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La vida secreta de un joven exorcista

Imagen de El exorcista | Cortesía

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Un relato del escritor Norberto José Olivar (Maracaibo, 1964)

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Al joven Vilnius y a Ednodio Quintero

 

La primera vez que vi al diablo, andaba yo por los once. Ese día, la señora Aída Bejas llegó a nuestra casa, de Pueblo Nuevo, a media tarde. Era morena y bajita. Había pedido que le practicaran un exorcismo y allí estaba. Yo espié todo el rato desde mi cuarto, medio abría la puerta y sacaba un ojo. Aquello fue un loquerío ensordecedor. Mis padres lidiaban con el demonio como si fuera cualquier cosa. Amantes y exorcistas. Y yo, el hijo de los exorcistas. Eso me dio cierta notoriedad en la escuela y me gustaba. Debo decir también que crecí en los jardines de la clínica psiquiátrica Ricardo Álvarez. Cuando no expulsaban demonios, mis padres hacían de enfermeros en ese sanatorio de enajenados. Cuidaban locos. Y como no tenían con quien dejarme, me llevaban con ellos. Allí almorzaba y cenaba con el personal de la guardia. Hacía mis deberes en algún cuarto desocupado o en el despacho de administración. Doña Robertina, la secretaria, dirigía mis tareas. Luego me daba café negro y se quedaba mirando la borra de mi taza: «Vais a sacar veinte», decía muerta de risa. Entonces me contaba de sus días de solista gaitera y de los shows en Ondas del Lago. Tenía los ojos grises y era de piel marrón. No recuerdo nada más de ella. En cambio al doctor Tibaldo Fuenmayor lo veo con nitidez. Era el propietario. Un señor grande, gordo, calvo, blanco y de ojos azules. Hablaba como si estuviera diciendo secretos. Me llevaba con él cuando les hacía la ronda a sus pacientes. Puede que me viera como a un futuro colega y yo disfrutaba de las desquiciadas conversaciones que él entablaba con esa gente. Al terminar me daba cinco bolívares y decía que saliera a cazar iguanas. En la Ricardo Álvarez odiaban a las iguanas porque cagaban encima de los carros. Y me enseñaron a odiarlas. Y a matarlas.

El lector quizás haya notado que este relato comienza igual que otro dedicado a los suicidios. Lo que pasa es que la muerte nunca se borra de la cabeza sino hasta que uno muere. Por eso, suele tomarse su tiempo, la muerte: le gusta ser recordada. Lo único igual a la muerte es la vida, lo que equivale a decir que pensar en la vida, en nuestra vida, es pensar en la muerte. En nuestra muerte. De modo que escribir un diario, o una autobiografía, es una cuenta regresiva. Igual si empezamos el conteo desde cien o desde cinco y lo terminamos donde sea. Estoy diciendo, por supuesto, que esta es mi cuenta regresiva. Y aquel relato fue mi primer intento. En fin, aún no sé si esto va de dietario o de cuento o de novela. No creo que importe mucho. Volvamos al conteo y digamos que mi infancia es una casa del barrio Primero de Mayo, colindante con El Paraíso, otra barriada de más categoría. Acababa yo de hacer la Primera Comunión y mis padres organizaron una festiva comilona con abundante cerveza bien refrigerada. Después de la comida me recosté, en el cuarto de la abuela Rosa, a pasar la digestión. Mis primas Zuly y Zulma llegaron a darme besitos de lengua. Luego sacaron, del escaparate de la abuela, un tablero de la Ouija y dijeron que como ya había comulgado, podía hablar con el muerto que ellas conocían, un tal Abraham Vargas, dizque se había disparado en la cabeza con una Smith & Wesson hacía años atrás. Zulma agregó: «Es un llorón, a veces me fastidia. Además, se mató delante de su hija y eso es muy feo».

Zuly era rubia. Zulma, morena intensa. Teníamos más o menos la misma edad. Ellas me adelantaban en asuntos de amores y de espíritus. Yo les obedecía como un discípulo ávido de aprender. Zulma pasó el seguro de la puerta y puso la Ouija en medio de la cama. Nos arrodillamos alrededor del colchón. Zuly viró los ojos y dejó caer sus manos, con suavidad, encima del tablero. Fue un movimiento de pianista. Llamó varias veces al tal Abraham Vargas sin que este contestara. Yo le dije a Zuly que en vez de llamar a un desconocido, mejor contactara a nuestro tío Alberto, que se había muerto de niño y siempre veíamos su foto en el altar de los santos de la abuela Rosa.

Zuly cogió la foto del tío Alberto: «¡era feo!», dijo arrugando la cara. «¡No le faltes el respeto a los muertos!», replicó Zulma, arrebatándole la foto y poniéndola sobre el tablero de la Ouija: «¡Llámalo!», ordenó. Zulma era mandona e impaciente. «¿Y qué le pregunto?», gruñó la otra medio brava. «No sé. Los muertos responden cualquier cosa».

Zuly dijo que los niños en el otro mundo corretean igual que en este, por eso era muy difícil contactarlos. Lo cierto fue que Alberto nunca apareció. Ni ese día ni al siguiente. Acabamos por olvidarnos de él, lo que siempre pasa con los muertos: el olvido los mata.

El doctor Tibaldo ascendió a mi padre de enfermero asistente de Lobotomía y terapia electroconvulsiva a Jefe de Administración. En adelante debía vestir con corbata o safari, llevar consigo el ramillete de llaves de las puertas del sanatorio y lidiar, de madrugada, con fugas y suicidios. Mi padre eligió las corbatas: coloridas, de nudos gruesos y puntas anchas. Se dejó crecer patillas de prócer. Se echó el peinado hacia atrás, fijado con Brylcreem, y llevaba con raro orgullo una pluma Parker 51 en el bolsillo de una camisa de mangas largas, casi siempre de estampas o rayas. Pero las llamadas de evasiones y ahorcados se hicieron nada cuando una tarde llegó a casa en un Chevy Nova, cero kilómetros, color duna. No tenía aire acondicionado, un detalle trivial al lado de la emoción que sentí. Luego nos mudamos a la calle principal del barrio, a una casa grande de platabanda. Quizás, lo más extraordinario de los cambios que sobrevinieron fue que mi mamá dejó de trabajar y se dedicó por entero a nosotros. Nos adentrábamos en las formas burguesas rápidamente, y ni así mis padres dejaron de practicar exorcismos los fines de semana. Habían nacido para eso.

Pienso que conviene dar razón de la Parker 51. Su propietario original fue el doctor Tibaldo Fuenmayor. La usaba solo para firmar el acta de entrega de los cadáveres suicidas a la Policía Técnica Judicial. Su trazo –el de la pluma– era firme y elegante. Se la dio a mi padre junto con el ramillete de llaves. Y este tuvo que renunciar a su firma insípida y ensayar una nueva y grande. Arrogante. El doctor le explicó que el tamaño y la solidez de las líneas debían ser un homenaje a los muertos. Una especie de despedida. Los detectives tenían que percibir este tributo en el garabato. También que su autor estaba por encima del bien y el mal. No podía haber rastros de nervios, de dudas, ni de fastidio. La firma tenía que representar al prestigio de la institución. A los rostros circunspectos de los médicos. A la sabiduría de sus prácticas. Y al misterio de la mente humana. Mi padre usó esa pluma por cincuenta años.

La comunión me hizo sentir protegido. Es decir, siempre pensé que los demonios (o espíritus) que expulsaban mis padres se quedaban en nuestra casa. «Ese es el infierno de los diablos», aseguró mi hermano menor una vez: «Deben quedarse vagando entre las paredes si se dejan expulsar por un exorcista, no vuelven al infierno». Ahora que lo pienso no sé de dónde sacó semejante tesis demonológica. «Nuestra casa está embrujada», nos daba su conclusión ante la mirada horrorizada de mi hermana, mayor que él un par de años y menor que yo por uno.

Esta teoría de la casa embrujada fue lo que me llevó a matricularme en los cursillos de catecismo. Debo reconocer que mi hermano tenía el don de mis padres. Los genes lo habían elegido. Eso quedó claro la vez que lo conseguimos haciendo un exorcismo a un primo nuestro. Él solo enfrentó al diablo y apenas llegaba al Tercer Grado. Mis padres no cabían de felicidad, andaban hinchados de orgullo. Se convirtió en el hijo predilecto. Pero estas anotaciones no son para dar señas de mis hermanos, así que los haré desaparecer en cuanto pueda. No obstante, el exorcismo es un asunto genético. Nicholas Wade lo ha certificado en su libro Una herencia incómoda. Mi hermano se ha chupado todos esos genes. Para colmo es blanco, alto y de ojos verde oliva. En cambio los ojos de mi hermana y los míos son de un gris anodino. Además, somos de baja estatura y de piel casi negra: seres inferiores. Como sea, Javier Sampedro apunta que este libro, el de Wade, está armando una bronca monumental. Sobre todo por las cosas que no dice y que dicen que dice. Ciento treinta y nueve científicos le han salido al paso a desmentirlo, pero no dan argumentos, lo que sí hace Wade. Esto me asusta. ¿Seré de verdad un esperpento por pura mala leche? Si es así, lo de mi fracaso en la vida, como diría el poeta, es un asunto de genes. De cromosomas. Recuerdo que el médico Américo Negrette, insigne opinador maracucho, aseveró algo por el estilo en un artículo que llamó Cromosomas gochos. Sampedro razona luego en la posibilidad de identificar los genes del mal: «Hay un componente genético en el comportamiento social» que hace que ciertas instituciones prevalezcan. Nos impone de la advertencia de que la «evolución se detuvo al surgir nuestra especie, y que por tanto no tiene nada qué decir sobre la historia de la humanidad, que sería explicable enteramente en términos culturales». No me convence esto de la evolución detenida, pero no estoy en posición de decir nada en torno a esta teoría. Quiero creer en ella. Resuelve todo sin repartir culpas. Eso explicaría, por ejemplo, el carácter pendenciero, corrupto, farsante y facilista de quienes nos gobiernan. No necesitamos leyes sino medicinas. Una pastillita para la estupidez y así hasta llegar a la sociedad industrial. Sampedro cierra con una ocurrencia repentina: que «los judíos han obtenido el 30% de los premios Nobel». La naturaleza parece haberlos escogido. Es como si Sampedro deseara que nos viéramos aún más miserables de lo que ya somos por obra y gracia de la selección natural. De Dios, añade él.

 

Una noche.

Soñé que corría hacia la intersección de Bella Vista y El Milagro. Al Parque de La Marina. Al pie del Mirador. Me perseguía una legión de búhos con cuernos y orejas de gato, enfurecidos, y cuando chocaban contra mí, como los pájaros de Hitchcock, se evaporaban en un fantástico fuego, en una curiosa explosión de cenizas que permanecían en el aire un largo tiempo. Desperté y de inmediato anoté el sueño en este cuaderno, sin objetivo aparente. Quizás signifique algo que nunca conoceré.

 

Continúo.

Mi padre llegó con una gata negra. Se llamaba Linda. La soltó por la sala y ella se apoderó de la casa. Los locos de la Ricardo Álvarez la bajaron de un Matapalos prehistórico que hacía de centro en el patio interno del sanatorio. Mi padre se las quitó antes de que fueran a comérsela. A los pocos días reparamos en que Linda estaba embarazada; había llegado así, pero ahora la barriga se veía inmensa y no la estaba pasando bien. Se quejaba. Andaba triste. Dejó de comer. En esos días se apareció mi primo Ismael. Sin cobres y sin ganas de nada. Era flaco, alto y mulato. Usaba pantalón de caqui y franela blanca. Siempre vestía igual. Tenía la mirada limpia, las manos grandes y fuertes. Su madre le dijo que tenía que estudiar medicina, pero él se negó. Su sueño era manejar una ambulancia. Se necesitaba talento y nervios de acero para llegar con los agravados vivos a las urgencias, justificaba así su elección. En esos días, pues, llegó mi primo Ismael. Le decíamos Mey y él nos corregía: «Llamadme Ismael». Y se echaba a reír. Y apenas entró, se quedó mirando a Linda. La cogió y la puso en su regazo. Aseguró que la pobre tenía fiebre. Que la fiebre se la producía una infección. Que de seguro tenía uno o varios gaticos muertos. Que había que llevarla al veterinario cuanto antes.

–¿Cómo sabes que tiene fiebre?

–Está inquieta y angustiada».

–Yo la veo deprimida y cansada.

–Tiene la nariz reseca  –añadió contundente. Le hice caso y llamé a mi papá a su oficina. Me dijo que Mey no era veterinario y que él no era rico. No hay cobres para gatos, remató y me dejó hablando solo. Mi primo Ismael dijo que en tal caso había que tomar medidas extremas. Me pidió dinero y salió a comprar éter, alcohol y gasas. Luego vació el costurero de mi mamá y cogió una aguja grande y el hilo más grueso que consiguió. Puso a Linda en la batea. La durmió. Me ordenó sostenerla patas arriba. Le limpió la panza con alcohol absoluto y la fue abriendo, lentamente, con una hojilla Gillette. Todos los gaticos estaban muertos. No recuerdo cuántos sacó. La limpió de nuevo y la cosió tan rápido como pudo. Era la primera vez que cosía algo en su vida. Por supuesto, era también su primera cesárea. Linda despertó antes de lo previsto. Se retorcía del dolor. Empezó a golpearse contra el piso. Contra las paredes. Y se le aflojaron los puntos. No podíamos agarrarla para dormirla otra vez. Y como temía, mi madre se presentó frente a nosotros con los brazos en jarra. Puso cara de horror. Botó a Mey de la casa. Respiró tan hondo como pudo. Se puso los guantes amarillos del lavaplatos, de esos que cubren casi hasta el codo y logró inmovilizar a Linda. Le torció el pescuezo con un movimiento firme y sereno. Linda no sufrió más. Yo no podía quitarle los ojos de encima a mi madre. Ella se dio cuenta. No me habló en todo el día. Metió a Linda en una bolsa de papel y la enterró entre sus tulipanes. Creo que era el único jardín, en toda la ciudad, que tenía tulipanes. Siempre paraba alguna señora a mirarlos y a pedir “semillas”. Mi madre lloró con disimulo hasta que empezó la telenovela de la noche. Mi padre anduvo furioso. Me dormí pensando en Linda.

 

 

El luto por Linda duró mucho. Mi madre no hablaba desde esa vez y siempre andaba como distraída y malhumorada. Algo malo le pasaba. Hasta que una noche se apareció el señor Enrique Velazco. Un tipo misterioso y cincuentón. Tenía los ojos como dos esferas armilares. Cuello largo. Cabello castaño, escaso y enrulado. De contextura delgada y mediana estatura. Se me parecía mucho a la tortuga D´Artagnan de Hanna-Barbera. Era un hombre nervioso. Usó el candado del portón para anunciarse. Odiaba los timbres eléctricos. «Ese es Enrique», dijo mi padre cuando oyó el golpeteo metálico contra el ciclón. Apagó el televisor y salió a recibirlo. Yo corrí a la ventana a mirar. El hombre se aferró a las manos de mi padre y llorando le dijo que las ratas habían vuelto. Que tenía que ir a expulsarlas. Recordé a El flautista de Hamelín e imaginé a las ratas caminando detrás de mi papá. El recién llegado no se calmaba. Mi mamá salió con un vaso de agua. Muda. Ni siquiera saludó. Sus ojos parecían agitados. Inescrutables. Mi padre se asustó con esa mirada de ella, perturbada, pero tuvo que irse con el señor Velazco a su casa infestada, un viejo caserón, en la 8 con la 60, que hacía frente con uno de los costados del liceo Udón Pérez. Tenía un tejado altísimo y vigas de madera. Piso de mosaicos antiguos, mugrientos y desdibujados. La sala olía a grasa. El señor Enrique Velasco era mecánico. Yo conocía el lugar porque a veces le llevaba las iguanas que cazaba en la Ricardo Álvarez. Él se las comía con un gusto que uno no sabía qué pensar. Imagino que su mujer salió desgreñada y apática a recibir a mi padre. Así la vi yo muchas veces. Gruñía el día completo. Mi padre estuvo de vuelta a la madrugada. Habló con mi mamá en la cocina. En voz baja: «Mañana le pido al doctor Tibaldo que  te ponga alguna medicina contra esa tristeza que cargas». Yo escuchaba y empecé a sentirme tan triste como mi madre. También sentí pena por mi padre, y hasta cierta culpa, porque suponía que todo era por Linda. La matamos entre ambos, yo primero, ella después. Mi padre le acariciaba las manos, las besaba; le preguntó si quería ir a Mérida, pero mi mamá decía que no con la cabeza y seguía llorando. La tristeza es insobornable. Mi padre nunca quiso entenderlo. Pensó que al tener casa y carro sería alguien. Y ella la mujer de alguien. Y eso habría de bastar: la suprema felicidad. Sin embargo, ella no se engranaba en los grandes designios que la fortuna les había dispensado. A la mañana mi afligida madre andaba ojerosa. Ni así siquiera se veía fea. Era pequeña, rellenita y de buenas caderas. Mi padre le decía que tenía las tetas más lindas de la parroquia y ella no sabía dónde meterse con la vergüenza que le daba. Sus ojos brillaban con una inocencia insólita, como si aún fuera una niña y su piel morena enrojecía de golpe... Más tarde seguiré hablando de ella, que es como hablar de mí. Por los momentos volvamos a la cocina donde está mi padre dispuesto a contarle ahora qué fue lo que pasó en el caserón fantasma del señor Velazco: «Ciertamente había un montón de ratas paseándose por las vigas del techo y hasta royendo y saltando de los muebles», dijo con un poco de asco, «pero la esposa me gritaba que las ratas se reían de ellos». Mi madre lo miró con repentino asombro. Ya solo gimoteaba. Mi padre continuó: «no te puedo asegurar que las ratas se estuvieran riendo, pero sí nos rodearon de una manera muy extraña. Doña Esther se tapaba las orejas y las reprendía como si fueran demonios y las bichas caminaban en torno a ella. Cuando vi eso, me asusté, no te lo niego, y de inmediato me puse a reprenderlas junto con ella. Andábamos en esas cuando entró el sobrino de Enrique disparándole a las ratas. Mató varias, claro que la mayoría salió despavorida. Después roció veneno por toda la casa. Fue una locura muy ruidosa. Los vecinos parece que están acostumbrados». Mi madre hizo un gran esfuerzo para sonreír. Mi padre la abrazó y le aseguró que pronto se sentiría mejor. Yo los miro en la distancia y sé que se amaban, pero se causaban mutua desdicha, lamentablemente.

 

Pasado unos días.

Estaba yo rellenando mi arepa esa noche, cuando mi padre anunció que viajaríamos a Disneylandia. El contento fue colectivo, exceptuando a mi madre que se quedó mirándolo. Hasta hoy no he podido interpretar ese gesto y nunca me atreví a preguntar: solo sé que no era nada bueno. Quizás le reclamaba que hubieran abandonado la lucha contra el Maligno, incluido mi hermano. Lo pienso porque la escuché murmurar, rabiosa, el asunto varias veces. Lo cierto era que mi padre se mostraba un poco inquieto en esos días. No paraba de hablar por teléfono y apenas si atendía a la melancolía de mi madre. Tiempo después me enteré de que había hipotecado la casa para comprar dólares. El doctor Tibaldo tenía un hermano que era vice ministro y lo puso al tanto de una devaluación que estaba en ciernes. Fuimos a Disney varias veces, cambiamos el carro otras tantas, al punto que ya no hubo ninguna emoción al respecto, pero antes de que todas esas cosas sucedieran, mi madre estaba cada vez más afligida y encerrada en sí misma. Esa noche, acabada la cena, mi madre estuvo hasta la mañana lavando los platos una y otra vez mientras todos dormíamos. Mi padre la hizo acostar, al fin, y nos llevó a la escuela. Pasados unos años, cuando ya tuve cierta edad, mi padre me contó que al regresar a casa, en esa ocasión, mi madre seguía despierta. Estaba sentada en la cama y se veía muy frágil. Le dijo que estaba cansada no sabía de qué, solo deseaba cerrar los ojos y dormir. Mi papá la hospitalizó en la Ricardo Álvarez para una cura de sueño. Esa semana fue un agujero negro en la casa. Sentíamos que algo nos tragaba irremediablemente. Lo terrible no era la ausencia de ella, sino que ese algo se constituía en una amenaza espantosa. Mi padre se dio cuenta del espantajo que nos envolvía y adelantó el viaje a Disney. Hizo los arreglos para que mi madre pasara una semana más en la clínica descansando. Después de todo, el personal de enfermería y los médicos eran sus amigos y se encargarían de que estuviera lo mejor posible. Y cuando por fin estuvimos de vuelta y la buscamos para llevarla a casa, nos sorprendió que al abrir la puerta de su cuarto, el número 23, la encontráramos sentada en medio, como ida, mirando las paredes y el techo que los había tapizado, literalmente, con dibujos de tulipanes, hermosos. Mi padre le preguntó, asustado, quién había hecho esos cientos de dibujos y ella dijo, sin mirarlo, que se había pasado todo el tiempo dibujado. «No sabía que dibujaras tan bonito», recuerdo que le dije asombrado y ella, de lo más tranquila, me explicó que ese don lo había heredado de su papá Efraín. Mi mamá adoraba su jardín de tulipanes y fue la única manera que encontró de volver a él, pensé, pero no se lo dije a mi papá porque él jamás entendió nada de lo que le pasa a uno por dentro.

Cuando mi madre estuvo de vuelta asumió sus rutinas con normalidad. Yo sabía que esa normalidad no lo era tanto. Ella estaba en otra parte. Puede que se quedara en la habitación 23. Y ese primer día de su llegada, después de la escuela, le pregunté si podía enseñarme a dibujar. «Se aprende a mirar, no a dibujar», me dijo medio ausente. Fue hasta el enorme closet de caoba que le hizo construir mi papá hacía poco, y sacó de un escondrijo un pergamino enrollado y lo desplegó frente a mí: «Es copia de una obra de un pintor japonés, Yoshihide, que hizo tu abuelo Efraín a solicitud del Chino Hung. Fueron muy amigos. Tu abuela le tenía mucho miedo porque se llama El biombo del infierno, y hasta le pidió que lo botara. Él me lo regaló a condición de que debía esconderlo». Yo me quedé mirando el dibujo y en medio había un carruaje en llamas que parecía caer en el vacío, y dentro iba una noble dama, con los pelos revueltos, luchando contra el fuego, con expresión de horror. La mujer era igual a mi madre y se lo dije casi atribulado. Ella respondió, sonriendo, que mi abuelo había pintado la cara de la abuela Rosa, que bastante se parecía a ella, porque la original no le gustaba y como él era incapaz de inventar, usó a la abuela de modelo. Luego enrolló el dibujo y me lo obsequió. Yo lo clavé en la puerta de mi cuarto. Al día siguiente, al volver de clases, la conseguí sentada en el jardín comiendo tulipanes. No le dije nada a mi padre y evité que mis hermanos lo hicieran. Sostenía un bloc donde había dibujado a todo el que pasaba por frente de la casa, pero con cara de zorro: la señora Barragán, el taxista Pedro, doña Ana, Rafael, el mecánico; en fin, a todos les puso cara de zorro, sin excepción.

Mi padre acaba de llegar de Miami cargado de ropas, juguetes y perfumes. Mi madre estaba cada vez más delgada, nerviosa, tímida, temerosa; pasaba muchas horas en su jardín y se había vuelto muy sensible. Su desmejoramiento era evidente, pero de su interior emanaba una extraña energía que yo podía captar, como si me hablara, o de cierto tipo de transmigración hacia mí. Puede que me estuviera convirtiendo en ella. Cada vez la sentía con más fuerza. En esos días, en medio de su jardín de tulipanes, dijo que me cuidara de los kappas, seres cubiertos de escamas con cara de tigre y pico puntiagudo: «Si te ven desprevenido en la calle te arrastrarán a la muerte; siempre están al acecho». Nunca entendí del todo lo que quiso decirme, ni sabía yo quienes eran esos tales kappas, creí que se trataba de un desvarío suyo, hasta que comencé la universidad y un profesor de literatura japonesa nos dijo que Yoshida Taiji, un sabio nipón, había comprendido que los kappas representaban la maldad esencial de la especie humana. Estos seres míticos le susurraban, a mi madre, por entre los tulipanes. Lograron turbar su vida. Y ahora amenazaban la mía.

 

El beso.

Ni mi padre ni mi hermano volvieron a luchar contra los demonios. Y mi madre murió el 24 de julio de 1987. Antes de acostarse a leer su biblia, ingirió una fuerte dosis de cianuro de potasio y pasó por mi cuarto a decirme que solo tenía dos opciones: «O te dejas coger de los kappas o te vuelves exorcista». Me besó en la frente y me dio un largo abrazo. Creo que lo mismo hizo con mis hermanos. Ese algo que me puso a pensar una vez en un agujero negro que nos engullía, tomó entonces contornos precisos. Estaba allí frente a nosotros y ni siquiera así mi padre pudo entender lo que había pasado y lo que pasaría. Y cuando ella salió de mi cuarto no tuve más remedio que echarme a llorar. Me había traspasado su memoria. Me convirtió en una versión lacustre del joven Vilnius, a quien cuyo padre le transfiere la memoria para que pueda vengarlo. No sé si mi madre me exigirá, algún día, cierto ajuste de cuentas, pero esa noche noté que sus labios estaban congelados y que andaba tranquila y hasta feliz porque todo parecía haber llegado a su final. Mi padre apagó las luces como siempre y se echó a dormir a su lado.