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“Lo que viene es joropo”

Fotografía de 1960 del colombiano Nereo López Meza titulada "Conjunto llanero el Yopal" que integra la recopilación de obras del fotógrafo en el libro "Nereo: imágenes de medio siglo / Archivo

Fotografía de 1960 del colombiano Nereo López Meza titulada "Conjunto llanero el Yopal" que integra la recopilación de obras del fotógrafo en el libro "Nereo: imágenes de medio siglo / Archivo

La tradición del joropo en Venezuela posee un particular destello de color y ritmo, e irradia alegría en cada una de sus fiestas. “Papel Literario”, junto a la Fundación Bigott, rinden un homenaje a una de las muestras del folklore venezolano que a ritmo de arpa, cuatro y maracas “zapatea” a varios sones. El dossier que hoy presentamos al lector, “La gran fiesta del joropo”, cuenta con ensayos de los investigadores Carlos García Carbó, Katrin Lengwinat y Karina Zavarce. Además, recordamos la voz de una de las folcloristas que más trabajos legó a la historia del folklore venezolano, Isabel Aretz, con fragmentos de su libro “Manual de folklore” (Monte Ávila Editores, 1972)

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En el argot popular del pueblo venezolano la frase “lo que viene es joropo”, encierra el anuncio de algo especial, una situación que trastoca lo cotidiano, y que requiere atención y disposición. En el caso de la tradición popular implica prepararse con energía, gracia, y jolgorio, para participar en un festín colectivo, porque el joropo es eso, música, poesía y baile hecho alegría.

Los antiguos aires musicales andaluces, cargados del mestizaje hispano-arábigo, y el baile del fandango, serán remozados en tierras americanas durante el período de la conquista y colonización.  En la región oriental de lo que a futuro será el país venezolano, germinarán y se consolidarán nuevas músicas, algunas cargadas de lirismo y poesía que configurarán el repertorio de los llamados cantos marineros, y otras destinados a acompañar el baile en momentos festivos. Seguramente en estas últimas está la célula germinal de lo que será el joropo venezolano.

Son los actuales estados Nueva Esparta y Sucre, específicamente la isla de Margarita y la ciudad de Cumaná, epicentros originarios de la tradición joropera del oriente del país, tradición que se irradiará por los estados vecinos de Anzoátegui y Monagas para apuntalar un sólido patrimonio regional. Y es que si bien el joropo oriental comparte elementos con las demás tipologías regionales del género existentes en el ámbito nacional, tiene sus particularidades estilísticas que le otorgan un perfil propio.

Joropo oriental / Imagen tomada de Internet

En el joropo oriental se pueden distinguir tres categorías musicales básicas: el joropo propiamente dicho, el golpe y el estribillo. Estas pueden presentarse en forma autónoma o integrarse en el discurso musical, creando variados contrastes durante la interpretación, hecho que a su vez incidirán sobre los pasos y gestualidad de las parejas de baile. En Oriente cada joropo es una pieza con identidad melódica –y letra si es el caso‒ propia, que más allá de ciertas características rítmicas y formales intrínsecas al género, se distingue por su originalidad como composición. En este sentido podemos establecer una condición común entre esta categoría del joropo oriental y el pasaje llanero, ya que ambas dependen de la vena creativa de su compositor.

En cuanto al golpe oriental, también equiparable a su análogo llanero en su definición, estamos ante estructuras musicales que se rigen por un patrón tradicional en lo melódico, en los ciclos armónicos, y en la extensión formal. Sus intérpretes reconocen que deben respetar dichos parámetros si pretenden  hacer una versión ajustada a la tradición. No obstante, este discurso musical predeterminado de cierto rigor, facilita el ingenio de los cantores a la hora de improvisar coplas sobre infinidad de temáticas y circunstancias.

La tercera categoría, el estribillo, propio del estado Sucre, pero con amplia aceptación en otras localidades de la región, es una suerte de “descarga” musical que se puede acoplar como una segunda parte de un joropo o de un golpe. En su interpretación el ritmo arrecia en manos de los músicos, particularmente del instrumentista con rol melódico, quien debe hacer gala en su instrumento (bandola, bandolín, cuereta, u otro) de habilidad, destreza y don de improvisación. Si participa un vocalista, este debe desplegar su arte en el canto “cotorriao”, un rápido parafraseo de los versos de una cuarteta.

La interpretación musical del joropo oriental se sustenta en un formato instrumental donde debe haber un instrumento que cumple el papel de solista, función que antiguamente cubría la bandola oriental de ocho cuerdas (cuatro órdenes de cuerdas dobles), hoy sustituida por la mandolina llamada localmente bandolín.  La bandola, tras caer en cierto desuso, le ha ido ganando terreno al olvido, gracias a la iniciativa de importantes cultores regionales que han reivindicado sus bondades y recursos sonoros. Otro instrumento solista de uso tradicional en el joropo oriental es la cuereta, un acordeón de botones que goza de amplia popularidad en la zona del golfo de Cariaco.

Son de rigor para acompañar al instrumento solista el cuatro (auténtica guitarrilla venezolana) y las ancestrales maracas. Pueden completar el ensamble instrumental, un tambor cuadrado conocido con el nombre de caja, la guitarra y, dependiendo de la región y recursos a la mano, otros instrumentos como la marímbola, la armónica, el violín y el bajo. El canto, generalmente a cargo de hombres, tiene gloriosas excepciones como es el caso de la magistral María Rodríguez “La Voz de Cumaná”.

La leyenda de Juán Jiménez, toma de nuevo vida cuando escuchamos la bandola de Beto Valderrama, el bandolín de Morochito Fuentes, la cuereta de Juan Marín o Mónico Márquez, y el cotorreo de Hernán Marín o José Julián Villafranca, hitos que unen el pasado y presente del joropo oriental.  

La Declaratoria del Joropo y su Diversidad Cultural como Patrimonio Cultural de la Nación, emitida el pasado mes de marzo por el estado venezolano, constituye un acto de justicia y compromiso ante tan preciada  expresión tradicional del país, que a pesar de ser reconocida internacionalmente como ícono de la venezolanidad, aún requiere una mayor valorización y difusión entre su propio gentilicio.