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Una “ventana indiscreta” a lo Mariana Rondón

La directora de Pelo malo, Mariana Rondón, junto a la productora de la película, Marité Ugás, recibiendo La Concha de Oro por Mejor Película en el Festival de San Sebastián en 2013 | Álvaro Barrientos

La productora de "Pelo Malo", Marité Ugás, junto a Mariana Rondón, directora del filme, recibiendo La Concha de Oro por Mejor Película en el Festival de San Sebastián en 2013 | Álvaro Barrientos

“Pelo malo’ está hecha desde el contexto venezolano, sin pretender ni sabotearlo ni dejarlo de lado (…) pero también es cierto que sobrevive una historia que sí es universal”

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El preestreno de Pelo malo en Barcelona, España, que fue a su vez la primera muestra de la premiada cinta en circuitos comerciales, fue el marco para conversar fluidamente con la directora Mariana Rondón, en compañía de Marité Ugás, encargada de la producción y el montaje de la película.

Para romper el hielo empecé por la última pregunta:

—Aymara Arreaza R.: ¿Cómo llevan la avalancha de premios? ¿Cómo los digieren?

Mariana Rondón: Bien, muy bien, con placer, sin culpas. Hemos gozado sin ningún pudor –comentó sonriente–. Se ha movido la película en festivales muy interesantes con competencias muy complejas.

—A. A. R.: ¿Cuál es el punto de partida de Pelo malo?

M. R: Hay dos ejes fundamentales en la película. Uno es la violencia. Me interesaba revisar la violencia desde el lugar más íntimo, desde los gestos, las miradas, pero al mismo tiempo desde el hogar, ese lugar donde no necesariamente debería estar esa violencia, pero está. El otro tema que me interesaba mucho era el respeto a las diferencias, al otro.

—A. A. R.: Como espectadora reconozco varias capas de información. Por un lado, la historia de Junior y su madre y, por otro, Caracas. ¿Cómo hilvanas esas capas que van desde un gran macro, donde enmarcas la película, hasta la intimidad del personaje protagonista?

M. R.: Sí, hay muchas capas. Fue fundamental preguntarme cómo ir entrando una y otra vez en cada una de ellas. Cómo ir profundizando, cómo ir mostrando mucha piel y entrar a esa piel.

—A. A. R.: De hecho, hay muchos detalles que van dando pistas. ¿Destacarías alguno?

M. R.: Empiezo desde lo más primario –contestó la cineasta recurriendo a un detalle–. Un espejo que te devuelve una imagen donde tratas de reconocerte, donde mis personajes tratan de reconocerte o reconocerse. ¿Qué tan presente está ese espejo, ese “pelo malo”, ese identificarse o no identificarse? ¿Qué tan presente está ese reconocer o no reconocer lo que eres, ese pelear contra lo que eres, contra tu identidad, contra lo que somos o por lo que somos?

 

Espacios íntimos y públicos

A. A. R.: En Pelo malo los espacios también relatan mucho  –dije rescatando la fuerza de la mirada que se detiene en diferentes atmósferas.

M. R.: Mi intención fue mostrarlos desde el lugar más íntimo –agregó pensativa–. Ir desde lo más adentro hacia fuera, a esos espacios públicos que son los bloques. Abrí un espectro muy grande y los volví simbólicos. Para mí era muy importante mostrar los bloques como esa arquitectura que surge a finales de los años cincuenta con la modernidad (la herencia de Le Corbusier, de la ciudad utópica, de la ciudad jardín) y preguntarme qué pasó con las utopías sociales.

A. A. R.: La trama teje los espacios íntimos y públicos. Toda una red.

M.R.: Hay una aguja muy fina –puntualizó Mariana y recreó una figura– que va entrando desde la imagen que se refleja en el espejo y pasa del espejo a la habitación, de la habitación a la casa, de la casa al apartamento, del apartamento al pasillo, hasta llegar al edificio y finalmente ver la ciudad. Estoy abriendo una línea de muchas capas que van tratando de hacer lecturas cada vez más amplias o de devolver preguntas más amplias sobre la sociedad.

A. A. R.: ¿Qué respuesta darías a la pregunta de qué pasó con esas utopías a partir del marco que muestras con la película?

M. R.: Yo devuelvo imágenes convertidas en preguntas, y mi pregunta es hasta dónde se puede seguir. ¿Hasta dónde se construye, desde lo más elemental, desde la arquitectura de ese hogar del proletariado, hasta la construcción de un mundo que supla las necesidades de la gente, sin revisar qué pasó con toda esta historia, qué pasó en estos cincuenta o sesenta años? ¿Se ha revisado eso para construir este nuevo futuro?

A. A. R.: Valiosas cuestiones y muy pertinentes —comenté mientras pensaba en el sólido andamiaje teórico y humano de esta directora.

M. R.: No tengo respuesta –dijo reflexiva–, pero sí quería que mis imágenes fueran preguntas a compartir. Preguntas que tenemos que discernir todos. Y yo no tengo respuesta porque no quiero imponer una visión, sino que quiero abrir un espacio de discusión. ¿Qué pasa con nuestros espacios urbanos? ¿Qué pasa con las utopías sociales? ¿Qué pasa con todo esto?

A. A. R.: Hay una escena fascinante. Se trata de Junior y la niña en el pasillo adivinando lo que cada uno ve en los superbloques de enfrente. Rescatas no solo el juego, sino lo que sucede en cada uno de esos hogares –afirmé, desvelándole a Mariana una de mis escenas preferidas.

M. R.: Sé lo que significa vivir dentro de un bloque y lo que significa esa inmensidad de historias dentro de un mismo lugar.

A. A. R.: ¿Te interesa la visión de la infancia?

M. R.: Me interesa cómo se genera el gesto infantil, que pasa, por supuesto, por la madurez de un trabajo estético que está siempre presente en la obra.

 

Sobre las recepciones mundiales

A. A. R.: ¿Pelo malo es una obra construida a partir de muchas referencias?

M. R.: La película está llena de muchísimas referencias. Sobre todo a fotógrafos. Deambula por Nan Goldin, entre otros, pero sobre todo siempre está contestando al espacio mismo, y casi siendo documental, de ese espacio caraqueño. Dialogando con Caracas.

A. A. R.: ¿Qué podrías decirme de las diferentes recepciones que ha tenido Pelo malo, según el contexto en los que ha sido proyectada?

M. R.: Se me ha devuelto universal –aseveró Mariana respirando profundo para dar una respuesta larga–. Pero cambiando según el contexto. Una de las últimas sorpresas fue la semana pasada en Estambul. Un señor del público se paró y estuvo media hora hablando sobre lo que le había desatado la película sobre política y religión. Esa era la que me faltaba. Esa era la única que no me habían comentado todavía, porque la de que es una película racista, y la sexualidad es un detalle al que no le prestan la mínima atención, ya nos pasó. Es una historia sobre el racismo, y el tema de la homosexualidad es un detalle. El tema de la sexualidad y lo que le pasa a la madre es parte de los prejuicios generales. Para Brasil y Argentina es una historia absolutamente política y de conflictividad, de radicalización, de violencia social en los espacios íntimos. Los europeos la ven mucho más desde el contexto de la sexualidad. Sí, ven un contexto, pero para ellos el conflicto está en la homosexualidad, si es o no es. Esa es la pregunta casi desesperada que le hacen a la película, de por qué no contesto eso. Teniendo en cuenta que para mí esa no es la pregunta ni por casualidad y ni me importa.

A. A. R.: ¿Tienes alguna intuición de cómo será recibida la película en Venezuela, con todos los premios que ha recibido y las buenas críticas? –señalé poniendo sobre la mesa una de las inquietudes más grandes.

M. R.: Es una gran curiosidad –suspiró–. Creo que, en principio, debe y va a pasar lo mismo que ha pasado en otras partes del mundo, y es que la película tiene el espacio suficiente para que cada espectador busque ese lugar desde dónde verla, desde dónde pararse. A mí me ha pasado también con algún venezolano que ha visto la película y no contempla lo de la homosexualidad, que la ve más desde el lugar político.

A. A. R.: Cuéntame más sobre tus impresiones.

M. R.: Creo que va a pasar como en todas partes. La película tiene una línea inevitablemente universal, y me refiero a la relación madre e hijo, que sí es lo que yo buscaba como eje central de lo que significa el respeto al otro. Ya después llegan las individualidades que tienen que ver con la experiencia propia de cada uno. Eso es lo que me aventuro.

—Marité Ugás: Una cosa no anula a la otra, sino, por el contrario, suma, suma hasta atosigarte.

A. A. R.: ¿Qué destacarías de la Venezuela contemporánea que refleja la película?

M. R.: Pelo malo está hecha desde el contexto venezolano, sin pretender ni sabotearlo ni dejarlo de lado. Está clarísimamente posicionada en Venezuela. No hay lugar a dudas. Las noticias las elegí de las que estaban ocurriendo en ese momento en Caracas, es decir, dejé todas las señas habidas y por haber para dejar claro el momento histórico, el contexto, pero también es cierto que sobrevive una historia que sí es universal.

A. A. R.: Una de las grandes virtudes de Pelo malo es que habla de lo identitario y de la situación política y social, pero se fuga por una historia muy personal. Me refiero a los juegos de los niños. ¿Me podrías comentar los gestos mínimos y los guiños a las artes plásticas en la película?

M. R.: Hice una exposición a partir de esas imágenes y muchas otras. Estuvo en Caracas en la Sala Mendoza y estará en Francia desde finales de marzo. La exposición está montada casi como si el espectador fueran los mismos niños de la película descubriendo el universo que hay enfrente.

A. A. R.: ¿Es una exposición fotográfica?

M. R.: No, son videos. Es una proyección muy grande del gran bloque. Entra el espectador con una hoja de papel vegetal y empieza a buscar en el espacio y a conseguir el plano cerrado, el plano íntimo de lo que está pasando allí. Además, hay un sistema especial de sonido casi como si te susurrará al oído lo que está pasando en el balcón de allí al frente.

A. A. R.: Una “ventana indiscreta” a lo Mariana Rondón —dije recordando a Alfred Hitchcock.

M. R.: Siempre será un homenaje a Blow Up o La ventana indiscreta, como el cine mismo.

 

Sobre los personajes

A. A. R.: Cuando vi Pelo malo recordé varios filmes. La niña, la amiga de Junior, es una Little Miss Sunshine a la venezolana.

—M. R.: Ella es así –reconoció Mariana sonriendo–. Todos los actores son muy diferentes a sus personajes, pero ella sí se parece. Hicimos un trabajo largo de construcción del personaje. Samanta es muy distinta a Marta, Samuel es muy distinto a Junior y Nely, la abuela, también es muy distinta.

A. A. R.: Tres modos de vivir el tiempo venezolano. Me refiero al niño, la madre y la abuela. ¿Qué te interesa destacar de este abanico de generaciones?

M. R.: No me lo había planteado nunca como esas tres generaciones. Para mí ellos son el triángulo del poder. El trabajo de ensayo tenía que ver con cómo se rotaba el poder entre ellos, cómo miraba cada uno al otro. La relación de poder abuela-madre era muy importante sobre el niño y cómo él trata de escabullirse de esas situaciones. Pensaré lo de las tres generaciones –concluyó.

A. A. R.: Tres deseos distintos que es donde está precisamente el conflicto...

M. R.: Por eso hacen este triángulo del poder. La abuela es un personaje que está labrando para su propia necesidad.

A. A. R.: Sí, es un personaje entre oscuro y bueno. ¿Cómo encontraste esta actriz?

M. R.: Ella fue la cantante del primer grupo Madera. El grupo tuvo un accidente, pero ella no fue a ese viaje. Fue la sobreviviente de ese grupo Madera.

A. A. R. Qué buen acierto recuperarla para este papel. Además, qué hermoso homenaje.

M. R.: Uno de los trabajos más grandes de la película fue simplificar siempre. Quitar todo aquello que no fuera necesario. Eso pasó desde el guión hasta el final.

A. A. R.: ¿Cómo fue el trabajo en el 23 de Enero y el Simón Rodríguez? –pregunté refiriéndome a los escenarios de la película.

—Es muy común filmar en los bloques. Nosotras entramos a trabajar y dos meses antes estaban filmando una película en los mismos bloques. El cine venezolano usa mucho estos escenarios.

A. A. R.: Pero en Pelo malo la presencia de estos edificios es muy contundente.

M. U.: Los bloques son un personaje.

M. R.: En esta película, la ciudad, la calle, los bloques son el contexto inevitable de estos personajes.

A. A. R.: En la estructuración dramática, ¿qué te llevó a suprimir la información de lo que sucedió en carnaval con Junior?

M. R.: A mí lo que me permite esa seña es que el espectador estructure dentro de la historia de la película algo que tiene que resolver y que marca un poco lo que yo decidí como directora. Dejo esos espacios para que veas qué es lo que te importa de esta historia, desde qué lugar. Y digamos que ahí está el primer anzuelo. Es una película que no te da respuesta, sino que te interroga como público.

A. A. R.: ¿Cómo llevas las etiquetas de la película?

M. R.: Si soy consecuente con que mi película es sobre el respeto, tengo que respetar lo que cada uno piense de ella. Yo lo que sí dejé fue muchos elementos allí puestos para que eso exista. Ese es el espacio de libertad: convivir con las múltiples visiones que puede haber en una obra de arte. Sin embargo, creo que queda bien claro, independientemente de lo que piensa y diga la gente, lo que estoy tratando. La línea del respeto al otro y la indefensión del que es sobrepasado por ese irrespeto está clarísimo.

A. A. R.: ¿Qué vínculos con la sociedad venezolana harías con los personajes femeninos?

M. R.: Toda la película representa a muchas mujeres, casi como el matriarcado venezolano, latinoamericano, donde hay una ausencia de hombres evidente. Los hombres no están allí cuidando a los hijos por múltiples razones, pero sí están todas esas mujeres criando a esas nuevas generaciones. Cada una de ellas es sobreviviente de distintas vicisitudes. Perla es la sobreviviente del culto a la belleza, y Marta es la sobreviviente del culto al poder. Puedo dibujar una venezolanidad desde el culto a la belleza, pero también desde el culto al poder en esas mujeres.

A. A. R.: ¿Estás trabajando en un nuevo proyecto?

M. R.: Sí –afirmó la directora y artista con entusiasmo–. Lo produciré yo y lo dirigirá Marité. Siempre que termino una película digo que no habrá niños. Espero que esta vez sí sea verdad. ¡Lo que pasa es que ellos son muy metiches!