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El último canto del oso hormiguero

Antonio Cisneros / EFE - Soledad Cisneros

Antonio Cisneros / EFE - Soledad Cisneros

“Yo reposo en mi familia. Soy tribal. Nosotros estamos sobre la tierra para amar y ser amados y si tú amas y eres amado es prácticamente todo lo que pides. Ahora la última rueda del engranaje son mis cinco nietos”, declaraba Antonio Cisneros en una de las últimas entrevistas que concediera

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Hacia el final de su vida, el poeta Antonio Cisneros, parecía estar atento sobre todo a las visitas de sus nietos. Decía que prefería se lo viese tan solo como un “abuelo cariñoso”, una declaración que mucho dice de un hombre que con una celebrada trayectoria poética, finalmente decide recogerse en los regocijos más íntimos y a la mano.

“Yo reposo en mi familia. Soy tribal. Nosotros estamos sobre la tierra para amar y ser amados y si tú amas y eres amado es prácticamente todo lo que pides. Ahora la última rueda del engranaje son mis cinco nietos”, declaraba en una de las últimas entrevistas que concediera.

Antonio Cisneros, fallecido a los 69 años, el pasado 6 de octubre en Lima, la misma ciudad en la que naciera, parecía tomar distancia del mundo fragoroso que inspiró hace más de 40 años la poesía que lo dio a conocer. Si los críticos y comentaristas de su obra coinciden en el poder desmitificador e irónico de una poesía enfrentada a un mundo defectuoso e injusto, su autor últimamente parecía poseído más bien de una inmensa ternura y los recuerdos de su infancia: “Estás a nivel del suelo, descubres cada raya de la loseta, cada raya de la madera, te entretienes hasta con la mugre de una avispa muerta”, decía sobre esa añoranza.

Lo vi alguna vez en Caracas, recuerdo, años atrás, cuando Rafael Arriáz Lucca me invitó a acompañarlo en una entrevista que le haría al famoso poeta peruano en el Café del Ateneo. Cisneros entonces tenía el pelo negro y largo, y unos aires un poco como de artista pop. Era para el momento uno de los héroes de la poesía conversacional hispanoamericana, (también llamada exteriorista) ganador ya hacía cierto tiempo del Premio Casa de las Américas con el poemario Canto ceremonial contra un oso hormiguero (1968).

“Aún te veo en la Plaza San Martín/ dos manos de abadesa/ y la barriga/ abundante/ blanda/ desparramada como un ramo de/ flores baratas/ olfateas el aire/ escarbas algo/ entre tus galerías y cavernas oxidadas/ caminas/ aún te veo/ caminas/ más indefenso que una gorda desnuda entre los faunos”.

Este poema desconcertante y sonoro, de innegable raigambre surrealista si bien deriva hacia la dicción “conversacional”, tuvo un gran impacto, al menos en el mundo siempre pequeño de los auténticos cultores y lectores de poesía. Los hay que con regusto lo recitan de memoria.

Cisneros ganó el Casa las Américas con apenas 26 años y eso le supuso ingresar a una órbita de poetas hispanoamericanos vinculados con la Revolución Cubana, o acaso seducidos por ésta y las réplicas de insurgencia que produjo a lo largo del continente.

El prestigioso crítico peruano Antonio Cornejo Polar no duda en adscribirlo a esa nómina, que define según esta premisa: “es notorio que buena parte de la intercomunicación entre los poetas de este movimiento se realiza bajo el patrocinio de Casa de las Américas, en cuyas actividades y publicaciones intervienen con entusiasmo”.

No sólo Cornejo, sino la crítica en general, quieren ver un movimiento literario hispanoamericano no concertado, bajo el supuesto de un influjo revolucionario y transformador.

Eran otros los tiempos, en los que crítica y poesía participaban de ese “entusiasmo”. Del caso particular de Cisneros, Cornejo anota: “Su convicción primera señala la defectividad del mundo construido por los hombres y la correlativa urgencia de transformarlo. Su poesía es una violenta y desgarrada crónica de esa malformación, cuya naturaleza social nunca se oculta, y un no menos violento y desgarrado testimonio de la alienación y el sufrimiento de los hombres sometidos al imperio de una realidad hostil, degradada y degradante…”. (1)

No obstante en una entrevista relativamente reciente, para La Jornada Semanal de México, Cisneros aclaraba sobre su postura al momento de hacerse del Casa de las América, y que al parecer mantuvo durante toda su vida: “Creo muy poco en las grandes verdades, en los dogmas, en las afirmaciones a prueba de balas. Entonces era un muchacho de veintitantos años, con más fe, pero tampoco tanto. Nunca he tenido la fe del carbonero. A diferencia de mi generación, yo nunca me las creí todas”.

Ese no creérselas todas, es el sino de su poesía, el escepticismo que anida en todo poeta auténtico que, quiéralo o no, siempre termina por buscar la desnudez de la palabra, si no el silencio que le sigue.

 

La ruptura “antipoética”

Antonio Cisneros, con todas sus particularidades, el poeta de libros con nombres tan enigmáticos, Como higuera en un campo de golf o El libro de Dios y los húngaros, como se dice más arriba es incluido en un “movimiento” de amplio espectro generacional junto a poetas como el mexicano José Emilio Pacheco (1939), más o menos su coetáneo, y otros mayores como el nicaragüense Ernesto Cardenal (1925) y el chileno Nicanor Parra (1914). Hasta uno más joven, el colombiano Juan Gustavo Cobo Borda (1948).

Lo que los une es una poética más o menos compartida que rompe con el paradigma individualista del romanticismo y confiere al poema una expresividad a ras de suelo, coloquial y contestataria. El poema se libra al prosaísmo y la narratividad.

En su conocida “Nota sobre la otra vanguardia”, el propio José Emilio Pacheco intenta sugerir dicha poética que, no solo se aparta de la tradición romántica, sino que desafía a las vanguardias, los ismos de principios del siglo XX. De ahí, que hable de “la otra vanguardia”, que opone una dialéctica al creacionismo de Vicente Huidobro, por ejemplo: “A la máscara triunfalista del creacionismo o el estridentismo, al poeta como ‘mago’, se opone la figura del bufón doliente y el ser degradado. Escribir versos no es jugar ‘al pequeño dios’, sino una debilidad y una vergüenza: que, sin embargo, puede expiarse describiendo lo que sucede en el lodo de las trincheras: ‘He visto a los heridos: / ¡ Qué horribles son los trapos manchados de sangre!’”. Esto dice Pacheco en torno a la poesía del que sería un precursor de esta “otra vanguardia”, el nicaragüense Salomón De la Selva, que se despoja de la versificación y la prosodia clásicas y enuncia lo que podría ser una “antipoesía” en un libro paradigmático: El soldado desconocido (1922).

El título habla por sí solo, la poesía a partir de ahora se ocupará del hombre común, que anónimamente padece y se sacrifica vanamente. Y lo hará con las palabras de ese hombre común.

Cisneros ingresa a esta “antipoesía”, como Pacheco, como Cobo Borda, con un esmeradísimo conocimiento de las tradiciones y las vanguardias poéticas. Vienen de leer a Neruda, a Vallejo, a Lopez Velarde, a De la Selva, pero también a Ezra Pound y T.S. Eliot.

El canto ceremonial contra un oso hormiguero fue la respuesta de mis veinte y tantos años en Europa (en Londres para ser preciso). Ese nuevo universo necesitaba, supongo, una nueva manera de decir las cosas”, respondía parco como solía en la referida entrevista en La Jornada Semanal.

Ese libro casi inicial, no hay duda, si bien revelador, no es el más logrado, pero fue su bautismo. Esa nueva manera de decir las cosas, le valió entre sus devotos lectores que lo nombraran, paradójicamente, “El oso hormiguero”, ese al que el poeta ceremonialmente le cantara: “y ahora/ océano de babas/ vieja abadesa/ escucha/ escucha mi canto/ escucha mi tambor/ no dances más”.

Esa nueva manera de decir las cosas que hizo de Antonio Cisneros, una voz tan singular, solitaria y única como una higuera en un campo de golf.

 

NOTA

(1) Cornejo Polar, Antonio.La poesía de Antonio Cisneros: Primera aproximación”. Revista Iberoamericana. LIII. University of Pittsburgh. 1987.