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Del verbo onírico al mundo sensible

André Breton

André Breton

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Este tránsito, y su regreso, sin la censura de la conciencia es la esencia del surrealismo. Los grandes poetas lo han vivido y sufrido, pero nunca lo han resuelto. El surrealismo, de manera imaginativa, buscó una salida: la escritura automática, la que fluye sin alcabalas y conforma el texto, el poema. Trascender este abismo fue la titánica y bella tarea que se propuso esta vanguardia, apegada a las pulsiones de Nietzsche. Dieron vida a hermosos poemas y obras de arte inmortales.

¿Qué ocurrió con el surrealismo después de la Segunda Guerra Mundial? ¿Cómo fue utilizada la palabra? ¿Qué designaba? Las respuestas son en general desoladoras, porque al nihilismo creador, a la obsesión por el inconsciente y su tránsito a la vida consciente, la vigilia y el sueño entrelazándose, le sucedieron supuestos “surrealistas” que confundieron el “terrorismo alegre” de la vanguardia, por extravagancias y necias irreverencias. Pero, es verdad, algunos crearon obras auténticas.

Después de 1945, muchos críticos, escritores o artistas decretaron la muerte del surrealismo. Había que dar lugar a otros movimientos, a nuevas etiquetas –el existencialismo, el estructuralismo, el arte abstracto, la novela de la mirada, la nueva ola, el rock, el arte pop, el video clip publicitario– había que lanzar al mercado la cultura de los productos renovables y perecederos. A fines de la década de 1980, cuando los medios de comunicación se volvieron triunfales y los regímenes comunistas exhalaron su último suspiro, los periodistas, a los que el gran público enseguida siguió, sacaron de la galera la palabra “surrealista” para referirse a acontecimientos increíbles o paradójicos, comportamientos extravagantes o sin pies ni cabeza. Recuperaron la palabra pero sin aprehender la cosa. De este modo no es asombroso que la rosada aurora renacida con el fin del socialismo o del comunismo, confundiendo libertad con libertinaje, celebrara el desorden o la anomia moral, intelectual y estética, y haya dejado aflorar una farsa del alma surrealista. Y en los pocos países cuyo proyecto es un remake de utopías totalitarias, la creación artística libre se manifiesta en panfletos “realistas y heroicos”, en museos donde cuelga cualquier desecho o en graffiti “revolucionarios” del ultra hombre y de esperpentos que ofenden a nuestros ancestros. Bajo estas tierras “patrias” el burgués surrealismo yace en una tumba oscura.

Del duermevela al mercado. La histeria y la neurosis obsesiva desaparecieron, pero eso no impidió la proliferación de psicoanalistas. Inventado en 1918 por los confabuladores Breton y Vaché, el surrealismo se consumió en las acciones improvisadas del mayo francés de 1968: ¿nuestra mentalidad actual conservó huellas del único movimiento poético de envergadura del siglo? Podemos responder esta pregunta indirectamente si comparamos las costumbres surrealistas con las nuestras. Los surrealistas sustituyeron los denominados vínculos naturales de la familia, de la patria o de la religión por relaciones pasionales y excepcionales. Elegían a la persona amada y constituían un grupo aparte de individuos libremente asociados. Es simbólico que el acto surrealista más elemental consistiera en no pertenecer a la multitud. Se ha comprobado que el grupo surrealista no le dio de comer al partido de la Revolución. Ahora bien, a este inconformismo hoy le responde un conformismo generalizado, militante e integrador, perfectamente ilustrado en los eslóganes y la cantinela que rechaza la exclusión. Sin insistir en el debate iniciado por Tocqueville sobre la libertad y la igualdad en democracia, no hay dudas de que los surrealistas, que se excluían de la sociedad y excluían del grupo a algunos de los suyos, eran rebeldes preocupados por la libertad, creadores celosos de su independencia y no defensores de la vivienda barata populistas, apóstoles de la igualdad de oportunidades o misioneros del amor universal.

Los dadaístas y los surrealistas le pusieron bigotes a La Gioconda, ridiculizaron el buen gusto burgués o francés, injuriaron a los literatos y a los periodistas. Pero estos nihilistas fueron activos, esos “terroristas alegres” inventaron la escritura automática o el poema-objeto, estos “bribones prometedores” experimentaron el “juego desinteresado del pensamiento”. En suma, al encarnar la modernidad, el surrealismo arrolló pedazos del pasado y edificó su propia ciudad soñada. Por supuesto que existen restos de este estado espiritual conquistador teñido de impertinencia en la formidable falta de sensibilidad de las relaciones humanas contemporáneas. Sin embargo, “la sociedad del espectáculo y de la mercancía”, según la expresión que se utiliza ahora, sólo retiene de lo maravilloso los imaginarios de cartón piedra de Disneyworld y de Eurodisney, o de la ciencia ficción barata. Cuando Louis Aragón alababa “el uso desordenado y pasional de la image estupefacta”, dicho de otro modo “el vicio llamado Surrealismo”, no pensaba para nada en una avalancha de clips publicitarios, en un exceso de técnicas sofisticadas, en una exhibición circense virtual contemplada por un rebaño compacto, sino en un uso individual de la imaginación. Más grave, una burbuja artística, hermana menor de las burbujas financieras e inmobiliarias, es inflada por los vientos especulativos. Artistas y escritores son alzados a un podio y mantenidos atados por una correa; las artes y una literatura esterilizadas son magnificadas y controladas por la bolsa, las instituciones y los medios de comunicación, en el mundo del lucro por el lucro, los fuertes países corporativos.

El realista, capitalista o socialista, idealista, o materialista histórico, no supera los datos de la experiencia, que le parecen intangibles y miserables. Mientras se fija en el aquí y el ahora, el surrealista transfigura el curso de la historia. La imagen radioscópica del mensaje automático “Hay un hombre cortado en dos en la ventana” en primer término señala que la voz surrealista le plantea un enigma al poeta. Luego, inmerso en un bosque de signos, el surrealista es iluminado por un encuentro. La maravilla surge en una iluminación. De este modo las palabras llaman a las cosas y los acontecimientos responden a la espera del que acecha la imagen poética, inmaterial: la palabra del poeta ha transformado, descarnado las cosas rutinarias. La maravilla se abre paso.

Tras la memoria del olvido. En 1929, Breton enuncia una definición decisiva del surrealismo: “todo induce a creer que en el espíritu humano existe un cierto punto desde el que la vida y la muerte, lo real y lo imaginario (...) dejan de ser vistos como contradicciones”.

Dos años más tarde, este punto del espíritu humano se vuelve concreto. Breton localiza en las gargantas del Verdon, en Francia, el mirador del Punto Sublime. Pero la determinación de los lugares sublimes, de las duraciones atrayentes y de los deseos imposibles no está terminada: “La eternidad busca un reloj pulsera/ Un poco antes de la medianoche cerca del muelle”.

A propósito de este punto único, donde se fundirían el sueño y la realidad en una sobrerrealidad sublime, recordemos que Freud, en su Análisis terminable e interminable (1937), admitió, además de la existencia de actividades autónomas del yo, es decir del sujeto, que este podía gozar del placer de ejercerlas (las actividades autónomas) por sí mismas, de modo independiente, lo que abría una brecha entre quienes ligaban y ligan necesariamente la producción en las artes y en las letras con los materiales primarios, con la materia. Esto contradice al llamado “materialismo dialéctico” y al mismo materialismo histórico, refaccionado por las corrientes post marxistas. El pensamiento abría pues, además, de una conexión con el mundo sensible, la posibilidad de generar imágenes autónomas. El materialismo histórico aquí se hace trizas. Creo que en la vida de ciertos artistas y poetas esto se ha dado más de una vez, dejándonos obras imperecederas. Piénsese en el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, cuya aura va más allá de lo sublime. Y en algunos poemas de Hölderlin, Novalis, Rimbaud y Baudelaire, por una parte, y John Donne, y William Blake. Entre nosotros los venezolanos se leen con recogimiento poemas de Ramos Sucre, Eugenio Montejo y Rafael Cadenas, cuya luminosa aura brillará siempre más allá del bien y del mal, más allá de toda materia cósmica. Son las partículas de los dioses.