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El valle sin amos de Luis José Oropeza

“Venezuela: fábula de una riqueza. El valle sin amos”, Luis José Oropeza

“Venezuela: fábula de una riqueza. El valle sin amos”, Luis José Oropeza

Artesano Editores y Cedice acaban de presentar Venezuela: fábula de una riqueza. El valle sin amos, de Luis José Oropeza, ensayista y profundo conocedor de la realidad política y económica nacional. La edición incluye un prólogo de Guillermo Morón

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El libro de Luis José Oropeza Venezuela: fábula de una riqueza. El valle sin amos comienza advirtiendo, como si fuera la entrada de un oráculo, que “la utopía ha sido, pues, el santo y seña de nuestros anales”.

Alude el texto a ese encantamiento mágico que nos ha encadenado a la fábula y a la narrativa fantástica, y que luego nos ha castigado con la nostalgia y el resentimiento. Nostalgia por un pasado que imaginamos pleno, y desencanto por un presente en el que no damos la talla. Y así, buscamos afanosamente a un culpable y un redentor.

El primero, para tener un alter corporizado a quien echar en la paila de los sacrificios, y el redentor para entregarle, una y otra vez, la conducción de nuestros destinos. El drama que nos cuenta Luis José Oropeza es seminal. Y es que desde el principio cohonestamos una narrativa que era un engaño y una evasión. Un esfuerzo taimado para no hacer lo debido, pero también para reírnos a carcajadas de la simpleza del otro, el pendejo, que está condenado a ser la víctima, pero que algunas veces se levanta para ser el victimario.

 Por eso el autor se traza como un deber moral “encontrar, desde una visión más eficaz, real y transparente de nuestra sociedad, maneras distintas de involucrarnos con nuestras propias evidencias y, a partir de ellas, emprender un análisis sustentado sobre paradigmas más concretos, modos más genuinos y constructivos de concebirnos y de mirarnos a nosotros mismos”. Oropeza exige, nada más y nada menos, que dejarnos de mentir. Invoca una madurez republicana, que nunca llegamos a tener, para echar el cuento tal y como es, dejar el mito y enfrentarnos a una realidad donde lo que hemos hecho no es, y por lo tanto, todo está por hacer.

 Cuando se van pasando las hojas del libro surgen preguntas sobre cómo ha sido posible que por más de quinientos años “hayamos edificado una sociedad subyugada y sometida a la fábula y el mito: el encuentro del paraíso celestial de los delirios colombinos; El Dorado de los conquistadores y el valle avileño poseído por unos amos insignes con gorguera y casaca, de cuyo seno surgiría la obra y el testimonio de no pocos de los más logrados espíritus que van a traer la libertad a todo un continente”.

La segunda pregunta crucial es ¿cómo nos las creímos? ¿Cómo viviendo nuestra realidad elaboramos esa versión donde abundaba riqueza, desmesura, y fueros, cuando lo que realmente existía era todo lo contrario?

Algunos estudiosos de la psicología aludirán a esos procesos compensatorios donde lo chiquito se transforma en portentoso, y la pobreza en riqueza insondable. Pero lo cierto es que en nuestro inconsciente colectivo hay una marca originaria, un pecado inicial en la mentira, la exageración, la inversión de la realidad, el delirio…todos ellos adobados por la sombra tenebrosa del autoritarismo y la exclusión social.

Oropeza busca causas y encuentra una de ellas en una imposibilidad asumida voluntariamente cuando “nos resistimos, además, a concebir la riqueza en su expresión intangible más copiosa y renovada, traducida en su dimensión más inestimable: aquella que, por la multiplicación infinita de sus repercusiones, se recoge en el resguardo de las instituciones y las leyes. Y si alguna trasgresión al espíritu de nuestros códigos se constata en las maneras colectivas de nuestros comportamientos más insanos es la violación permanente y cotidiana del derecho de propiedad en Venezuela”.

Así denuncia el autor nuestra preferencia por el atajo y la sumisión escandalosa de nuestras élites, y de nuestros intelectuales, quienes en cada época no han dejado de aplaudir con entusiasmo la redención que es producto del hombre fuerte, capaz de igualar lo diferente con la espada y no con la razón.

Doscientos años de caudillos no nos han permitido, empero, encontrar argumentos para decir basta. Por eso es que celebro y aplaudo las facturas, bien pasadas por cierto, que Luis José Oropeza extiende a la memoria histórica de un Fermín Toro, que aupaba sin pudor la igualdad antes que la libertad, sin que imaginara en eso el peligro de la tiranía por encargo de las élites.

“El acentuado estatismo caudillesco que hemos padecido –escribe Oropeza– no fue tampoco producto de una aventura súbita suscitada con ocasión de un despliegue alevoso del despotismo militarista posterior a la Independencia. Fue un proceso que contó muchas veces con el auxilio de la inteligencia nacional más esclarecida”.

Y la pregunta que yo me hago al es ¿por qué generación tras generación los intelectuales y las élites han traicionado una y mil veces las ideas liberales solo por el afán de imponer un caudillo que comete los mismos errores, arruina el país y llena de luto a las familias venezolanas? ¿Cuál es el error en esos mitos fundacionales que nos hacen refractarios a la libertad y tan prestos a la montonera?

Y el caudillo unas veces fue prócer, otras revolución y otras el Estado mismo. En cualquiera de sus configuraciones el mismo ente totalitario traicionaba el futuro de la república. La tentación implícita es el uso del poder y el pretender ser parte de una casta mejor que el resto, y por lo tanto predestinada a hacer lo que los demás nunca han podido hacer. Ya sabemos hasta el hastío como termina cualquier experiencia de ese tipo.

Pretendimos un gobierno mejor que la suma de lo mejor de los venezolanos. Y nos sentamos a esperar, con la mano extendida, renunciando a la realización del hombre y al orgullo por lo construido con el ingenio propio del ser humano. Quedamos reducidos una y otra vez a la reiteración de la frustración, que invita a comenzar de nuevo el mismo ciclo de decepciones.

 “Hemos asumido y fomentado la idea de un Estado siempre bienhechor, incapaz de infligir a nadie daño o perjuicio alguno. Somos así el testimonio histórico más perfecto de una experiencia colectiva en una sociedad donde la ley se ha consagrado como la más irrespetada de las instituciones y como fórmula redentora propiciamos una reforma constitucional para que, con la fatalidad más esperable, como tantas otras veces, sea frustrada y transgredida”, dice el autor.

Nunca nos hemos percatado de que, si hay espacio para la redención, ella será el producto de la propiedad respetada y reconocida como un derecho sagrado, y de los emprendedores que hacen un acto de fe en esta tierra de “desgracias”.

La desgracia es haber pretendido que un sable, mejor dicho, un machete, sustituya la ley buena, la que funda con realismo las repúblicas, la que pone límites al poder, y la que solo espera y confía en un estado que se repliega para conceder su legítimo espacio a la realización fecunda de las libertades.