos ásperas. Sale. Es un misil que corta el aire y se escucha el sonido en el apartamento como el viento en la playa. Golpeó el cuadro dibujado en el colchón, de nuevo afuera por el lado superior izquierdo.

“Pete Rose ya me habría vapuleado mil veces, quizás lo lesionaría con un lanzamiento”, dice mientras escupe chimó en el suelo. Se va a su habitación donde tiene una fotografía de cuando tenía 10 años, la mira con la misma “maldita nostalgia de siempre” y observa con el corazón arrugado el nombre de la esquina: Luis Beltrán. Pero Luis no quería ser Beltrán, así que cambió su apellido a los 15 por Aparicio, y le pedía a todos que le nombrasen de esa forma.

Su papá le daba golpes con una vara. “Vas a ser grande ligas, carajito de mierda, o te vas de esta vaina”, solía gritarle con voz chocarrona. Desde que tenía tres años fue sometido a lanzamientos de piedras con el guante puesto, lo ponía a batear chapas para agudizara la vista y lograra ser “Babe Ruth, coño de tu madre”.

La señora Lola, su madrastra, no estaba de acuerdo con este trato: “vas a volver loco a ese muchacho”, le decía. No pasaba a mayores hasta que llegaba borracho en la noche y la coñaceaba, “pa’ que seas seria, puta”.

Desde los 10, Luis ya tomaba cerveza porque lo hacía ver como “un verdadero macho”. A los 12 lo llevó a conocer “unas buenas putas”. Le pagó las mejores, pero Luisito en ese momento no se atrevió y el pene se le quedó flácido como espagueti muy cosido.

Él no se atrevió a decirle nada, pero la prostituta de mala intención le dijo al papá “a tu hijo no se le para, llévalo a un médico, papi”. “Tú sí eres sapa, pedazo de puta”, le espetó Luis.

“Tú como que eres marico, carajito, lo que me faltaba. Vente, mami, yo te doy lo tuyo, no vamos a perder esos reales”. Luisito no era marico, en realidad era muy tímido: bajaba la mirada cuando hablaba con las mujeres y sentía hormigas que le recorrían la barriga cuando le gustaba alguien.

María Cárdenas se convirtió en un verdadero augurio, se sumergía en las piezas de Guillermo Dávila pensando en ella. Un día ella intentó besarlo mientras paseaban en el parque luego de la tarea. Él la rechazó de ipso facto, lo que causó que las luciérnagas se decepcionasen y apagaran sus luces.

“¿No te gusto?”, le preguntó ella. “Sí, pero me da pena”. “Que no te dé pena, Luisito”, y volvió a lanzarse como un pelícano en busca de su pescado. Esta vez Luis se volvió una pasa, luego se convirtió en un algodón de azúcar que María Cárdenas disfrutaba suavemente.

A la semana se volvieron novios.

Un día mientras caminaba por las calles de su zona la vio agarrada de mano con uno de los malandros de su calle. Él se acercó con los ojos llenos de fuego y el estómago hundido en ácido para arrancarla de sus manos.

“Qué te pasa, diablo, tú como que quieres que te eche plomo”. “Dale, mamagüevo, échale bolas”. El hombre lo iba a encañonar con una 9 mm pero María Cárdenas se atravesó para defender a Luisito y decirle “vete, estúpido, lárgate, no te quiero ver más”. Luis no podía evitar sentir la forma en que sus labios temblaban, ni como sus ojos crispaban como bistec frito. Se dio media vuelta y corrió resistiendo la cascada de agua que le manchaba las mejillas.

Llegó a su casa y comenzó a escribir en su cuaderno de poesía que tenía desde hacía tiempo, se percató de que estaba repleto de rayones y tachones. Cuando el papá, hundido en el juego del licor, lo vio llegar, le dijo: “yo mismo rayé esa mierda. Eso no es de hombres, estar escribiendo vainas. Eso es de maricos, y tú no vas a ser un mariposón. Si caes en esa te boto de esta verga”.

Luisito se transformó en un león celoso de su carne. Tomó el cuaderno y lo rasgó con una fuerza que solo Sansón podría describir. Era la furia escondida en su corazón desde que nació, era el humo de cigarrillo que su papá le lanzó estando recién nacido, era todas esas veces que vio a su mamá llorando. Fue el día en que ella se fue con otro, cansada de los maltratos del viejo pajúo. Era escuchar todas las noches cómo su padre se cogía a su mujer mientras a él le costaba dormir.

Tomó un cuchillo que estaba debajo de su cama y lo blandió como una espada. La cascada caía por sus labios: “ahora sí te voy a matar, desgraciado, no me la voy a calar más”. El papá, sorprendido de esta actitud, mostró una sonrisa pícara: “dale, carajito, que ahora sí te voy a enseñar a ser un hombre”.

Luisito logró esquivar el puñetazo a la cara, con su cuchillo le cortó un poco la barriga. Mientras la víctima chillaba en el piso tomó algunas de sus cosas y se fue para no volver más nunca.

Buscó diferentes formas de convertirse en un gran beisbolista, vivió en la casa de unos tíos por parte de mamá que afortunadamente lo apoyaron. Intentó ingresar a varias academias pero ninguna lo aceptaba porque “no tiene condiciones”, “es muy pequeño”, entre otras. Decidió convertirse en poeta, ya había leído una que otra cosa. Escribió guiones para cine con amigos que conoció en la calle.

Marcos también había intentado ser beisbolista por petición de sus padres pero tampoco lo logró, así que se unió a Luisito para formar un grupo de teatro y dedicarse a ello. Juntos escribieron varias obras, guiones, cortometrajes y grababan juntos en las calles de Caño Amarillo. Aunque no tuvieron mucho éxito, se sintió mejor haciéndolo.

Luisito en su habitación no ha olvidado que en realidad quería ser “El Grande”. Conserva la foto que le firmó en una oportunidad luego de entrar en el Salón de la Fama del Béisbol. El apartamento está repleto de bates de béisbol, guantes, escenografías, máquinas de escribir, computadoras empolvadas, sábanas y otras cosas que lo ayudan a enterrarse en su mundo paralelo. Quería llegar al home, estaba cansado de estar en tercera. Distribuyó todas las bolas acumuladas y firmadas haciendo la forma del diamante del béisbol en el suelo de planta baja. Subió las escaleras hasta el último piso, y mirando hacia el infinito, lanzó un beso seco para sus aficionados.

Había logrado su primer y único grand slam.