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Dos vidas, paradoja de la venezolanidad

Esta obra establece una confrontación de las diferentes visiones que se tiene acerca de Rafael Rangel y José Gregorio Hernández

Esta obra establece una confrontación de las diferentes visiones que se tiene acerca de Rafael Rangel y José Gregorio Hernández

Para José Antonio Parra, “Dos vidas” (Sellos del Fuego, 2013) de Víctor Bravo es una puesta en escena de las múltiples caras de la venezolanidad. Una lectura de gran interés que invita a la reflexión

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La semblanza que logra Víctor Bravo de José Gregorio Hernández y Rafael Rangel en Dos vidas es de carácter hiperreal. En efecto, este texto reconstruye a través de la mirada del otro la vida de estos dos venezolanos cuya existencia estuvo signada por la excelencia y la singularidad. A través del libro se puede ver no sólo el carácter vital de sus protagonistas, sino un fiel retrato de la nación barbárica que seguimos siendo en el ámbito de lo sociopolítico.

Con el comienzo centrado en la huida del padre de José Gregorio de las garras de Zamora, el lector queda sumido en el frenesí de los eventos que desembocarían en la gestación del venerable. Es desde ese mismo instante cuando se va generando el discurso de la culpa que sería una impronta en la vida del médico. Su existencia se configura de esta manera en tanto “un desprendimiento de sí hacia la experiencia de lo divino”.

En el entorno de su familia el joven Gregorio destacaba por ser un niño fuera de lo común que, incluso, inspiraba miedo entre sus parientes. El prosista aproxima al lector a la dimensión personal de los protagonistas mediante la voz del otro, de sus familiares y allegados, hasta que finalmente esas voces se van “licuando” en una tercera persona con rasgos más objetivos. Ese acercamiento particular otorga a los personajes retratados un carácter que me atrevería a nombrar como mítico. Y no sólo está el estilo con el cual es presentado cada cuerpo imaginario, sino el modo en que el autor va recreando el tejido de interrelaciones que existió entre Rangel y Hernández, al igual que la constelación psíquica de ambos personajes. De esta forma se puede percibir al alma del primero en tanto presa de un tormento emocional más ligado a lo terreno. En el caso del segundo, no obstante, este signo del tormento estaría más relacionado a la experiencia religiosa y a la angustia existencial per se.

Resulta muy interesante y digno de los mejores elogios el carácter que adopta Bravo para recrear aquellos hechos de naturaleza inefable y mágico religiosa propios de la vida del venerable. Sin duda alguna, hay un gran nivel de realismo en estos aspectos. Así se va construyendo una poderosa intriga cuando el autor expone la naturaleza visionaria, no sólo de Gregorio sino de su tía, una monja que previó el instante de su muerte al igual que aquél lo hacía cuando expresaba “tengo siempre un confuso temor de que un vehículo brotará del fondo de la calle, del fondo de mis miedos, y me arrancará dolorosamente la vida”. Esta obsesión y pavor hacia los vehículos será leit motiv en este trabajo.

Puede verse en el retrato de estos dos seres una perspectiva de lo paradójico. Por un lado, el místico que huye de lo terreno hacia la trascendencia espiritual y por otro el Rangel resentido y atormentado por el teatro de las emociones terrenas. De la misma manera, uno de los discursos explícitos en este texto lo constituye el gran cuestionamiento a la realidad política del país, arrasado por el autoritarismo y la barbarie desde siempre. En este sentido, Bravo expone los diferentes matices con los que se ha presentado esta plaga según los rostros como se muestra el caudillo “desde su figura analfabeta y brutal, hasta en el otro extremo, el doctor, caudillo de formas refinadas que no bajaba, no obstante, la carga de crueldad en la práctica de un poder orientado sólo a sus intereses”. Aquí, una circunstancia trágica está en el hecho de que hoy por hoy, ni siquiera experimentamos la modalidad del “doctor”, sino la del analfabeto. En esta relación de la tragedia nacional el texto llega a un clímax –al igual que a un hábil manejo de la visión estereoscópica– cuando es relatada la anécdota del abandono de Cipriano Castro del poder, y sus analogías con el cáncer de Hugo Chávez; con todo el tejido de supercherías, babalaos y militarismo mágico tropical.

Dos vidas, en síntesis, resulta una puesta en escena de las múltiples caras de la venezolanidad, desde la trascendencia más sublime y el logro científico hasta las pasiones más bajas y rastreras. Queda aquí, desde la voz del otro y de su contrapunteo, una lectura de gran interés y una invitación a la reflexión; un llamado a trascender esa nación que se ha descalabrado incesantemente por no haber sabido conquistar la libertad frente al poder.

 

DOS VIDAS

Víctor Bravo

Ediciones Sellos del Fuego

Caracas, 2013