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La violencia de la costumbre

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En su introducción a Antropología de la violencia y el conflicto (2011), Ingo Schröder y Betina Schmidt sostienen que los actos violentos son eficientes debido a su puesta en escena de poder y legitimidad y que probablemente lo sean todavía más por esto último que por sus palpables consecuencias físicas. La guerra, afirman, sólo ocasionalmente culmina en verdaderos actos de violencia, y aún en tal situación ambos partidos incluyen una gran cantidad de individuos que no se ven en absoluto confrontados directamente con violencia real; "pero la violencia como representación (performance) extiende su eficacia sobre el espacio y el tiempo y hace llegar su mensaje con claridad a la gran mayoría de personas que no son directamente afectadas por ella".

Echo mano de estas reflexiones para intentar entender por qué en un país devastado por la inseguridad, la violencia y la corrupción estos temas tuvieron un impacto incierto ­tienta decir marginal­ en el resultado de las pasadas elecciones presidenciales. En Violencia e institucionalidad, Roberto Briceño-León, Olga Ávila y Alberto Camardiel afirman que lo que ha sucedido en la sociedad venezolana tiene unos efectos sociales de "como si" hubiésemos padecido un conflicto bélico muy violento: primero, la guerra legitima la violencia y el uso de la fuerza, es decir la no ley, y deslegitima los mecanismos de diálogo y arreglo de conflictos por las normas y el acuerdo mutuo; segundo, la guerra deja sin fundamento la censura a la violencia y los violentos y la creencia de que esta no es el mejor camino para solucionar conflictos. Es falso, sostienen, que las causas de la violencia en Venezuela sean la pobreza y la desigualdad, pues en este tiempo el país ha tenido riqueza como nunca y el propio gobierno se ufana de haberlas disminuido. "La verdadera explicación se encuentra en una política equivocada", concluyen.

¿Se trata en realidad de una política equivocada, o más bien de una política concebida para que, parafraseando a Schröder y Schmidt, la violencia como performance extienda su eficacia sobre el espacio (acabar con la noción de "zonas seguras") y el tiempo (en 1998 la tasa de homicidios era de 20/100.000 habitantes; en 2011, de 67/100.000 habitantes) y haga llegar su mensaje con claridad ("nadie está a salvo") a la mayoría de personas que tradicionalmente no han sido afectadas por ella (las clases media y alta)? No es de extrañar, pues, que en diez años aumentara al doble (41%) la proporción de venezolanos que cree que su vida depende de circunstancias azarosas que nadie en esta tierra puede controlar (Detrás de la pobreza, 2009) y que 77,3% de las víctimas de delitos no denuncien porque creen que las autoridades no harán nada al respecto.

Escribe Salman Rushdie que el exilio es la eterna paradoja de esperar mirando siempre hacia atrás. La democratización de la violencia como "política oficiosa" ha condenado a todos los venezolanos, y no sólo a los habitantes de las barriadas más pobres y peligrosas, a vivir exiliados en su propia casa, secuestrada desde antes por obstinados rencores.

Pero no hay peor exilio que la costumbre.