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El último vuelo

El poeta argentino Juan Gelman, firma en el libro de honor del Instituto Cervantes / EFE

El poeta argentino Juan Gelman, firma en el libro de honor del Instituto Cervantes / EFE

“Aquí yace un pájaro”.Juan Gelman. “Epitafio”.

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Lo dijo José Emilio Pacheco: murió “quien era hasta el martes pasado el mejor poeta vivo de la lengua y a partir de ese momento es uno de nuestros clásicos modernos”. Juan Gelman alzó vuelo en México, rodeado de sus afectos y sus efectos.

Quizás el poeta se citó de nuevo con un árbol, quizás con “un abedul lleno de cielo” para andar y cantar. Me gusta imaginarlo gorrión, volando a cielo abierto, revoloteando alrededor de las ramas.

Gelman dejó una poesía luminosa, que venció el dolor y la rabia para buscar lucidez y lanzar preguntas que, aunque sin respuesta, nos permiten acercarnos a lo sensible, a la reflexión, a lo lúcido. Y esa actitud de vida, más que de poeta, como señaló su amigo Julio Cortázar, “no necesita de gritos, de proclamas ni de denuestos”, precisa más bien de una “alquimia posible” que se da cuando se tiene “el lugar y la fórmula” que se dibujan en los poemas de Gelman.

La poesía de Gelman trasmutó y abordó lo abominable, sí. Pero también es una poesía de la cotidianidad, en la que el lenguaje se acerca a la calle, al habla popular, con su cadencia, con humor. Una poesía que busca el equilibrio, y el diálogo, entre lo lírico y lo prosaico. Gelman fue un poeta de ciudad, sí, –ese que decía “ciudad, ciudad, hoy te amo como nunca”– pero que no dejaba de contemplar la naturaleza y apreciaba el espíritu del campo.

Me gusta imaginarlo hoy, hablando bajito y despacio, casi en susurro; recitando aquellos versos de “Viendo la gente andar”, mientras alza vuelo, el último, a cielo abierto. Me gusta imaginarlo susurrando esos versos que dicen tanto de su poesía: “Viendo a la gente andar, ponerse el traje,/ el sombrero, la piel y la sonrisa,/ comer sobre los platos dulcemente,/ afanarse, correr, sufrir, dolerse,/ todo por un poquito de paz y de alegría, / viendo a la gente, digo, no hay derecho/ a castigarle el hueso y la esperanza,/ a castigarle el hueso y la esperanza,/ a ensuciarle los cantos, a oscurecer el día,/ viendo, sí/ cómo la gente llora en los rincones/ más oscuros del alma y sin embargo/ sabe reír y sabe andar derecho”.