• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Un viaje azul

Detalle Claro de Luna

Detalle Claro de Luna

El próximo 6 de diciembre, la Sala Trasnocho Arte Contacto inaugura la muestra de los sensitivos textiles que, desde hace 29 años, María Eugenio Dávila y Eduardo Portillo crean desde el Taller Morera, en el estado Mérida.  El texto que se ofrece a continuación pertenece a los dos artistas. La muestra estará abierta al público hasta el próximo 27 de enero

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El azul, color de múltiples significados, es también el color de la esperanza. Todos los días amanece y nos acompaña el azul del cielo, del mar y de las montañas a la distancia.

Vemos el azul en la mañana, por la tarde se  transparenta con el blanco y el amarillo. Con la noche se oscurece y  con la luz de la luna sigue un aire azul. Con las estrellas, en el alba, cuando ya casi amanece, el azul siempre está allí.

Hace ya diez años, en 2002, nos encontramos con el azul del índigo, y trazamos  líneas de viaje para ver el color de los pueblos del sureste de Asia, de los hombres azules del desierto, de  los tejidos andinos y del blue jeans, el eterno azul.

El índigo ó añil se obtiene de diversas plantas que contienen “indican” y es la Indigófera tinctoria L la más utilizada. Como es insoluble en agua, se requiere de un medio alcalino y de un agente reductor para hacerlo soluble; entonces el baño toma un aspecto ambarino, la fibra se sumerge en él, luego se extrae y al contacto con el aire el índigo se oxida y retoma su color azul.

En la antigüedad, debido a su complejo proceso de preparación, el baño de índigo se restringió a manos de especialistas. Su transformación desde el amarillo verdoso a infinitos azules estaba lleno de magia y rigor.

En Venezuela aún se encuentra en forma silvestre la planta base de lo que fuera una importante industria para el país a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX: la pasta de añil.

En los Páramos de Mérida permanece el  recuerdo del uso de este tinte en sus cobijas  de lana.

El descubrimiento del índigo sintético, en 1880, revolucionó la forma de obtención del azul en el mundo, reemplazando en pocos años el uso del añil natural. 

Hoy en día la cultura del índigo se mantiene en comunidades tradicionales de Asia, África y Latinoamérica y en un universo de artistas contemporáneos que ven en su proceso una síntesis de la historia, la cultura y la vida.

En las montañas del suroeste de China, donde la dorada luz de la tarde baña los arrozales de sus infinitas y empinadas terrazas plantadas de arroz, el pueblo Dong viste de azul intenso, casi negro, un algodón convertido en papel impermeable luego que sus telas teñidas en índigo pasan por un lento y fascinante proceso de inmersión en el zumo de algunas plantas y por su exposición sistemática al sol.

En el noreste de Tailandia, el índigo está lleno de superstición y alquimia. En cada hogar la receta para su preparación es diferente, es secreta; agregan panela, azúcar, piña, tamarindo, licor; lo prueban, lo huelen, lo mantienen “vivo”. Allí todas las manos son azules, por un instante todo es azul.

En el sur de la India aún funcionan algunas haciendas de índigo, donde el rítmico “baile” de cuerpos azules en las piscinas de añil oxigena el extracto que se obtiene y que luego debe ser procesado hasta conseguirse la pasta para teñir.

En Los Andes, en África, en Japón, el arte, el estudio, la búsqueda, el ensayo y error están presentes en cada baño de azul.

Viajar tras el índigo puede ser en sí motivo de toda una vida, cada “baño” es distinto, cada visión es única, hemos optado por tratar de encontrar nuestro propio azul.

Luego de esta intensa experiencia, entrelazamos el azul con los hilos de nuestras búsquedas para luego hacerlas entrar en el telar.

Tras una pausa necesaria hemos retomado el placer encontrado años atrás, explorando el arte del teñido en índigo, sumergidos en sus baños una y otra vez, y lo llevamos a estructuras textiles que nos emocionan y que se entretejen para acercarse a momentos azules de todos los días, la noche, la luna, el cielo, las nubes, el amanecer, el anochecer, momentos de todos, momentos llenos de azul.

Hemos tratado de fundir en el azul la seda de Mérida, el moriche del Delta del Orinoco, la lana de Los Andes y el algodón, teñidos en índigo, complementándolo con otras fuentes naturales de color (cochinilla, eucalipto y cebolla) y con hilos metálicos.

El espacio lo construimos mediante bloques y mosaicos que nacen del Kriple tejido, que se basa en el entrelazamiento de tres capas de hilos de la urdimbre avanzando simultánea e independientemente en el tejido de cada una de ellas, por lo cual se debe tejer tres veces el largo de la pieza que se obtiene.

Los distintos azules y sus combinaciones se develan mediante el taqueté, estructura de tejido muy antigua, fundamentada en la disposición de secuencias de grupos de hilos en tricromías o cuatricromías, en la trama o en la urdimbre.

Hoy celebramos un encuentro, una visión azul del mundo, del azul universal del índigo, navegando con una lectura personal en el imaginario colectivo de algunos momentos del día y tratando de hacerlos entrar por un espacio del amplio mundo textil.