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La escritura unidimensional: Sociedades americanas de Simón Rodríguez

Busto de Simón Rodríguez | Foto Archivo El Nacional

Busto de Simón Rodríguez | Foto Archivo El Nacional

Con una prosa castiza, no romántica, el maestro de Bolívar propone fundar la patria criolla, y para esto se inventa un discurso que señala vicios y activa las conciencias: su discurso imagina un solo destino para la América toda, soberano, de integración racial y de autonomía social. En sus escritos, Rodríguez prefiguró una línea civilizatoria que contiene todo lo que hoy no somos; y la vigencia de “Sociedades Americanas” reside, según Antonio López Ortega, en todo lo que tiene de visión truncada

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Es probable que el libro de Simón Rodríguez haya sido uno solo. Escrito y reescrito, compuesto y recompuesto (desde su propia concepción hasta su disposición gráfica), titulado y retitulado, en versión manuscrita o en otra versión lista para imprenta que pudo parar en las llamas de un incendio en Guayaquil hacia 1896, todo el empeño del gran maestro conduce a Sociedades americanas. Anunciado primeramente en un "pródromo" de 1828, publicado parcialmente en 1840 como Luces y virtudes sociales y finalmente dado a luz en 1842 (aunque siempre se sostiene que de manera incompleta) con el título que lo conocemos hoy, toda la correspondencia de Rodríguez –salpicada de penurias económicas y proyectos incompletos– no hace sino señalarlo como el libro que condensa todo su pensamiento (por no decir su vida). Rodríguez fue, en efecto, hombre de un solo libro. Libro variable –de más decir–, libro que fue configurando conforme iba cambiando su vida. La "incompletud" de su proyecto bibliográfico encierra en verdad la "incompletud" del proyecto republicano. Una imagen contradictoria de su legado –tal como él lo entrevió– hubiera sido sin duda "cerrar" la obra. La obra no podía cerrarse; quedaba más bien abierta en función de la incertidumbre de los destinos republicanos. "La América Española –repetía sin cesar– pedía dos revoluciones a un tiempo, la Pública y la Económica". Habiendo sido alcanzada la "pública" por Bolívar –recordaba–, restaba a los americanos hacer la segunda. Y en esta segunda fase pone todo su empeño creyendo a pie juntillas que sólo la educación popular forjará verdaderos ciudadanos.

Un work in progress

Se ha querido ver en la disposición gráfica de Sociedades americanas –páginas recorridas por diferentes tipos de imprentas, llaves y corchetes– una verdadera carrera de obstáculos que atenta contra la comprensión. Habrá que retomar mejor una idea de Dardo Cúneo al sostener que en Rodríguez "la disposición gráfica apela a la retención de la memoria". Su texto, en consecuencia, no es tanto para ser leído como para ser fotografiado, retenido, memorizado. Nunca como en este caso –único en el siglo XIX hispanoamericano– las ideas debían ser vistas, visualizadas. El fondo –diría hoy el maestro– pasa por la forma. Hay, sin duda, un ímpetu teatral en su discurso, una puesta en escena. Su texto es para ser leído preferiblemente en voz alta y la escritura misma es un dispositivo lleno de indicaciones –tal como las acotaciones que haría un dramaturgo. El lector sabrá dónde detenerse, dónde hacer énfasis, dónde alzar la voz y dónde bajarla, dónde concentrar sentido y dónde desconcentrarlo. Leemos hoy su universo de signos y podemos entrever al maestro frente a un pizarrón descifrándonos sus cuadros sinópticos. Escritura viva, podríamos decir, escritura que prefigura al emisor y que también nos lo resucita en cada párrafo. Rodríguez pervive a través de sus escritos fragmentarios rehaciendo su voluntad de sentido como si la escritura de su tiempo hubiera sido concebida para un lector del futuro. A decir verdad, la "incompletud" de su diseño inicial se completa después de siglo y medio ante los ojos del lector contemporáneo, lector que sí sabe de fisuras y desfases.

Es comprensible que la escritura de Rodríguez haya sido un verdadero work in progress. Queriéndose espejo del momento ("la utopía –nos recuerda nuevamente Cúneo– se descompone en recetario"), su apariencia tenía que ser la de un discurso en formación. Nada hubiera sido más ajeno para su temple revolucionario que adoptar el canon retórico del momento. Su prosa, para hacerse inteligible, debía "explotar", quebrar un núcleo de sentido y abrirse hacia muchas direcciones. En este orden nuevo, su escritura aspira a reflejar una vanguardia que también se quiere para el momento histórico. No obstante, este aparente brotar de los sentidos -que en definitiva quiere desarticular la impronta colonial y sustituirla por la aventura republicana- esconde un sentido unívoco del destino americano. La llamada "revolución económica" de Rodríguez no buscaba otra cosa que señalarles a los americanos sus propios medios de producción. En una educación popular afianzada en las labores artesanales, donde las necesidades fueran más definidas por la propia cotidianidad y menos por preceptos librescos, y donde el énfasis fuera puesto en los "dueños del país" (esto es, indios, mestizos y cholos), radica la herramienta mayor de la renovación social. En este sentido, bajo el tamiz de la diáspora y de la concentración de sentido, la escritura de Rodríguez aspira a una sola dimensión significante: aquélla que pueda servir a la transformación de las conciencias. Escritura servil, si se quiere, escritura de la servidumbre por lo que tiene de recetario docente. Para fundar la patria criolla, Rodríguez se inventa un discurso que señala vicios y activa las conciencias. Es un discurso unidimensional en la medida en que imagina un solo destino para la América toda, un destino soberano de integración racial y de autonomía social. La civilización –parece decirnos el maestro– comienza por la escuela, por la formación de nuevos ciudadanos.

Utópico, "raro", Simón

Pocos son aún los esfuerzos que han intentado ubicar a Rodríguez en las corrientes del pensamiento hispanoamericano del siglo XIX. Es uno de nuestros mayores "raros" –a la usanza de Darío– y todo en él remite a la rareza: rareza de hábitos, rareza en su itinerario de vida, rareza de su propio discurso. Persiste en él la idea de borrarse, de no dejar rastro –como si su propia vida se justificara a través de los otros (Bolívar entre los primeros). Su vida ha podido reconstruirse a medias no tanto por los signos que él mismo dejó como por las referencias que dieron sus coetáneos (la mayoría de ellas infundadas). Esa constante de querer borrarse lo persigue hasta llevarlo a crear figuras de él mismo que ya anticipan la heteronimia contemporánea de la que han echado mano Pessoa y tantos otros: Simón Narciso en Caracas, Samuel Robinson en Baltimore, Simón Rodríguez en Bayona. Los nombres y los oficios van cambiando conforme cambian las ciudades y los entornos. Y si bien él siempre sostiene que los cambios permanentes de identidad tienen que ver con la necesidad de burlar una supuesta vigilancia española, pareciera que el designio de fondo es la variación ("nada es constante, en el mundo –nos recordaba–, sino la variación"). Variación de personas pero mantenimiento del propósito central que lo llevaba a sostener en su propio lecho de muerte, frente al cura que le tomaba confesión, que no tenía más religión que la que había jurado en el Monte Sacro con su discípulo.

La prosa castiza, que no romántica, de Sociedades americanas llega a nuestros tiempos con una tácita invitación a su desciframiento. La vigencia de este libro es enorme por lo que tiene visión truncada. Todo lo que no somos, todo lo que hemos dejado de ser, es el destino alterno que Rodríguez prefiguraba como senda de insatisfacción social. Pareciera que la opción tomada no es precisamente la de la integración racial, la de la educación de artes y oficios, la de la independencia de los medios de producción. Nuestra soberanía –diría hoy el maestro– es un ejercicio inmaduro que clama por un concepto más integral, más pleno, de nación. Hay que leer entonces su texto como el de un desterrado (que lo fue en vida, sin duda), como parte de un proyecto inconcluso, como un capítulo mayor del discurso de la derrota por el que también han deambulado tantos visionarios y poetas nuestros. La gran lección de Rodríguez es haber prefigurado una línea civilizatoria original para la gran nación hispanoamericana y calibrar la profundidad del abismo que nos puede estar separando hoy de lo que hemos podido ser. Es una lectura dolorosa pero necesaria que está implícita en todo el discurso de la época pero que en Rodríguez alcanza sus signos más extremos.

El sentido de lo público, que no de lo privado, parecía dominar el espíritu de los hombres del período post-independentista. Las vocaciones se hacían verdaderos actos de fe y el voluntariado social era la norma cotidiana. Pareciera que el interés por el semejante gobierna la escena pública y dicta todas las normas institucionales. Ese espíritu de época –una vez abolida la tensa calma del período colonial– forja los primeros signos de la nación y nos da un sentido colectivo después del "descentramiento" –(el término es de Uslar Pietri) que significó la guerra de Independencia. Rodríguez es quizás el representante que más extrema el discurso de renovación del período por creer que, históricamente, el momento era único, crucial. En un período de formación de nacionalidades, Sociedades americanas debe verse como uno de los espejos más altos de un recorrido posible. La fuerza de su concepción es utópica, sin duda, pero no por ello menos alcanzable a la luz de estos tiempos en los que ningún mesianismo sabrá suplantar un designio que sólo puede ser colectivo.

 

Un niño expósito

El régimen colonial venezolano preservaba las últimas supervivencias de la "limpieza de sangre" con que los Reyes Católicos pudieron expulsar a judíos y moros del suelo ibérico. Nacido en 1769 de Rosalía Rodríguez, quien se casó dos veces y enviudó, el niño Simón Narciso Jesús descubrió a temprana edad que su padre, Alejandro Carreño, era clérigo, músico y maestro de capilla de la Catedral de Caracas. El acta de bautismo del menor lo registra como "niño expósito". Todavía en 1790, en ocasión de realizarse un censo de pobladores en la parroquia de Altagracia, Simón figura como residente de la casa del clérigo Alejandro Carreño.

En qué momento el joven Simón –a diferencia de su hermano, Cayetano Carreño, reconocido músico colonial– se desprende de su apellido paterno y se reserva solo el materno, son indicios que se ignoran. Su vocación por la enseñanza es tempranera y a los veinte años ya lo vemos dirigiendo una de las tres escuelas de primeras letras que tenía Caracas. Apreciado y valorado por la comunidad caraqueña, Rodríguez sabía, no obstante, que una serie de interdictos rodeaban su condición de expósito. El más fuerte entre ellos: la imposibilidad de cursar estudios universitarios. El primer escrito que se le atribuye a Rodríguez –un informe presentado en 1794 sobre cómo mejorar la educación de primeras letras– es elevado a instancias de la Real Audiencia y, finalmente, desechado. Poco tiempo después, en 1797, abandona su país natal para nunca más volver.

La condición de expósito ha podido marcar toda la vida de Simón Rodríguez. Sentir en carne propia y desde temprana edad las limitaciones de clase, quizás explique desde los cambios de identidad hasta la más original de sus ideas. Si su origen fue consecuencia de una relación clandestina –la de una mujer viuda y su probable confesor–, su vida misma borra todos los registros de sus pasos. Si su desarrollo intelectual se vio truncado desde joven, su vocación libertaria pretendía abolir las diferencias y hacer entender que los "desclasados" eran los verdaderos ciudadanos de la República.

Lo más admirable de este caso es que la huella o el dolor de la circunstancia privada se hayan convertido en el más extremo esfuerzo de redención pública. Si, como individuo, yo soy un "borrón", solo en la esfera de lo público puedo recuperar la consideración y el amor de mis semejantes.

 

El doble viaje de don Simón

Por Jesús Sanoja Hernández

En uno de sus artículos ("Simón Rodríguez: El Desconocido", El Nacional 1/7/50) intentaba penetrar Uslar en la incógnita del educador peregrino, hijo expósito, amigo de sociedades secretas, socialista americano sui generis y, por si no bastara, maestro de Bolívar. Aquel desconocido se convirtió en una obsesión para Uslar.

Treinta años después Uslar, que hurgó por doquier, y puso a otros a hacerlo con igual pasión, decidió novelar la vida de aquel extraño buscador de mundos, de ideas y, en el fondo, de sí mismo. El afán heteronímico de don Simón, más que un desdoblamiento de personalidad o un ejercicio particular de la criptonimia, fue una búsqueda de su origen. Recogido y criado por el padre (cura) Carreño, acaso sospechó que siendo expósito pudo ser realmente hijo del Padre Carreño. En la niñez era o Simón Rodríguez (¿hijo de María Rodríguez?) o Simón Carreño: "Fue después cuando comprendió que su destino era el de Robinson, el del hombre solitario en la isla de naufragios".

Eso lo dice Uslar al comienzo de la Isla de Robinson, en su empeño de introducirlo a uno en el enigma existencial (origen y personalidad) de don Simón, nacido el 28 de octubre de 1769 como Simón Narciso de Jesús, algunos veces mentado Simón Narciso Rodríguez, otras Simón Carreño Rodríguez, otras Simón Rodríguez y, curiosamente, Samuel Robinson al salir de Venezuela, para retomar el Simón Rodríguez al regresar a América.

Emigró en el año de la conspiración de Gual y España, 1797, y el llegar a Jamaica adoptó el nombre de Samuel Robinson. Aquí comenzó la metáfora del viaje que sería su vida, así como su aprendizaje de lenguas extranjeras, en este caso la inglesa. La peregrinación doble y contínua, significó sucesivas mutaciones, según el país donde cayera, que fueron muchos, sin que nunca abandonara su signo y sino de educador.

A su discípulo dilecto, Simón Bolívar, lo encontró en París en 1804, y el joven, ante él y Fernando Toro, en agosto del siguiente año, juró liberar a la patria. No se volvieron a ver hasta 1824, en Cartagena de Indias, cuando ya Bolívar había cumplido su promesa y estaba en su apogeo como libertador y estadista. Juntos viajaron por Panamá, Ecuador, Perú y Bolivia. Aquí quedó por algún tiempo mientras Bolívar regresó a Perú. Ahora sí no se volverían a ver más.

Temprano le llegó la muerte a Bolívar, pero antes de llegarle el maestro persistió en su manía pedagógica y su singularísima trashumancia. La búsqueda interior que lo había llevado a trasvestirse como Robinson se correspondía con una búsqueda exterior, así como la incursión en sí mismo en excursión por dilatada geografía.

No se dio tregua en sus desplazamientos y en la elaboración del libro Sociedades americanas, cuyo plan general publicó con el subtítulo de Pródromo en 1828, Arequipa, y del cual hizo reedición en 1842. En su largo viaje hacia la muerte pasó un año después por Paíta, donde encontró a Manuelita Sáenz: en ella todo era nostalgia y proximidad del fin.

Seductor volumen Sociedades americanas, tanto por su abundancia de conceptos y proposiciones como por su disposición gráfica (parentética, sinóptica, con ordenación múltiple de la frase y alternación de minúsculas y mayúsculas). A tal recurso de impacto visual y novedad tipográfica lo llamó El Mercurio Peruano, 1829, “pintar a los ojos, el pensamiento”.

¿Qué solicitaba él? Solicitaba "IDEAS!... IDEAS! primero que LETRAS". En tiempos de gestación de una sociedad distinta a la europea, muy propia de la América orijinal, tal proyecto era posible. No se trataba de la Utopía del Moro. Era aquella, aunque utópica, necesarísima petición en tiempo de gestación americana.

 

*Publicado el 19 de julio de 1998.