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Sus últimas palabras

Sus últimas palabras por Álvaro Benavides

Sus últimas palabras por Álvaro Benavides

“Estos textos son breves, pero breves en apariencia porque ocultan y arrastran páginas enteras de fascinantes narraciones llenas de humor, vaticinios y reflexiones; relatos que convierten a este libro en un espacio literario irrepetible.”

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En principio, este texto que someteré a  la atención de ustedes se llama Sus últimas palabras porque tiene que ver con el título del reciente libro de Álvaro Benavides, pero podría titularse “El asombro de la desmesura” porque de esto también se trata.

Sus últimas palabras es un libro sorprendente porque nada tiene que ver con el florecimiento verbal de cierta literatura venezolana, esponjosa, retórica al punto que su fronda oculta la luz de las palabras. Por el contrario, Álvaro desforesta y vence al oscuro bosque de la retórica. Estos textos son breves, pero breves en apariencia porque ocultan y arrastran páginas enteras de fascinantes narraciones llenas de humor, vaticinios y reflexiones; relatos que convierten a este libro en un espacio literario irrepetible.
“Un lector esclarecido, le dije a Álvaro, puede leer Cien años de soledad durante todo un día, sin tregua, maravillado por la fascinación del lenguaje. Pero tardará mucho más tiempo leyendo las brevísimas reflexiones de este libro, obligado a detenerse en ellas, meditarlas, paladearlas, atesorarlas en la memoria y en el propio corazón. Son, repito, proposiciones para desarrollar estupendas historias, temas, argumentos. Se darán perfecta cuenta de lo que digo cuando lean el texto de la página 16 titulado “Laurel”: “Comenzó a sentir la elevación por la que oró siempre. Estaba frente al pelotón. Desde muy alto vio su cuerpo desplomarse”. Tres frases que componen una novela desarrollada a lo largo de veinte palabras. De hecho, la portada misma ya es el asomo de muchas historias urbanas que cada uno de nosotros podría desarrollar al igual que con los textos de este libro que compendia el humor, la paradoja, el lirismo, la mordacidad y esas anticipaciones narrativas a las que nos estamos refiriendo. Podríamos decir que estos textos atrapan y aseguran la síntesis de lo desconocido, lo anterior y lo ulterior del hombre, pero no olvidemos que es inmensa la amplitud de lo desconocido. Álvaro consigue que esa
amplitud quepa en las breves palabras de sus relatos. Logra lo que hace más de doscientos años nos pedía aquel místico visionario que fue William Blake: “abarca el infinito en la palma de tu mano y la eternidad en una hora”.
¡Es lo que yo llamo “el asombro ante la desmesura”! No sé expresarme con ideas sino con imágenes porque yo provengo del cine. Pero si me lo permiten, puedo facilitarles la visualización de la desmesura. Llegamos a Venecia, mi mujer y yo, y lo hicimos por tren. Yo ya había estado, pero Belén no. Al salir de la estación le dije: ¡Cierra los ojos y ábrelos cuando te diga! Los abrió y vio la desmesura, ¡la majestuosidad del Gran Canal! ¡Su cara mostró el asombro ante esa
desmesura! Y en Valera, estado Trujillo, Belén que es de baja estatura como Simón Bolívar entró prácticamente agachada en Avior, que es lo más alejado de lo que nosotros entendemos y aceptamos como un avión: un tabaco largo, bajo, estrecho y sofocante y vi en su cara el mismo asombro de la desmesura que tuvo en el Gran Canal. Pues bien, estas desmesuras: la de Valera y la de Venecia caben por igual en los breves textos de Álvaro Benavides.
Hablo de la desmesura porque ella se encuentra en el ADN del país venezolano. ¿Saben por qué? Porque somos hijos de Amalivaca.
¿No lo conocen? ¡Prepárense! ¡Ajusten sus cinturones!
Amalivaca es todo lo contrario de Álvaro Benavides y del rigor de su escritura, pero conocerlo nos permitirá mostrar cómo somos o hemos sido o seguiremos siendo los venezolanos de todos los tiempos. Amalivaca, pienso yo, ¡es nuestro verdadero padre! Horacio Biord Castillo en el “Diccionario de Historia” editado por la Fundación Polar, refiere que Amalivaca es el héroe cultural de los tamanacos orinoquenses. Él creó el mundo, los seres y las cosas. Tiene un hermano llamado Uochí y juntos se dispusieron a diseñar el Orinoco. Para evitar que los remeros se fatigasen al recorrerlo río arriba o río abajo, lo diseñaron de manera que fuese y viniese, es decir, un río que al mismo tiempo que va, ¡viene! Cuando se percataron de la dificultad de aquel empeño, hicieron el Orinoco tal como es y sigue siendo todavía hoy: un río que solo va.
Cuando me enteré de la existencia de Amalivaca y de su atolondrado diseño fluvial supe ¡qué es ser venezolano! Entendí por qué es tan loca y disparatada mi propia cultura, nuestra historia política, mis arrebatos de lenguaje, mi propia retórica, el no poder escribir como Álvaro Benavides: decir mucho pero en pocas palabras o escribir como desearía Claudio Nazoa: cortico y bonito. El río de Amalivaca es exactamente lo contrario de la concisa pero abierta escritura de Álvaro Benavides.
Amalivaca es el no como quien va sino como quien viene; el estamos mal pero vamos bien; es el autosuicidio y el ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario de Carlos Andrés Pérez. Es la multiplicación de los penes de Nicolás Maduro o la conversión en paraulata de Hugo Chávez.
Es el ¡Usted no sabe con quién se está metiendo! Es el piaste tarde, pajarito; el tú no me vas a joder, de Jaime Lusinchi. Si nos remontamos en la Historia, es Cipriano Castro cuando al sentir que estaba temblando y al ver a la gente correr despavorida por la plaza Bolívar gritando ¡temblor!, ¡temblor! se lanzó a la calle, desde el balcón de la Casa Amarilla con un paraguas abierto prefigurando a la Mary Popins de Walt Disney.
Hace años, aquellos dos hermanos orinoquenses dijeron: “¡Orinoco, tú te quedas! ¡Nosotros nos vamos para Caracas a ver qué hacemos!” Desde entonces, viven en el Palacio de Miraflores y se la pasan correteando por los pasillos, pero no como quienes vienen sino como quienes van; esperando que escampe; diseñando alocados proyectos y aplicando concepciones económicas fracasadas en otros países. En tiempos más cercanos, Amalivaca se ha superado a sí mismo: ¡el río ni siquiera va! Pero el libro y los textos de Álvaro Benavides nada tienen que ver con los disparates de nuestras situaciones históricas ni con las frecuentes liposucciones que Amalivaca practica en su lenguaje cuando dice, por ejemplo: “tatoldíadallápacá, en lugar de articular las palabras y decir: “está todo el día de allá para acá”.
Este es el momento de insistir en que hay que considerar a las palabras como hace Álvaro con las suyas, con particular ternura y tratarlas con sumo cuidado porque ellas constituyen el material de la poesía. Son para la poesía lo que los colores para el pintor y los sonido para el músico. No se hace poesía con  ideas sino con palabras y por eso la palabra es un ser vivo como todos y cada uno de nosotros: un ser vivo que posee un cuerpo pero también un alma. Hay escritores como Flaubert que las castigan, las laceran, les caen a latigazos hasta obtener de ellas la exactitud que buscan y hay otros, como Cortázar, en Rayuela, que las llama “perras palabras”, “proxenetas relucientes”, “perras negras”. Contrariamente, Ángel Rosenblat en su libro Sentido mágico de la palabra, la llama dios alado, soplo sonoro, aire herido, aire musical, humo de la boca que si bien se desvanece en el aire, es capaz, sin embargo, de trasmitir odio y amor, deseo y voluntad, dolor y alegría y fijarse en papel, pergamino, mármol, celuloide (aparecer en la pantalla del ordenador) y viajar por todas las lejanías y perpetuarse por los siglos de los siglos.
Escribir una memoria poética, aclaraba Hanni Ossott, es diferente a una simple biografía intelectual. Se trata de una geografía del alma que vale también, pienso yo, para el alma de las palabras. Nadie puede sentarse a escribir un poema o textos como los de este libro de Álvaro Benavides como si fuese un documento. Creo saber  lo que estoy diciendo porque la sensibilidad e inteligencia de Adriano González León, Salvador Garmendia, Elisa Lerner, Luis García Morales, Guillermo Sucre, Gonzalo Castellanos, Perán Ermini, entre otros, que a finales de los años cincuenta del pasado siglo formaron el grupo literario Sardio me enseñaron a descubrir con apasionado asombro, la belleza y rugosidades de las palabras; los secretos silencios de sus resonancias y sonoridades; la dulzura y la violencia que acechan desde su interior y me enseñaron también a afinar, al mismo tiempo, el “oído interior” del que tanto habló Robert Louis Stevenson, el autor de El extraño caso del doctor Jeckyl y Mister Hyde, un oído capaz de percibir “melodías inaudibles” que se organizan en el alma de las palabras y a desarrollar el “ojo interior” que mencionaba Vladimir Nabokov, el autor de “Lolita”, apto para visualizar el color y  los significados del arte y de la literatura. Sardio y también Tabla Redonda en la que participaron Rafael Cadenas, Jesús Sanoja Hernández, Jesús Enrique Guédez y Manuel Caballero se enfrentaron a la tradición literaria del país y es verdad que la renovaron; pero hicieron algo todavía más importante y de mayor gloria: produjeron el milagro de una amistad que aún perdura y hace posible que amigos míos como Gonzalo Castellanos, Adriano González León, Salvador Garmendia, Manuel Caballero, David Alizo, y Jesús Enrique Guédez ya idos, se nos queden mirando y se acerquen para constatar que también ellos permanecen vivos y alegres en nosotros.
¡Volvamos a lo nuestro!
Mientras menos literario sea nuestro lenguaje cotidiano, ¡tanto mejor!
Juan Ramón Jiménez aconsejaba que si podemos decir “pájaro” no digamos “ave”. Si podemos decir “perros” no digamos “canes”. Si podemos decir “el chofer del autobús” no digamos “el conductor de la unidad” y si podemos decir “médico”, ¡por favor! no digamos “galeno”.
¡Amigos! Para mí, este ha sido un momento de delicia y encanto. Una gloria haber estado hoy con ustedes en Kalathos que ya es para todos nosotros como una segunda casa.
¡Álvaro y Araluz son mis Dardanelos favoritos! Esto de los Dardanelos requiere de una explicación: la Duquesa de Windsor invitó a un grupo de sus amigas a tomar té. Una de ellas, emocionada, comentó que acababa de llegar de un largo viaje por el Lejano Oriente. La Duquesa dijo: “¡Ah! ¡Entonces conoció usted los Dardanelos!”, refiriéndose desde luego al famoso estrecho de los Dardanelos. La amiga parpadeó. “¿Dardanelos? Oh, sí. ¡Una pareja encantadora!”
Me reconforta, también, haber convocado a Amalivaca invocando el asombro de la desmesura que ha provocado en mí este libro de Álvaro Benavides que compraremos y leeremos a gusto mientras tratamos, dentro de nuestras posibilidades, que el atarantado de Amalivaca no nos siga perturbando con sus delirantes diseños y deje de corretear como loco por los pasillos de Miraflores.