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La última función de Chávez

Foto: Omar Veliz

Foto: Omar Veliz

Por noveno año consecutivo, Bigott realizó el pasado mes de junio, su Seminario de Investigación y Periodismo Narrativo. El resultado de los mismos ha venido acumulándose en sucesivas publicaciones que hacen patente el valor que tiene el periodismo preocupado por las formas narrativas en que se expresa. A propósito de la reciente aparición del libro que reúne los trabajos correspondientes a los años 2012 y 2013, “Papel Literario” formuló a Albor Rodríguez y Alfredo Meza de forma separada, cinco preguntas para conocer sus respectivas opiniones sobre el estado del periodismo narrativo en Venezuela. Rodríguez y Meza, desde hace seis años, son los conductores del Seminario. Además, se ofrecen aquí los textos de los periodistas Franz von Bergen, Maolis Castro, Ana María López y Amny Carolina Pérez, incluidos en el volumen “Desvelos y devociones. El pulso y el alma de la crónica en Venezuela, 2012-2013”

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“La función debe continuar”, dijo Hugo Chávez con tono reflexivo el 26 de agosto de 2012. Lo hizo desde Amuay, un día después de que una explosión en un tanque de la refinería petrolera de ese lugar matara a 55 personas y dejara heridas a 156. “Dice la Biblia en algún pasaje (...): la muerte será absorbida por la victoria. Todos esos muertos que cargamos, todos esos que se fueron físicamente, resucitan cada día en la victoria de la patria”, remató el presidente durante un acto de ascenso y condecoración post mortem a los guardias nacionales que fallecieron en la tragedia. Vestido de un rígido azul oscuro, hablaba sobre la muerte con naturalidad. Para esa fecha, llevaba más de un año viéndola a la cara. Vivía entre operaciones y tratamientos de quimioterapia y radioterapia para librar una aguerrida batalla contra el cáncer. No era de extrañar entonces que Chávez se refiriera a la fatalidad con un dejo de frialdad en cada palabra.

La frase, sin embargo, desentonó a aquellas personas desacostumbradas a pensar en el final común que tienen todos los seres vivientes. Los que no ven la muerte como una espada de Damocles encima de sus cabezas criticaron al jefe de Estado duramente. El entrecomillado se multiplicó en los diarios y el video del momento se esparció por la red. Chávez, en medio de la campaña electoral por las elecciones presidenciales del 7 de octubre, tuvo que tomar cartas en el asunto. Una semana después, en una rueda de prensa que dio en el parque de El Calvario, en Caracas, remendó la situación atribuyendo la frase a un actor que la pronunció antes de caer muerto en el escenario. Aclaró que no buscaba minimizar la tragedia de Amuay y el asunto quedó cerrado.

Al pasar a la ronda de preguntas, un periodista interrogó al candidato por su salud. Respondió brevemente y con seriedad que los últimos exámenes se los había hecho en junio, antes de inscribir su candidatura. “Todo estaba bien y todo está bien y todo estará bien con el favor de Dios”, aseguró cortante. Para demostrarlo, al terminar la rueda de prensa el presidente se paró de su silla, que se encontraba detrás de un escritorio de madera con el eslogan de la campaña en la parte frontal: “Chávez, corazón de la patria”. Caminó por la tarima y se paró enfrente de los periodistas. Tras pronunciar algunas frases, dio unos saltitos al más puro estilo de un boxeador que calienta antes de la pelea.

Pero, en realidad, no todo estaba bien. Quedó demostrado 22 días después, el 17 de septiembre, durante un acto de campaña en Catia. Pasada una hora de lo pautado para el inicio de la actividad, el presidente no había llegado. Las caras de sus ministros, que lo esperaban en la calle junto a los vehículos de campaña, mostraban angustia. Paseaban por el perímetro de seguridad establecido por la Guardia de Honor mientras saludaban y recibían peticiones de ayuda de los simpatizantes del chavismo, separados por unas barreras metálicas de seguridad. En un momento, Diosdado Cabello, Freddy Bernal y Jorge Rodríguez se montaron en uno de los camiones de campaña y desde allí empezaron a saludar a la gente. Parecía que el acto iba a comenzar sin el candidato, pero la idea se abortó. Los funcionarios se bajaron y por momentos desaparecieron en la parte trasera del anillo de seguridad, a donde los medios no tenían acceso. Regresaron tiempo después con Nicolás Maduro a la cabeza. Empezaba a llover y el canciller se atrevió a agarrar el micrófono preparado para Chávez: “¡San Isidro labrador, quita el agua y pon el sol!”, cantó para calmar a los presentes. Minutos después, volvió a tomar el micrófono: “¡Aquí viene el huracán bolivariano!”. Con hora y media de retraso, el candidato había llegado.

Apareció con cara de incomodidad, esa que se lleva cuando uno quiere estar en otro lugar pero el compromiso es más fuerte que el deseo. Tendió la mano a algunos seguidores, poquísimos en comparación a otros días. Luego se subió a una pequeña tarima que había sido puesta en el medio del anillo de seguridad. Pese a que su voz podía ser escuchada por todos los presentes gracias al micrófono, habló poco. Apenas respondió dos preguntas y, en menos de diez minutos, ya estaba montado en uno de los vehículos de campaña para partir en caravana hacia la estación del metro de Propatria, donde lo esperaba una gran tarima. En el camino, su cara no mejoró y siguió reflejando molestia, a pesar de que fingía sonrisas, saludaba y lanzaba besos. El acto fue detenido abruptamente y, por primera vez en toda la campaña, no terminó con el acostumbrado discurso.

“Nicolás, sácame de aquí”, dijo Chávez ese día, según confesó semanas después en un consejo de ministros transmitido por VTV. “Se había desbordado todo y no pudimos avanzar, y yo andaba con un malestar, un cansancio, nadie sabe lo que yo hacía después que llegaba del camión (y terminaba el acto)”, agregó.

Maduro se convirtió en el político más cercano al presidente durante su enfermedad. Lo acompañó a Cuba en las operaciones y tratamientos, y en la campaña se aseguraba de que el candidato superara los actos con la mayor comodidad posible. Casi siempre llegaba antes que él para evaluar el sitio y luego lo acompañaba hasta el final. Repetía lo que hacía Rosa Virginia, la hija mayor de Chávez, día tras día en privado y cuando las cámaras no transmitían. Diosdado Cabello y Jorge Rodríguez se ocupaban de la logística, Darío Vivas arreglaba las tarimas y María Gabriela, otra hija del presidente, organizaba a Los Cadillacs, Omar Enrique, Hany Kauam y “El Potro” Álvarez, los artistas que animaban con música antes de cada discurso.

En Catia no fue la primera vez que la campaña se vio trastocada por la enfermedad. Pese a que la planificación de los actos se hacía a muy corto plazo, según las condiciones del protagonista, en varias ocasiones se tuvieron que cancelar eventos. Ocurrió en Vargas y también en El Valle, donde incluso se montaron las tarimas y los seguidores del presidente se congregaron en la calle antes de que se hiciera público el anuncio de suspensión. Un dirigente cercano a la campaña asegura que Chávez se levantaba algunas mañana con fiebre alta. Su equipo médico le administraba medicamentos para bajársela de inmediato. Por esa razón no se hacían actos en la mañana, explica el dirigente. Se trataba de jugar con los lapsos durante los cuales el candidato estaba bien físicamente.

Montones de rumores aventuraron que Chávez se inyectaba estimulantes antes de iniciar sus discursos. Humberto Berroterán, de Unidad Popular Venezolana, y Carlos Aquino, del Partido Comunista de Venezuela, dos dirigentes de partidos del Gran Polo Patriótico que acompañaron al candidato en varios actos, aseguran que nunca vieron eso. Sin embargo, tampoco descartan que ocurriera antes de iniciar los eventos. Afirman que, cuando asumía una caravana, el presidente generalmente estaba en condiciones físicas de hacerlo y se veía con mucha energía; aunque dependiendo del día, dice Berroterán, llegaba con mejor o peor humor. Ninguno de los dos se atreve a caer en especulaciones sobre el asunto y comentan que en algunos partidos todavía se tiene acordado declarar sobre la situación con sumo cuidado. “Es un tema delicado que puede enterrar a cualquiera”, sentencia el hombre de UPV

Tras semanas de tratamientos entre Cuba y Venezuela, ausencias físicas, declaraciones telefónicas y un mar de rumores, Chávez inscribió su candidatura ante el Consejo Nacional Electoral el 11 de junio. Lo hizo dos meses después de que asistiera a una misa televisada el Jueves Santo en Barinas, en la cual pidió a Dios por su salud. “Dame vida, aunque sea vida llameante. Vida dolorosa, no me importa. Dame tu corona, Cristo. Dámela, que yo sangro. Dame tu cruz y cien cruces que yo las llevo, pero dame vida porque todavía me quedan cosas por hacer por este pueblo y esta patria. No me lleves todavía”, rogó el presidente con una gran figura del nazareno de San Pablo como guardaespaldas y en medio de aplausos de los presentes. Vestía una chaqueta deportiva y una camándula guindaba en su cuello.

Pese a los dolores, pese al riesgo de acelerar su muerte, Chávez decidió entregarse a una campaña de tres meses por su proyecto. Seguramente sabía que su revolución necesitaba de otra paliza electoral para legitimarse nuevamente y recobrar su posición hegemónica en el país. Desde el año 2008, la oposición venía avanzando al conquistar las gobernaciones de los estados más importantes y ganaba terreno en las preferencias de los venezolanos. La crisis eléctrica, la inseguridad y el alto costo de la vida se habían sumado para que los candidatos de opciones diferentes a la del chavismo obtuvieran mayor cantidad de votos en las elecciones parlamentarias de 2010. Además, su rival para el momento, un joven gobernador con reputación de atleta, llevaba meses recorriendo Venezuela con un ritmo frenético que contrastaba con su paso intermitente. El dirigente, un muchacho de familia acomodada y miembro de un partido que había aparecido en la escena pública justo en los años en que el chavismo había llegado a la cúspide, trotó desde el Parque del Este hasta el CNE, en el centro de Caracas, para inscribirse como candidato. Luego, al comenzar la campaña, se dio a la tarea de caminar entre la gente y abrazar a viejitas y niños en casi 300 pueblos ubicados en 185 municipios distintos. El contraste era pasmoso.

Chávez debía asumir y superar este reto para eternizar su imagen. “A él le importaba trascender, y eso lo logró con esta campaña”, declara sin dudar Humberto Berroterán al ver la situación en retrospectiva. Sin embargo, se le vio mucho menos activo. En los primeros 20 días del último mes de campaña, el candidato hizo cinco actos de calle, tres encuentros sectoriales, dos ruedas de prensa y siete actividades de gobierno. El ritmo contrastaba con el que había llevado en el mismo periodo del último mes de la campaña presidencial de 2006: 26 eventos proselitistas y 19 actos de gobierno. En total, 28 actividades más. Esto se tradujo en una merma desde el punto de vista de territorios recorridos. Al llegar a la última semana, el candidato no había pisado 6 de las 24 entidades que tiene el territorio nacional.

Al entrar en escena el candidato seguía manteniendo su misma personalidad, aunque físicamente se le veía hinchado por los tratamientos, con leves marcas en la cara y siempre vestía chaquetas para proteger del sol la mayor parte de su cuerpo. Evaluaba con meticulosidad el éxito organizativo de cada acto y no tenía vacilaciones a la hora de criticar lo que no le gustaba o aplaudir a quienes lo satisfacían. Sometió a examen a sus gobernadores, todos esperando optar a la reelección, en cada una de las actividades de campaña que realizó en los diferentes estados. A Tareck William Saab lo criticó públicamente en Anzoátegui, mientras que a Francisco Ameliach lo consagró como candidato para la gobernación de Carabobo al ver el río humano que lo había recibido en Valencia. Le gustaba que la muchedumbre se perdiera de vista en los mítines y varias veces sacó unos largavistas para tratar de divisar el final de las concentraciones, algo que repitió durante toda su carrera política. En una oportunidad, los partidos aliados pusieron grandes pancartas cerca de la tarima y obstaculizaron la panorámica del evento, generando incluso problemas para que VTV hiciera buenas tomas de la actividad. “Chávez se molestó con nosotros y dejó de nombrarnos en sus discursos por un tiempo”, confiesa un dirigente. En tarima, le gustaba cantar y en esta campaña no fue diferente. Sin embargo, su memoria lo traicionó por momentos. El 21 de septiembre hizo un acto en Mérida y, tras entonar el himno nacional y elogiar a la ciudad, quiso cantar “Linda merideña”. “Fue en la plaza Bolívar merideña...”, entonó recordando parte del coro de la canción. “Yo no me la sé, ¿quién se la sabe?”, preguntó al público. La gente empezó a cantarla y, cercano al presidente, el gobernador del estado, Marcos Díaz Orellana, le decía la letra en el oído. Chávez quiso mantener distancia con respecto al mandatario regional, impopular en la entidad para ese momento, y no le prestó atención. Siguió escuchando a la gente y fue mezclando distintas estrofas de la canción, lo que igual arrancó sonrisas y aplausos a los presentes. “Su memoria era a veces como un disco duro que sonaba qui, qui, qui, hasta que arrancaba y recordaba todo”, cuenta un dirigente que vivió de cerca la campaña. En otros actos, especialmente en los celebrados en la región de los Llanos, el diputado Cristóbal Jiménez, un conocido cantante de música llanera, fue comisionado para acompañar al presidente en la tarima y echarle una mano con las canciones. “Cantaba el principio de la letra y Chávez de inmediato se recordaba y seguía cantando con él”.

Apretó el acelerador a fondo en la última semana. Pese a que estaba arriba en las encuestas, Chávez no solo quería ganar, quería hacerlo de manera decisiva. “Vamos por los 10 millones de votos”, repetía en sus discursos, a la vez que pedía victorias de hasta 70% en algunos estados. Inició entonces una intensa gira que lo llevó a encabezar actividades proselitistas durante siete días seguidos, algo inédito en lo que había sido la campaña hasta ese momento. Las últimas cuatro jornadas fueron especialmente arduas y se les colocó un nombre con características épicas que bien podía ajustarse al de una biografía del candidato: “De Sabaneta a Miraflores”. El primer día, el 1 de octubre, visitó su pueblo natal y se dirigió después a Cojedes, una de las entidades que no había visitado. En el segundo, pasó por Yaracuy, otro lugar en el que no había estado, y Lara. En el tercero, comenzó por Aragua y acabó en Carabobo. En cada estado condujo caravanas y dio discursos. Por momentos, Chávez se pareció más a sí mismo.

“Todavía tengo las manos quemadas por el sol que agarramos a mediodía en el Llano (...). Yo a veces no daba más. No daba más después de la jornada larga y preparándonos para el otro día”, confesó el propio candidato unas semanas después.

El gran cierre se preparó en Caracas. El objetivo era llenar siete avenidas del centro de la ciudad, por lo que en las calles se multiplicaron las tarimas. La principal se colocó en la avenida Bolívar, la cual se llenó de rojo desde tempranas horas de la mañana. Sin embargo, no todo fluyó a la perfección. El destino quiso que en ese 4 de octubre se produjera un verdadero cordonazo de San Francisco: pasada la 1 de la tarde, el cielo de la ciudad empezó a caerse a pedazos. Ante la inclemencia del agua y la impaciencia de los simpatizantes, que no encontraban como resguardarse de la lluvia en plena avenida, la aparición de Chávez debió apurarse. Pocos minutos después de las 2 y 30, la voz del diputado Darío Vivas lo presentó por última vez: “¡HUUUUGO CHÁÁÁÁVEZ! ¡Viva nuestro comandante!”.

Apareció con un impermeable azul cerrado hasta el cuello. Era el final de aquella etapa y al candidato no le importó darlo todo en ese momento. Con el agua cayendo fuerte sobre su cabeza y mojándole todo el cuerpo, recorrió la tarima, que tenía un pasillo largo que se introducía en la concentración y la dividía en dos. Saludó a la gente, lanzó puños fingidos al aire, dio unos pequeños saltos y bailó unos minutos al ritmo de las canciones de campaña. Seguidamente, ofreció su discurso. Duró menos de una hora y, al terminar, le lanzó el micrófono a su edecán, quien lo atajó hábilmente con una mano. Su cara tenía expresión de grandeza, como si supiera que con eso terminaba de superar el reto. Caminó nuevamente por la tarima y saludó a cada rincón de la concentración. Su asistente lo siguió fielmente hasta que decidió perderse bajando de la tarima por la parte de atrás, el mismo lugar por donde había entrado.

Chávez se montó en su camión de campaña y empezó un recorrido en caravana. Sin embargo, la enfermedad se volvió a sentir. El cansancio acumulado de una semana intensa y la empapada en la tarima parecieron influir en su decisión de cambiar el camioncito de campaña por una camioneta de vidrios oscuros y techada. Se dirigió a Miraflores sin que se le pudiese ver de nuevo en las calles de Caracas. Así, su última pesca de votos terminó con un tono discreto, aunque su imagen hablando bajo la lluvia sería la que se robaría el show. Ante una foto con semejante carga emocional, poco importaba que Chávez no hubiese desfilado esa tarde.

A las 10 de la noche del 7 de octubre, el día de la votación, el CNE anunció su primer reporte de resultados. Hugo Chávez ganó la cuarta elección presidencial en la que participó con 54% de los votos. Su rival, Henrique Capriles, quedó en 44%. El presidente fue reelegido con 8.191.132 votos, 882 mil más que los conseguidos en el año 2006.

En los primeros minutos del 8 de octubre comenzó una cadena nacional justo cuando se abría la puerta del Balcón del Pueblo en el Palacio de Miraflores. El espacio, de unos tres metros de ancho y a más de cinco metros de altura, se llenó con los hijos de Chávez, sus nietos y algunos ministros. A los pocos segundos, la figura del presidente, ahora nuevamente electo, se hizo visible. Vestía una camisa manga larga roja y tenía abajo otra camiseta del mismo color. Sonreía de manera tan pronunciada que parecía que los labios se iban a desprender de su cara. Abajo, la muchedumbre coreaba su nombre y bailaba al ritmo militar de la marcha de campaña del Comando Carabobo. Las banderas de Venezuela abundaban y Chávez señaló una que portaban militares en una esquina del techo del Palacio Blanco. Compartió abrazos con José Vicente Rangel, uno de sus mentores políticos, y su familia. Saludó a la gente y levantó los brazos. Acababa de ser elegido para un periodo presidencial que jamás llegaría a asumir. Había ganado el derecho de mandar por 6 años que sus ojos nunca llegarían a ver. Pese a eso, estaba feliz. La tarea estaba hecha. “La muerte será absorbida por la victoria”, es lo que dice la biblia. El pasaje exacto es Corintios, Capítulo 15, versículo 54. Esa noche, a menos de un kilómetro del Museo Militar, donde unos meses después sería colocado su cuerpo a descansar, Hugo Chávez pareció decidir que la función debía continuar.


DESVELOS Y DEVOCIONES. EL PULSO Y EL ALMA DE LA CRÓNICA EN VENEZUELA, 2012-2013

Albor Rodríguez y Alfredo Meza

Ediciones Bigott

Caracas, 2014